sábado, 30 de diciembre de 2006

Una Orquesta que suena mal

Una Orquesta que suena mal

Cada vez deben ser menos las personas que han visto la película Ensayo de Orquesta, o las que recuerdan esta gran obra cinematográfica. Nadie la pide en el videoclub Córdoba -según me cuenta un amigo e informante secreto-, y quienes la vieron en su momento, cada vez recuerdan menos de todo (películas, nombres de amigos y parientes, recorridos de colectivos). Por consiguiente, cuando se produce un encuentro con un integrante de esta categoría de amigos, y la conversación gira sobre un film de Fellini, quienes tienen pérdidas en el radiador de la memoria, entrecierran los ojos como haciendo un esfuerzo por butear nuevamente el cerebro, a ver si al reiniciarlo, se carga la memoria de los años 70s. Pero no hay caso, también debido a nuestra manera de consumir cultura y productos audiovisuales, nuestro imaginario actual, o al menos el de las personas con las que se comparte el café, incluye cada vez menos Fellini, Visconti, o Taviani. ¿A qué viene el recuerdo de Ensayo de orquesta? ¿Porqué sonaría mal la orquesta? Viene a cuento de la necesidad, en una orquesta, de que cada intérprete utilice su instrumento, con sus posibilidades e intensidades para hacer escuchar su sonido, su parte de la composición, pero en el marco de una multiplicidad de sonidos, ritmos, y expresiones.

Si la partitura fue escrita para muchos instrumentos, si el concierto ha sido creado para muchos intérpretes, entonces, que se cree una poderosa columna colmada de las voces de todos los instrumentos y que el público reciba el sabor y la complejidad, como si repentinamente sacara la cabeza por la ventanilla, en el medio del viaje que representa apreciar un concierto.

Sigo sin merecer un Putzlizer a esta altura de la nota, y sigue sin entenderse a que viene todo esto.

Basándome en la muy gráfica idea del concierto de las naciones, la perspectiva de las industrias culturales, la distribución de los productos culturales, y el consumo de las artes y la cultura, la interpretación de las notas de uno y otro músico-país distan mucho.

Pequeños instrumentos, naciones como las latinoamericanas, son cuerdas, vientos, cargados de sutilezas sólo son audibles si otros interpretes les conceden la gracia de emitir un sonido mas delicado, aunque sea en algunos momentos de la composición. La hegemonía ostentada por músicos e instrumentos ubicados en el norte, nos hace sentirnos poseedores de un triangulo o un sicu, en el medio de una tormenta de sonidos.

Cultura no sólo es arte, en todo caso el arte es parte de la cultura, y los países no producen per se cultura. Las naciones, los pueblos, entre todos sus componentes, vienen construyendo la cultura, lo cultural.

Esta es la cultura, un patrimonio absoluto de la humanidad definido por la totalidad de todos los símbolos de los pueblos. Una música de orquestal compuesta e interpretada por todas los comunidades, todos los estados y todos los gobiernos, aunque hay que decirlo, con diferentes posibilidades. Con menos metáfora al decirlo, los presupuestos y hábitos de consumo cultural son los instrumentos de los países interpretes. Es probable que Perú tenga un triangulo, y sus sonidos se escuchan cada vez menos. Es probable que, como ya se dijo, algunos países estén haciendo una interpretación beligerante de la partitura.

El oído es uno de los órganos que cuya capacidad de percepción es inevitable. No podemos cerrar los oídos, no podemos ir por la vida gritando ¡no te escucho! ¡no te escucho!, como lo hicimos en el patio de la escuela. Estamos condenados a seguir escuchando esta extraña música de cada vez menos instrumentos e interpretes, cada vez más solapados e indistinguibles. Estamos condenados a seguir escarbando en la masa del sonido, en busca de la riqueza a la que tenemos derecho. La que nos pertenece.-

jueves, 28 de diciembre de 2006

Merde!

(publicado por La Voz del Interior el 16/01/07)
- Sobre la re-inaguración del Teatro Real-

El 2007 se viene con todas las luces encendidas (referido a lo escénico, que no se preocupen en E.P.E.C) ya que la ciudad tendrá sus salas de teatro independiente en pleno funcionamiento, gracias a las gestiones de sus responsables, en torno a las nuevas reglamentaciones de protección de las personas post-cromañon. También será el año de afianzamiento del Teatro Municipal Comedia, además de descontar que el San Martín hará lo suyo, la Agencia Córdoba cultura cumplirá la promesa dramática –nunca mejor puesto el término- de hacer el último festival de teatro del Mercosur, para la actual gestión. Pero el estreno más esperado, como promete el cartel de San Jerónimo 66, es la refuncionalización del Teatro Real.

Independientemente de los curiosos, todos los que sienten atracción por los tachos de luces y las bambalinas, han intentado entrar a la obra en los últimos meses con idéntico resultado: un señor con el casco hasta la nariz te impide el paso blandiendo su maza de 20 kilos.

Frente a este estado de cosas hay que recurrir a uno de los celulares más sonoros, por estos días, de la ciudad: el de Juan Adrián Ratti. Para enterarse mejor de lo que pasa puertas adentro, en la cocina de lo que promete ser “la nueva joyita teatral”, hay que tomar café con su director.

Ya rumbo a un bar, con Ratti, se impone la última imagen que tendrá la conversación: un apretón de manos y el deseo de “mucha mierda”, obligado augurio de la farándula teatral.

Escatología

Si una persona tiene la suerte de asistir a una pequeña sala alternativa, o concurre a una velada en las grandes casas de Córdoba –como bien puede ser la reinaguración del Real- y se ubica en las primeras filas, probablemente minutos antes de que comience la función, escuchará cuchichear a los actores y luego un gritito general, contenido pero alegre que dirá ¡mierda! ¡mierda! Si el grupo es especialmente sofisticado, preste atención pues los protagonistas pueden gritar en francés: Merde!.

Parece ser (según algunos historiadores) que esta manera tan particular de desearse buena función, o mucha suerte entre miembros del gremio teatral, viene de un pasado afrancesado cuando a los teatros parisinos concurrían ciudadanos pudientes en sus carruajes, tirados por briosos equinos. En esa época, si había bastante guano en el ingreso del edificio, inequívocamente había sala llena. Y eso era buena señal.

Pérdida de un Carlitos

Hablar con Ratti, el director del Real, es en sí misma, una experiencia única para la generación de televidentes que confió sus anhelos cinematográficos al Mundo del Espectáculo, en tiempos de la hegemonía de la televisión por aire, y que todavía se deja hechizar por su voz de locutor y fumador profesional. Donde sea que se produzca la reunión con el responsable del teatro, no va a ser fácil hincarle el diente al carlitos pues si Ratti te mira y te cuenta todo lo que le pasó al edificio, el sándwich pierde importancia.

Resulta que la remodelación no nació de la necesidad de adecuarse a las nuevas reglas de seguridad en espectáculos (aunque las cumplirá todas-toditas), sino que había una voluntad de poner en valor esa pieza clave del circuito local, inclusive en términos arquitectónicos.

El edificio que fue inaugurado sobre 1927, y como todo divo del escenario, tuvo varios liftings en sus ochenta años, se estrenó acondicionado como uno de los primeros cines de la ciudad. De hecho se llamaba Real Cine Theatre.

Pero a pesar de su edad, este veterano de las tablas no verá reducirse sus capacidades, inclusive en cuanto a público y espacios: conservará tres salas, las 650 butacas (su capacidad de siempre) y su política de exposiciones de artes visuales. Cuando se corte la cinta inaugural, cerca de semana santa se exhibirán seis grandes obras del maestro Miguel Ocampo, un prócer de la pintura argentina que vive recluido en La Cumbre. Hablando de pinturas, el renovado edifico retomará –reciclados con la complicidad de Víctor Infante - los frisos que hiciera originalmente Carlos Camiloni.

Clásico y contemporáneo, “el real” promete comenzar el nuevo rodamiento de la sala mayor con una adaptación de Romeo y Julieta, a cargo de la comedia cordobesa. Circulan nombres como el músico Malosetti, algunas óperas y el sueño de montar una zarzuela de gran calidad musical como es El Huésped del Sevillano.

El eclecticismo de su programación prevista, que podría asustar a cualquiera (tenga o no un carlitos enfrente) es parte de la propia historia de la casa. Téngase en cuenta que allí se hicieron las primeras transmisiones radiales de la ciudad –el gran Bichoff era una de las voces-, y se estrenaron muchas películas, entre ellas el primer film sonoro en castellano. La vida de esa sala de espectáculos tuvo su pico ecléctico cuando fuera adquirida y utilizada por el Banco de los Andes. Sobre 1990 se estatiza y reinserta en la vida cultural, dando comienzo a los festivales de teatro latinoamericanos.

De esa época a esta parte ha pasado casi de todo: festivales de nuevas tendencias en danza, óperas, producciones locales contemporáneas, teatro para niños, espectáculos de Los Modernos, y de los “retro” también. Pero, volviendo a la obra, también pasó casi de todo, la sala se “descapotó” en un momento dado, se cavó una cisterna de cincuenta mil litros, se descubrió que muchos muros importantes apenas si tenían cimientos, y se agregaron diez metros al escenario. Y todo regado por nuevas troneras de aire acondicionado.

Ahora resta esperar que el señor de casco abandone la maza, y que se termine este parlamento. O mejor dicho, que se levante el telón, que empiece ese otro parlamento y que los tramoyistas desplieguen toda su magia secreta.

Aplausos.-