martes, 13 de febrero de 2007

Ni negros ni delincuentes

(Publicado por la Revista matices)

Hace 5 minutos un médico me decía: “La medicina es una ciencia, un arte de verdades transitorias”. El Dr. Moreno Ocampo se refería así a los cambios de teorías, a veces contradictorias, que hay en torno a temas que se suponen absolutos: extirpar las amígdalas, no extirparlas; bañar el bebé, no bañarlo.

La cultura históricamente transita la misma zigzagueante senda, muchas veces de la mano del arte. Hoy son considerados músicos clásicos quienes, cuando fueron contemporáneos, no eran precisamente “clásicos” de su época, sino innovadores y rupturistas, identificados con las extravagancias, la vanguardia y las reformas. La plástica como disciplina también ha observado esas violentas oscilaciones, despreciando y combatiendo a referentes que luego pasan a ser genios, generalmente cuando la pátina del tiempo cubre su tumba.

En cuanto al stencil, podría decirse que la costumbre de los “negros” de barrio Alberdi de escribir en las paredes data de hace muchas décadas. Tal vez mil doscientas décadas.

Efectivamente en el año 10000 AC, sin Tersuave ni aerosoles, los negros estaban en plena faena trabajando lo que hoy se llama “La cueva de las manos”, Patagonia Argentina, considerado por muchos el comienzo de la historia del stencil, o más precisamente el stencil graffiti o serigraffiti. Otórgueseme la licencia de situar a Barrio Alberdi en la Patagonia, s´il vous plaît.

La actividad de imprimir pensamientos, mensajes, reflexiones en muros tiene un pasado y un presente que data de la prehistoria, pasando por las marcas conquistadoras de los soldados griegos, luego Pompeya, y –saltando siglos como bocaditos de un lunch- se ve potenciado como recurso técnico durante la revolución industrial.

Desde la segunda mitad del siglo pasado, la cosa se pone oscura: diversos movimientos políticos lo utilizan con fines propagandísticos, práctica que se acentúa en los setentas en México y el País Vasco, ya instalado como recurso revolucionario.

Los 80s, en Francia establecen los lineamientos de lo que hoy conocemos por acción stencilera o stencilística: una actividad ilegal, de estética urbana con mensajes ideológicos, muchas veces especulando con dobles sentidos y construyendo un “diálogo” con el lector / espectador, que es quien debe completar el sentido del mensaje. Cabe señalar que no hablamos de escribir paredes con un aerosol, sino de trabajos con plantillas y proyectos de vuelo ideológico.

La historia llega a Argentina más recientemente –finales de los 90s y fundamentalmente desde los comienzos de ésta década- principalmente en Buenos Aires, donde la malicia (léase perspicacia) de los porteños se apropia de la herramienta y la contextualiza como elemento que pone de manifiesto la crisis del sistema (remember De la Rua, please), y la violencia imperante en los espacios públicos, como las calles.

A Córdoba la rociaron con stencil en el último año. El centro de la ciudad está siendo intervenido con una diversidad de propuestas que (ir)respetuosamente cubren diversas arterias. Como muestra, véase las primeras cuadras de calle Independencia, o algunas zonas del Cerro.

La ciudad como un gran museo

El stencil como expresión cultural o como manifestación artística no debe ser caratulado de para, o sub-cultura. Estamos frente (o caminamos entre) fenómenos que componen las actividades artísto-culturales, y prueba de ello son las numerosas publicaciones y exposiciones que se han llevado a cabo en el mundo entero. Hasta en los salones más paquetes, para señoras de rodete, hoy es chic hablar de stencil.

Las razones más interesantes pueden radicar en la redefinición que los “delincuentes” plantean con las relaciones entre artista / obra / contexto social / espectador. Las exposiciones de estas obras, que también cuelgan de la pared, a diferencia de las obras de concepción museística, quiebran el habito de “lo exhibido”, son efímeras, de temática actual y pivotan sobre íconos populares para emitir mensajes intelectuales que se suman a la monstruosa polución visual a la que nos somete el aparato comercial para soplarnos, si alcanzamos a advertirlo, un guiño cómplice.

De esta forma, las series, y sus repeticiones, así como su interjección con otros mensajes situados en la misma pared, en un edificio, o en un barrio reconstruyen nuevos mensajes irónicos y generan espontáneas capas de lectura, capas de significado, capas de humor. Capas de furia urbana o capas de cultura.-

lunes, 5 de febrero de 2007

Un ícono cultural llamado "Los Simpson"

(Publicado por La Voz del Interior 05/05/07)



Un 19 de abril nacía Los Simpson, la tira televisiva que reescribió el concepto de las series animadas, mientras ponía en tensión el rol de la propia televisión. Cerca de cumplir 20 años de su primera aparición, se anuncia el esperado largometraje, a estrenarse mundialmente en julio. Ha pasado mucho tiempo desde que los habitantes de Springfield llegaron a Argentina; sin embargo, el recuerdo perdura por la polémica que traía aparejado un segmento televisivo que utilizaba un código asociado a lo infantil (los dibujos animados) para tratar temas de adultos, y encima, satirizarlos.

Ese salto generacional, de niños a adultos, ha despertado una devoción casi religiosa en la generación que comenzó a seguir la tira tomando la leche con Nesquik bajo el influjo catódico de la familia amarilla en televisor Hitachi de ocho canales, y hoy puede permitirse pagar la cuota de una pantalla de plasma que tiene mil canales y una definición capaz de mostrarnos cómo contamina la planta nuclear de Mr. Burns, donde Homero se desempeña a cargo del sector 7G.

En cualquier caso, el afecto hacia Los Simpson perfora cualquier barrera etárea, porque estos personajes son cultura de masas (y aquí no sólo nos referimos a la masa corporal del buen Homero J. Simpson). Son el reflejo cruel y tierno al mismo tiempo de la sociedad de consumo (norteamericana, aunque cada vez más universal), sus hábitos y costumbres. Nadie ni nada se salva del ojo crítico de sus guionistas: las drogas, la religión (dice Homero: "Dios es mi personaje de ficción preferido"), la política (Bart es reprendido porque "que el presidente lo hizo, no es excusa"), la educación pública (Bart en la pizarra: "Un mono entrenado no podría enseñar gimnasia"), la ecología, la sociedad de consumo ("No venderé mi riñón en eBay"), y el alcoholismo (Homero: "Bueno cerebro, yo no te agrado y tú no me agradas... pero vamos a hacer esto y luego seguiré matándote con cerveza"). Tal vez en la frescura de estos analistas cínicos de la historia escrita en tinta fresca, radique su virtud discursiva más interesante.

Pero la película a estrenarse tendrá un reto duro, pues la serie que consiguió desplazar a quienes fueran la primera gran familia del prime time televisivo Los Picapiedras, ha cosechado tanto que estremece. Sobre el estante hay docenas de premios de todo tipo, entre los que se puede contar más de 20 Emmys, el Television Critics, el paseo de la fama, la reseña más extensa de wikipedia, y que la revista Time los considerara "la mejor serie de televisión del siglo 20" (cabe recordar que en los otros siglos no hubo ni televisión, ni series). Todo esto es poco al lado del fervor que despertaron, y aún atesoran, en la audiencia y fans de todo el mundo, entre los que se puede contar al autor de esta columna.

Increíble performance para un grupo de suplentes. La serie surgió de la improvisación del propio Matt Groenning, poco antes de presentársela a quien sería su productor, con el objeto de preservar a otros personajes que ya tenía en circulación, y que le solicitaban.

Inicialmente destinada a relleno de entreactos de un show televisivo, recién se estrenaron capítulos independientes, en Fox, en diciembre de 1989. Cuenta con 18 temporadas, cientos de capítulos, y montañas de dinero producidas. La estructura está hecha a imagen y semejanza de una familia tipo -la de su propio creador- cuyo padre se llama Homero, su madre Marge, y sus hermanas, como las de Bart, Lisa y Margaret.

Pero Los Simpson no se quedan allí, en las masas, en la anécdota, ni en esta columna que no podría hacer justicia de su historia.

Los Simpson son un mecanismo de resignificación y recirculación cultural: en un capítulo reciente, el alcalde Diamante (de asombroso parecido a muchos políticos argentinos -por eso lo de la universalidad de la serie- y víctima de una compulsión hacia el sonido que hacen los portafolios llenos de dinero, al ser abiertos), decide contratar a Frank Gehry para que haga un auditorio, cuyo diseño surge del bollo de papel que el famoso arquitecto hace con el pedido, y cuya noche inaugural fracasa cuando toda la asistencia, incluyendo los músicos, huyen raudamente al enterarse de que habrá piezas del minimalista Philip Glass en el repertorio. Dos críticas ácidas, al hilo, y en segundos.

Así llega, con un trabajo arduo, a la pantalla grande la serie que se presenta cada noche, disipando los límites de la pantalla chica. Ya lo dice el propio Homero: "No fue tarea nada fácil cuidar de una mujer embarazada y de un niño problemático, pero a pesar de eso, me las arreglaba para ver ocho horas diarias de televisión".

© La Voz del Interior