jueves, 30 de agosto de 2007

La técnica pesquera del martillazo

(Texto sobre la compañía de Teatro Cordobesa La Resaca, para su Libro con motivo de sus diez años)

1

“Cuando me alzaron –el último del grupo- a la cubierta y aún me sacudía para arrojar el agua, dije:

- Queequeg, amigo mío, ¿este tipo de aventuras es muy frecuente?

Sin conmoverse demasiado, aunque empapado como yo, Queequeg me dio a entender que esas aventuras eran harto habituales.

- Señor Stubb –dije, volviéndome a ese hombre digno que, con su impermeable abotonado, fumaba tranquilamente la pipa-, señor Stubb, pienso que le he oído decir que de todos los balleneros que ha conocido, nuestro primer oficial, el señor Starbuck era con mucho el más cuidadoso y prudente. Supongo, pues, que precipitarse a toda vela tras una ballena que huye en medio de la bruma y la tempestad es el colmo de la discreción, en un ballenero…

- Así es. Yo he bajado al mar en busca de ballenas, desde una nave que hacía agua, en una tempestad frente al Cabo de Hornos.

- Señor Flask –dije volviéndome hacia Pendolón, que estaba junto a nosotros-, usted tiene experiencia en esto, y yo no. ¿Quiere usted decirme si es ley inalterable de esta pesca que un remero se parta el espinazo para lanzarse de espaldas hacia las fauces de la muerte?

- ¿No puede decirlo sin tanto palabrerío? –respondió Flask-. Sí, esa es la ley. Me gustaría ver a la tripulación de un bote avanzando de frente hacia una ballena… ¡ja, ja! ¡Te aseguro que la ballena no la miraría con buena cara!”

Son más de doscientas palabras que le corresponden a Melville de su obra maestra Moby Dick[1], pero palabras, al fin, de fácil aplicación al trabajo de LA RESACA.

Trabajar con esta compañía teatral supone mucho de lo que ha vivido y descrito, en este y otros pasajes, el protagonista de las líneas iniciales. Se trata, en resumidas cuentas de enfrentar el trabajo como quien va a la caza de la ballena blanca: a todo o nada. No importa que se rompan un par de espinazos propios y ajenos en cada montaje.

Por otra parte, el estado del mar -léase la sala, o donde se haya montado una obra resaquienta-, cuentan poco cuando la obra empieza a moverse. Y cuando esta se estrena, queda el sabor dulzón de la extenuación, que sólo se supera con la apetencia salada de volver a la próxima aventura.

Independientemente de la bravura intrínseca a sus obras, los integrantes de la compañía tienen un modelo de gestión que se apoya en su empeño personal y en su capacidad transformadora: el espacio escénico sufrirá modificaciones impensadas y cada obra supondrá una sorpresa para el espectador. Una sorpresa trabajosamente conseguida desde una idea preliminar, y con la fuerza manual propia. Aquí es cuando el grupo cordobés se pone lo guantes -y no es una metáfora-. Si hay un equipo en Córdoba que use guantes, es este. Y al hablar de guantes, no me refiero a quienes se enfundan con presumida elegancia extemporánea, sus manos para la fiesta. Por consiguiente, tampoco se hace referencia a los guantes de satén que se lucen en estas circunstancias

Por el contrario, hago mención a los guantes de la ferretería. He visto a sus diversos integrantes calzándose el overall (que completa el look) antes de cada estreno, y la metáfora de los marineros y la ballena inunda el aire de la adrenalina que adereza preestreno, contagiando productividad y pertenencia al resto de los mortales, en un radio de varios kilómetros. No conozco a nadie capaz de resistir la curiosidad de husmear toda esa energía en marcha.

A manera de crónica de una ballena cazada a martillazos, cabe el recuerdo del homenaje a Dalí, en el CCE.C. Luego de la convocatoria, aparece La Resaca con proyecto en la mano. Empiezan los ensayos de apropiación del espacio, y con ellos los ruidos y los mazazos. A esta altura hay que decir algo rotundo, ninguna compañía martilló tanto como ellos (y en esto no hago alusión a la tenacidad de su director). Un día ensayan arriba de los árboles. Al día siguiente entran dos autos antiguos y destruidos por la puerta vidriada del Centro Cultural. Más martillazos. Los autos se elevan a varios metros de altura, entre los árboles. El público, subdividido en grupos, verá la escena en tandas diferentes, rotando. Los actores ensayan paralelamente a la constitución de las condiciones de seguridad. Se estrena y la furia escénica se desata. Eso sí, los autos no se desatan de sus amarras. No hay más martillazos, y si los hubiera, han quedado silenciados por los aplausos.

2

Vivimos en un momento histórico interesante pues, en lo que hace a cultura y artes, todo está cambiando vertiginosamente. De la misma manera que en Tiempos Modernos Carlitos Chaplin era abducido por los engranajes gigantes de una maquina infame, la realidad cultural está tragándose, como bocaditos de un estreno de teatro independiente, un puñado de certezas que aun quedaban en pie.

De hecho, muy poca gente va a las salas de cine. Me atrevo a decir que los críticos no están entre ellas (si es que alguna vez estuvieron en algún sitio), y aunque cada vez las salas están más vacías, se ve cada vez más cine y de tipos más heterogéneos. Los cinéfagos intercambian dvds entre sí, casi de manera excluyente y, cambiándonos de disciplina, las muestras de arte se ven on-line, (por lo menos las de escala internacional). Por prueba, lo demostrado por Charles Saatchi con su nuevo proyecto de galería virtual. La literatura se está acomodando a la incandescencia de la pantalla. Y, mientras los libros que quedan en su formato original, deben modificar su interior, los autores huyen de la linealidad, sumando el mundo virtual a lo tradicional, como Douglas Coupland[2], al incorporar correo basura en su reciente creación, Jpods.

El teatro es, tal vez, un campo donde aun se puede presentar alguna resistencia, y donde la experimentación con los nuevos hábitos de consumo cultural está en tensión, cada noche, cada función.

En ese sentido, La Resaca es una compañía que hubiera arruinado a Platón, y no lo digo por el desgaste que hubiera sufrido el filósofo griego al intentar convencerlos de algo, sino porqué en la Parábola de la Cueva, ellos, hubieran mirado siempre hacia la luz (que proyectaba las sombras) de frente.

Este gesto que, dado el entrenamiento escénico podría ser frecuente, es propio de un colectivo que reconoce el momento histórico que les toca vivir, y lo hace parado en Córdoba, Argentina. La Resaca, hace teatro contemporáneo, visual, potente, maquinal, preciso y de exploración de los límites. Es teatro de la cabeza, (quemada o no) y del cuerpo en una sociedad que tiene problemas para admitir su cuerpo personal, y en conjunto, el cuerpo colectivo.

Pero también es un teatro del espacio, y de la percepción de este recurso. Por caso, en Cabeza Quemada, se llevó la voz al oído del espectador, sin necesidad de surcar el campo que separa a los actores del público, con un auricular para cada asistente. Mientras, en la escena, los actores se atenían a la firme construcción imaginaria que suponía las delimitaciones internas de una casa.

Se podría escribir mucho del desafío estético que asumen, y de la mecánica de sus obras y puestas. Pero la parafernalia discursiva que hubiera debido emplear para referirme al cruce de tecnología, textos, danza y maquinaciones intelectuales, ha quedado en los dichos de Melville. De haberlos visto en funcionamiento, regulando y a ocho mil revoluciones por minuto, interesa más hablar de su modelo de su estrategia de producción.

Esta se apoya en el trabajo individual como moneda de cambio colectiva, y eso es toda una innovación. He visto a la compañía levantar escenografías y estructuras instaladas durante días en lo que luego será su territorio de batalla. Es esa capacidad para hacer, para construir y para edificar la magia del teatro, lo que le permite adueñarse de la ilusión escénica. Si alguien dijo “la tierra es de quien la trabaja”, me cabe decir que lo teatral es de quien lo martilla.

Independientemente de una severidad, que al desprevenido le puede resultar altanera y distante, y que al comienzo puede incomodar, lo cierto es que tanto de manera endógena como entre los otros artistas convocados por el grupo, se establece un cortejo de seducción que resulta de enriquecimiento mutuo. Se corrobora lo dicho por Paula Beaulieu al referirse a los directores jóvenes, en el apartado Poéticas de la Creación, de su libro ¿Quién asiste al teatro? “…esta escritura surge de lo que ven, de lo que les pasa. A partir de esto comienzan a diseñar los personajes. La escritura y los ensayos son procesos que se dan simultáneamente [3]. Cabría decir, en este caso, que hay mucho de re-escritura en el trabajo actoral, desde el primer ensayo.

Para concluir debo confesar que me dan miedo. Un miedo distinto al que Groucho presumía despertar, junto a sus hermanos en las ciudades que visitaban “En aquella época, la posición de un actor en la sociedad estaba entre la de un gitano hechador de cartas y un carterista. … Para darte una idea del nivel social de los actores, una plantador sureño de Sheveport, Louisiana, comunicó una vez a uno de mis hermanos que lo mataría si volvía a verle hablando con su hija…[4] Massa y compañía gozan de una fama marxista (son todos conquistadores) pero insisto en que me dan otro tipo miedo: siempre está apurado, y cuando me encontré a otro integrante, una noche, en el gimnasio estuve seguro que: (1) son psicópatas y me matarán; (2) van camino a dominar el mundo; o (3) en el mejor de los casos estoy viviendo en una gran obra de teatro, su obra. ¿Será así?, entonces, que alguien “de sala”, mientras se escucha ese “mieeerdaaaahh” contundente e inconfundible, que desde el barco, en la tormenta previa a cada función, gritarán los arponeros de La Resaca.-



[1] Melville, Herman, Moby Dick, o La Ballena Blanca, traducción de Enrique Pezón, Fondo Nacional de las Artes / Editorial Sudamericana, Colección Obras Maestras, 1970.

[2] Coupland, Douglas, célebre autor norteamericano que escribió la reconocida novela Generación X.

[3] Beaulieu, Paula, ¿Quién asiste al teatro? Investigación sobre consumo cultural de teatro independiente en la Ciudad de Córdoba, Ediciones del Apuntador, 2007.

[4] Marx, Groucho, Groucho y yo. Fábula, Tusquets editores, 2005.

lunes, 13 de agosto de 2007

Eterno resplandor de los monumentos sin recuerdo

(Publicado por Eclectica Magazine 10/07)

En Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, mágica película de Michel Gondry, Jim Carrey hace un papel de pelotudo que se sale de su pelotudez habitual. Pero lo que viene a cuento es la propuesta deslizada por Kaufman (El Ladrón de orquídeas; Quieres ser John Malkovich), el guionista surrealista, que consiste en inventar una técnica capaz de borrar fragmentos de la memoria, con un tratamiento más eficaz que el vodka Smirnoff de Casa Babylon. El protagonista experimenta como sus recuerdos se entremezclan en capas traslúcidas, donde él mismo presencia –dentro de su mente- la degradación y posterior desintegración de sus memorias.

Algo parecido pasa en Córdoba con los monumentos: ancestros y representantes actuales del arte público. Al ver al Jerónimo leyendo el diario frente al Palacio Municipal (Cañada y Caseros) cada mañana, hay cordobeses que, como Carrey, creen estar protagonizando un guión de Kaufman. ¿Acaso nadie tiene presente en que año estamos?

Córdoba tiene una variada oferta de esculturas monumentales, recientes, pero fuera de la lógica moderna. Además, tiene otras tantas, un poco más antiguas y ubicadas (o re-ubicadas) en lugares alarmantemente mal elegidos. Como esa cabeza de Sarmiento que, emulando los frascos/cabezas de Futurama, permanece oculta en la confusión de la ciudad universitaria, lesionando a más de un ebrio y traumatizado psiquiátricamente a muchos sobrios (que se jodan).

Javier Maderuelo publicó una magnífica nota en Babelia del 21 de Julio, donde cuenta como, en 1898 Auguste Rodin presentó un homenaje a Balzac. Este monumento que fuera encargado por Émile Zola para la Société des Gents de Lettres, y víctima de la ira crítica, abrió las intenciones modernas de las estatuas y obras a enclavar en espacios públicos. Pasaron más de cien años, las vanguardias se hicieron cargo en todo el mundo de las piezas a emplazar en espacios urbanos, estableciendo patrones que, desde hace décadas, reflexionan sobre como contexto urbano y obra, dialogan.

A esta altura, la nota lleva cerca de 1900 caracteres, y no hay forma de decidir cual es el monumento más feo de la ciudad, pero estoy rogando que en el dvdclub de la esquina tengan la película Eterno resplandor…, porque de intentar hacer la lista, me queda claro que, aunque sea una terapia peligrosa, quiero que borren a todas de mi mente.-