sábado, 6 de mayo de 2006

El papel de los festivales

(Publicado Por La Voz del Interior. 2006)

En plan miniturista, cámara en mano, pasas al baño del único museo de la localidad en la que se extingue el fin de semana. Una buena colección, bien expuesta, y la memoria del lugar dignamente presente, son algunas de las reflexiones que te acompañan hacia la privacidad del retrete. Desde el trono –y sin noble igualdad de por medio- detectas la absoluta ausencia de papel higiénico en el lugar donde debería estar.

Ahora todo se basa en buscar consuelo. Primer intento: “Esto también debe estar pasando en el Guggenheim”.

Superado el percance, alguien te explica que las arcas de la comuna están jadeando por la inversión hecha en la fiesta o festival local. El acontecimiento acaba de terminar, y no hay presupuesto para nada.

Un poco obsesionado por el tema papel –y no precisamente el de las papeleras- indagas sobre el papel de los festivales en diferentes realidades culturales.

Fiestas, festivales y otras celebraciones

La presencia de estos eventos regionales o nacionales es toda una tradición en el interior cordobés, y no es una elección caprichosa. Todo lo contrario, es una costumbre que debe seguir ejerciéndose con profesionalismo.

Independientemente de los festivales de neto corte comercial, que cuentan con una inversión por parte del empresario, y suponen una serie de oportunidades para los habitantes de cada localidad –lanzados, estos últimos, al entrepreneurismo con frenética pasión-, hay muchos festivales o fiestas que corren por cuenta y orden de los municipios locales.

Desde cualquier óptica queda claro que es una buena decisión de cada intendencia, ya que la presencia de un suceso de tamaña magnitud genera todo tipo de oportunidades laborales para un ámbito que realmente las necesita, como es el artístico-cultural. Y en este sentido, además de los artitas de cachet con cuatro ceros, las oportunidades laborales no sólo son para los músicos. De los festivales viven los técnicos y otros trabajadores como los artesanos de las más variadas técnicas.

También cuelgan de estos espectáculos las personas vinculadas al negocio del ocio y la gastronomía a través de comidas típicas que son consumidas con delirio por visitantes que hacen caso omiso a las cargas hipercalóricas que incorporan, o a las poco ortodoxas combinaciones de clima caluroso y locro o empanadas fritas.

En el interior provincial, industrias culturales se dice festival. Y su sinergia económica va más allá de los vasos comunicantes entre turismo y cultura. Los festivales que apilan varias décadas, como el que asoma cada verano en Deán Funes – el más antiguo del país, con 50 años de experiencia- son un factor de exportación y sostenimiento de la identidad cultural de cada región.

Al mismo tiempo, estas fiestas continúan construyendo la historia de cada comunidad con nuevas influencias y un anecdotario de varios tomos. Debido al gesto roquero del 2006, en Villa María todavía deben estar cuchicheando las señoras al limpiar las veredas, cada mañana.

Otros festivales, no sólo han sumado peñas simbióticas sino que reconocen el valor cultural que representan y se animan a profundizar la apuesta. Por caso, la feria del libro del festival de Cosquín. Bravo.

Sin embargo sigo en el baño, y me consuela pensar que, festivales debe haber todos los que se pueda proyectar, pero los presupuestos deberían contemplar los grandes eventos y los pequeños percances.-

viernes, 5 de mayo de 2006

Discurso visual

(Publicado por la Revista 50 Aniversario de la Escuela Lino Eneas Spilimbergo)

Conozco una persona muy interesante, pero que tiene un defecto -si se quiere- y es leer con mucha atención los policiales del diario.

Esta misma persona alguna vez intentó relatarme algún “macabro hallazgo” y le interrumpí en seco pues, dada mi condición de ex-alumno de la Escuela Lino Eneas Spilimbergo, tengo facilidad para visualizar “los hechos”. Con esto de (re)construir los hechos, me refiero a la capacidad para generar una imagen con lujo de detalles de lo leído o relatado.

Por suerte, cuido el patrimonio mental e incorporo la cantidad justa de fotos a la carpeta de mi disco duro intelectual. Se podría decir que es una colección cuidada. La cuido porque luego, con el conjunto de estas imágenes, se construye el relato propio y la suma de los relatos e imágenes definen la idiosincrasia.

Si lector, eres lo que imaginas.

De ahí se desprende que los fotógrafos son quienes construyen relatos, relatos visuales de la sociedad y de cada una de las idiosincrasias.

Aunque siempre los protagonistas de las historias tienen tendencia a creerse portadores de capacidades únicas, en este caso hay que decir que todas las personas han recurrido -conscientemente o no- a fotos para consumar su memoria, y estas imágenes componen su universo íntimo y personal. Su única compañía visual.

Por eso, cuando alguien imagina la primer guerra mundial, la imagina en blanco y negro. Y cuando se dice bailarina, se imagina el barrido del vestuario y sus colores, como una exposición de baja velocidad. Lo mismo pasa con las pirámides de Egipto, que pocos han visto, pero a muchos se les revelan. Aunque debería ser un derecho humano, no todos conocen Macchu Picchu, o la Tour Eiffel, pero cuentan con sus fotos para ilustrarse.

Así se podría seguir infinitamente: la copulación de los insectos, o un régimen despótico en Asia son sólo imágenes a las que sumamos discurso posterior. La propia idea abstracta de un sustantivo como violencia cobra sentido con una, o varias fotos.

Y la fotografía ha construido esos discursos visuales.

Todos viven dentro mío

Pero el álbum fotográfico de nuestro interior, algo así como un viejo portanegativos, o un actual pen-drive de varios gigas, no sólo se compone de sexo con bichos (-ojo- se refiere a los insectos de unas líneas más arriba) y el patrimonio de la humanidad. Dentro de la cecera de cada uno habitan muchas personas –demasiadas en algunos casos- que comparten una suerte de sillón gigante. Son los retratos de nuestros héroes y referentes. Esta foto social y colectiva es el resultado mental de un colage con muchas otras impresiones confeccionadas anteriormente.

Así, mi sillón mental comienza con un Picasso de manos enormes, un Einstein sacando una lengua que le permitiría integrar la banda Kiss, un Chaplin demoníaco y comunista tomado por un Avedon cómplice, un Cobain de píldoras tragar, un James Dean con las chapas al viento, y un Charly García con el dedo en alto...

A esta altura de la nota ya tomamos envión y por ello se puede decir que los verdaderos fotógrafos son los que suman imágenes a nuestras cabezas, y fotogramas al relato de nuestra idiosincrasia.

Los verdaderos fotógrafos son los que, cuando hacen clic, producen un crack, en las mentes.

Por eso, si lees esta nota, es un buen síntoma.

Y si estás en la Spili, sólo resta preocuparte por mantener tu ojo interior abierto, hacer clic todas las veces que puedas, y esperar que se sienta un crack.-