viernes, 27 de junio de 2008

Sobre el diálogo

(publicado por La Voz del Interior, en Opinión, el Jueves 26/06/2008)

Los filósofos presocráticos se caracterizan por haber generado un pensamiento a partir de su iluminación, sin preocuparse tan siquiera por la corroboración de la veracidad de sus supuestos.
Fueron Sócrates y Platón quienes se propusieron analizar las conjeturas a partir de la conversación, usando como trampolín a Zenón de Elea, único antecedente en el rubro.
Por cierto, fue Platón quien puso por encima de sus propias teorías a la búsqueda de la verdad, ejercitando la autocrítica. Los clásicos consideraban que la dialéctica era un mecanismo que permitía extraer de una oposición algo verdadero.
Definción de diccionario, el diálogo (cuya etimología griega indica “a través de la palabra”) es un recurso para la oralidad y la escritura que permite construir interacción entre un emisor y un receptor que cambian sucesivamente su carácter activo y pasivo, consiguiendo interactuar entre sí. Cuando asistimos a una obra de teatro –alguna que no sea un monólogo–, lo normal es que un personaje haga un parlamento, luego otro responda, y así tengan lugar las participaciones. De esta interacción se deducirá y surgirán las características de los personajes, su caracteres e intenciones, ambiciones y todo cuanto no se nos ha revelado visualmente. La conciencia, el pensamiento, la ideología o reflexiones que nos llegan desde los personajes, por ejemplo, de un cuento o una novela, son asibles por el público gracias al diálogo entre ellos.
Vale citar de nuevo entre los clásicos, en el libro V de La república de Platón, un diálogo interesante, cuando Sócrates compara su “ciudad ideal” con otras:
(463)
“–Pero, además de llamarlos conciudadanos,
¿cómo llama el pueblo de las demás (ciudades) a los gobernantes?
–En la mayor parte de ellas, señores, y en las regidas democráticamente se les da ese mismo nombre, el de gobernantes.
–¿Y el pueblo de nuestra ciudad (ideal)? Además de llamarles conciudadanos, ¿qué dirá que son los gobernantes?
–Salvadores y protectores– dijo.
–¿Y cómo llamarán ellos a los del pueblo?
–Pagadores de salario y sustentadores.
–¿Cómo llaman a los del pueblo los gobernantes de otras?
–Siervos– dijo.
–¿Y unos gobernantes a otros?
–Colegas de gobierno– dijo.
–¿Y los nuestros?
–Compañeros de guarda.
–¿Puedes decirme, acerca de los gobernantes de otras ciudades, si hay quien pueda hablar de tal de sus colegas, como de un amigo, y de tal otro, como de un extraño?
–Los hay, y muchos.
–¿Y así al amigo le considera y cita como a alguien que es suyo y al extraño como a quien no lo es?
–Sí.
–¿Y tus guardianes? ¿Habrá entre ellos quien pueda considerar o hablar de alguno de sus compañeros de guarda como de un extraño?
–De ninguna manera– dijo–.
Porque cualquiera que sea aquél con quien se encuentre, habrá de considerar que se encuentra con su hermano o hermana o con su padre o madre o con su hijo o hija o bien con los descendientes o ascendientes de éstos.
–Muy bien hablas –dije–; pero dime ahora también esto otro: ¿te limitarás, acaso, a ordenarles el uso de los nombres de parentesco o bien les impondrás que actúen en todo de acuerdo con ellos, cumpliendo, con relación a sus padres, cuanto ordena la ley acerca del respeto y cuidado a ellos debido, y de la necesidad de que uno sea fiel a sus progenitores sin que en otro caso les espere ningún beneficio por parte de los dioses ni hombres, porque no sería piadoso ni justo su comportamiento si obraran de manera distinta a lo ordenado? ¿Serán tales, o distintas, las máximas que todos los ciudadanos deben hacer que resuenen constantemente y desde muy pronto en los oídos de los niños, máximas relativas al trato con aquellos que les sean presentados como padres u otros parientes?
–Tales –dijo–.
Sería, en efecto, ridículo que se limitaran a pronunciar de boca los nombres de parentesco sin comportarse de acuerdo con ellos.
–Esta será, pues, la ciudad en que más al unísono se repita, ante las venturas o desdichas de uno solo, aquella frase de que hace poco hablábamos, la de ‘mis cosas van bien’ o ‘mis cosas van mal’.
–Gran verdad –dijo”.

La belleza del diálogo, un recurso olvidado en la sordera que aturde a la Argentina de estos días, se potencia con el contenido citado: la ciudad ideal de Sócrates funciona si quienes interactúan lo hacen como si se tratara de verdaderos hermanos –más allá de lo discursivo–, concluyendo que las cosas de un individuo irán bien si lo común a todos va bien. Aún podemos escucharnos como hermanos. ¿Hay alguien ahí? -

lunes, 23 de junio de 2008

El reproductor de literatura

(Publicado por La Voz del Interior en su suplemento de cultura, el 23/06/2008)


Ray Bradbury se equivocó. La televisión no aniquiló a los libros, como proponía Fahrenheit 451. Muy por el contrario, se apresta a ser una víctima más de internet. Al igual que aquella publicidad del SIDA, no se preocupaba cuando otros caían, y ahora “están golpeando a su puerta”. Se corroboró una baja de audiencia joven que responde al mayor tiempo que le dedican a navegar la web.

Pero en lo literario, la noticia es el Kindle, artefacto colocado en el mercado por Amazon. Se trata de un dispositivo electrónico de 18x13 centímetros, capaz de reemplazar a los libros impresos que hemos conocido hasta ahora. Sin ser el primero de su raza (Sony lanzó el sonyreader hace tiempo), y con otras firmas trabajando sobre el papel y la tinta digital, este aparato tan pequeño y amenazador se ha vendido masivamente en meses. Funciona a baterías recargables y permite almacenar hasta 200 obras, además de ofertar la lectura de los principales periódicos, blogs y webs como wikipedia. Cuenta con conexión inalámbrica gratuita para las descargas, cuesta unos 400 dólares, pesa 300 gramos, y cargarle un “libro” virtual cuesta unos 10 dólares por texto, casi la tercera parte del precio de tapa de una novela en EEUU.

Su aparición, difusión y rápida aceptación, ha despertado una violenta preocupación en toda la industria editorial. Los pesimistas temen el derrumbe de una extensa cadena de puestos de trabajo, profesiones y negocios, algo que la industria discográfica ya experimentó. Los optimistas hablan de la democratización de la información, y de zafarse del cepo de los grupos editoriales. También se espera una menor cantidad de intermediarios beneficiando a los escritores, que hoy perciben el 10% del precio de tapa, al poder colgar sus escritos on line de forma independiente.

Actualmente, ciertos tipos de publicaciones informativas, con datos, estadísticas o ensayos, abandonan el papel para alojarse en webs, blogs, o portales, mientras que la ficción se resiste a teletransportarse hacia la virtualidad.

El Kindle es antipático para las generaciones actuales, por la buena prensa (literalmente) del papel impreso. Pero, por un lado, surgirán nuevos consumidores que hoy son niños, mientras que muchos -hoy mayores- migrarán como lo hicieran al adquirir una agenda electrónica, o un reproductor mp3.

Un condicionante para la expansión del nuevo soporte de lectura es la diversidad de títulos disponibles para ser comprados. Hoy se dispone de unos 100.000 títulos, en un puñado de idiomas. Al multiplicar el stock e introducirse en otras regiones lingüísticas, el mercado se expandirá como un descontrolado virus de estanterías. Por otra parte, abaratándose la tecnología de este “reproductor literario”, con nuevas marcas o series de firmas como Apple, los componentes de la industria deberán encontrar nuevos formas de supervivencia. A ver qué hace Rubén Libros en ese entonces.

(Continua en En contra de la corriente)

En contra de la corriente

(Viene de El reproductor de Literatura)


Actualmente, quienes se encuentran en condiciones de hacerle frente a la furia digital de e-libro son las editoriales que han transformado en objetos a sus productos. Estas piezas, con valor más allá de las palabras contenidas, son exquisiteces que nacieron de emprendimientos nacionales poco comerciales como Vox, Siesta, La Marca Editora, Artefato, Eloisa Cartonera, Terraza, o Pequeño editor. Muchos murieron en el parto, pero en Córdoba tienen su correlato en Llanto de Mudo, La Creciente y muchas otras propuesta autogestionadas.

En el otro extremo, y a nivel mundial, los libros visualmente potentes y razonablemente económicos como los que editan Taschen, están menos comprometidos. Esta editorial goza de muy buena salud, a sus 25 años de edad. Su motor es la actitud libertaria, excéntrica y desenfrenada de su dueño, Benedikt Taschen, un alemán de 47 años de edad. Taschen, un millonario que también colecciona arte, comenzó su actividad a los 12 años, coleccionando cómics. Luego fundó una pequeña pero prometedora tienda. Sus ediciones llegaron después, e incluyen obras delirantemente disímiles entre sí: arte clásico, pornografía, cine de los setenta, robots de juguete, o diseño de mobiliario, con tiradas que llegan a los cuatro ceros. Muchas opciones idiomáticas, y precios que van desde pocos dólares, hasta uno de los libros más costosos de la historia: un recopilatorio de la obra del fotógrafo Helmut Newton, de 30 kilos, que incluye una base diseñada por Philippe Starck y cuyo primer ejemplar, firmado por varios participantes, se vendió a más de 300.000 dólares. La editorial Taschen, como su nombre lo indica (bolsillo en alemán), es una pionera incansable a la hora de otorgar a los compradores de libros visuales una alegría a la altura de sus billeteras. Tal vez una esperanza para la materialidad literaria.-


martes, 3 de junio de 2008

Pasión por el caos o por la armonía de la administración

(publicado por la Revista Ecléctica en su Número de Junio)

Con el paso del tiempo los clásicos sólo ganan más vigencia.

Tal el caso de la película Ensayo de Orquesta, que se estrenara sobre finales de la década del setenta, dirigida por Federico Fellini. En el film, con formato de documental, (distante, pero no tanto, de Moore o Lanata) un equipo de rodaje televisivo entrevista a una orquesta en el marco de un accidentado ensayo, donde un director de aspecto y tono dictatorial intenta imponerse a un heterogéneo grupo de músicos. Los instrumentistas, por su parte, optan por el caos, antes que por la armonía que supone la ejecución de una pieza clásica, desde las frías partituras.

Está visto que la armonía, como el ritmo, se apoyan en frecuencias, repeticiones y espacios de más protagonismo para unos, sobre otros. Todos artilugios que no se consiguen sin que haya imposiciones. La trama de la anarquía, en este caso estética, subyace latente y, por momentos, se impone onírica y orgiásticamente. Esta lucha, natural, en todos los campos del arte se opone a un concepto intervencionista, por no usar el gastado término paternalista, de la administración cultural.

En cualquier caso fue el propio Fellini quien dijo “No hay un final. No existe un principio. Solamente existe una infinita pasión por la vida.”

domingo, 1 de junio de 2008

Breve Historia de las teclas de escribir

(Publicado por La Voz del Interior, el Domingo 01/06/2008, en el Suplemento Temas. Segunda entrega de la erie especies en Extinción)

Los hombres se comunican con palabras escritas desde tiempos inmemoriales. Esta comunicación se imprimió a mano durante siglos hasta que Gutenberg inventara la imprenta en mediados del siglo XV. La escritura, por su parte, contó con banda de sonido, percusionista, recién a finales del siglo XIX, cuando las máquinas de escribir redactaron su línea en la historia del conocimiento humano. Y lo hicieron sonoramente.

Desde ese punto y aparte, el arquetipo de un escritor, de un periodista sería Ernest Hemingway, reportando la guerra civil española a bordo de su máquina, ofreciendo el ritual de las teclas tamborileando siglos de literatura. Un proceso que sólo se detiene ante un atasco que obligue al escribiente a proferir una maldición, desenredar la F de G y aprovechar el pretexto para encender otro cigarrillo. El ritmo de las Olivetti, o las Olympia, ha sido tan preponderante en la historia de la escritura que, cuando nacieron las máquinas silenciosas, fueron un estrepitoso fracaso. Pero eso fue a la mitad de un relato que comenzó en el siglo XIIX. Desde ese entonces se registraron distintos sistemas de escritura mecánica que recién, en Detroit del año 1829, se transformarían en un ancestro reconocible.

Los prototipos se patentaban incesantemente, inclusive en Brasil, hasta que nuevamente en Norteamérica, en 1867, Sholes, Glidden y Soule desarrollaron el primer modelo que se aproxima a la máquina que conocemos en la actualidad. Ya por ese entonces, en Inglaterra, se usaba otro artefacto denominado la bola de escribir. Los tres socios e inventores originales sufrieron varias deserciones y conflictos hasta conseguir, en 1873, que un inversionista acordara la producción en serie con la fábrica de máquinas de coser Remington.

Este primer modelo nunca fue popular, tenía un pedal para mover el carro, sólo escribía con mayúsculas, no permitía ver lo redactado, costaba una pequeña fortuna y pesaba demasiado. Rápidamente la firma desarrolló toda una saga, mientras otros competidores generaban opciones con mejoras que irían combinándose entre sí. De esa etapa de creatividad e innovación nacerían la “Hammond” y la “Oliver”, entre otras. Luego, John T. Underwood, desarrolló un modelo capaz de mostrar el texto, y cuyas múltiples mejoras se impusieron. Para dimensionar el éxito comercial de las Underwood, que se diseminaron al amanecer del siglo XX, una de sus fábricas ocupaba ocho hectáreas. Allí se ensamblaban las más de 3000 piezas que componían la Underwood. El esqueleto estaba fichado desde que se empezaba el proceso y llevaba la firma de cada uno de los operarios intervinientes, lo que permitía detectar un desperfecto y su responsable, sin importar el tiempo que hubiera transcurrido. Se les esculpían detalles de milésimas partes de un milímetro. Además contaban con un número secreto.

Sobre finales de la década del `20, otros sistemas para máquinas de escribir desaparecían, mientras se imponía la impresión de la tinta proveniente de una tela interpuesta sobre la hoja, al ser presionada por los tipos. Éstos tomaban la fuerza de la tecla, que debía ser golpeada firmemente. El papel se apoyaba sobre un cilindro que giraba al correr el carro y la cinta de tinta solía tener color negro y rojo, ya que este último destacaba cifras negativas de la contabilidad, la verdadera demandante de máquinas de escribir.

Después de esta novela de inventiva, todo lo que sigue es pura literatura: el teclado (aun vigente) se llamaría QWERTY por el orden de los caracteres, que resultó ser un sistema ineficaz para escribir, pero que evitaba demasiados atascos. Su archienemigo, el teclado DVORAK, probadamente más eficaz, jamás consiguió insertarse en el mercado. Será que parecía un apellido ruso. La mecanografía resultó ser una actividad que potenció el ingreso de las mujeres a la vida laboral, pues ostentó una tasa de 81% de feminidad. Las mecanógrafas tuvieron su momento de gloria gracias a los concursos de velocidad. Afirma el libro Guiness que Bárbara Blackburn escribía 650 palabras (lo que ud. lector, ha leído hasta acá) en menos de 4 minutos, alcanzando picos de más de 200 palabras por minuto.

La feminidad de la máquina de escribir se constataba en las frecuentes decoraciones florales, así como los errores se constataron hasta 1960, fecha en la que se inventó el liquid paper. Desde entonces, el reinado de la escritura en máquina ha sido tan glorioso, que se podría hacer un listado de autores por sus máquinas de escribir, tal vez empezando por Tolstoi, según la leyenda el precursor mecánico. Un repaso por los nombres y sus armas propone: Charles Bukowski, usaba la Underwood, o la Olympia; Ernest Hemingway, Corona 3, Underwood o Royal portables; Jack Kerouac, Underwood. Y Paul Auster, que usa una Olympia, publicó el libro homenaje “La historia de mi máquina de escribir” (Editorial Anagrama). Este autor norteamericano sufre pesadillas con la desaparición de las cintas entintadas.

Un caso extremo representó William Maxwell editor de The New Yorker quien dijo “no me importa morir, aunque encuentro insoportable la idea de que, cuando la gente se muere, ya no pueda leer libros.” Maxwell, atendía a los periodistas en persona pero escuchaba la pregunta, y luego tecleaba una respuesta. Decía “Pienso mejor con los dedos que con la garganta”. Jorge Lanata, en 1970, confundió una carta recibida como propia, “cuando yo vi la carta ¿sabés lo que pensé? cómo puede ser…. es mi letra. Mi letra es la de la Lexicon 80”.

(Continua en Del taca-taca-taca- ting - grrrack al bit)

Del taca-taca-taca- ting - grrrack al bit

(Viene de Breve Historia de las Teclas de Escribir)

Hoy, en 2008, Lanata y Auster siguen fumando pero comenzaron a usar computadoras.

Aunque algunos hicieron su paso por las máquinas de escribir eléctricas, la forma de escribir cambió recientemente, con la informática. Escribir esta nota, modificarla, (demasiado) enviársela al editor y que llegue a imprenta o duerma el sueño virtual de internet es arte y magia de las pc.

Y ellas también tienen su historia, emparentada con la acumulación de la información.

Desde mediados de siglo pasado se vienen realizando experimentos para almacenar datos, en dispositivos como el selectron, que en 1946 acumulaba un total de 512 bytes. Diez años después IBM desarrolló los discos que almacenaban kilobytes, y en 1956 almacenó 5 megas en un cilindro enorme. Recién en 1980, IBM, construyó un disco duro capaz de albergar un gigabyte.

Mientras, a finales de esa década, llegaban a Córdoba las primeras computadoras personales. Éstas administraban la información, con un corazón de pulso binario, y un cerebro llamado microchip, desarrollados por Intel desde 1971. Éste reemplazaría, en menos de una pulgada, a salas llenas de válvulas. La primera computadora personal se llamó Kenbak-1 y sobre 1977 se comenzaron a fabricar las Commodore. Mientras algunas bibliotecas la integraban a su paisaje, en 1984, aparece la Macintosh, con memoria de 128KB, monitor, y mouse.

Pasaron varios años más hasta que desembarcaran en el puerto del Suquia las Commodore, Talent MSX, AMIGA, y Spectrum, que nos domesticaron vía juegos como el Wonderboy, Bomb Jack, o el Commando, grabados en casetes. Tenían todos sus componentes dentro del teclado y solían usar al televisor como monitor. La memoria, sobre todo con la manipulación de archivos conteniendo, no sólo texto, sino fotografías, y más adelante audio, demandó nuevos sistemas de guardado de la información. Mientras la pc evolucionaba, se achicaban y abarataban las formas de guardar información, nacían los flexibles de 5¼, los discos de 3½, los zips, los cds, y los dvds. Hoy la vida cabe en un pendrive.

Almacenamiento

La mínima unidad de almacenamiento en la teoría de la información es un bit, representa una opción por sí o no. En el sistema binario serán ceros y unos. Ocho bits son un Byte, la información de una letra. Con 10 B serán una o dos palabras. Con 100, una oración. Con 1000, un KiloByte, un párrafo. Esta nota “pesará” unos 10 KB o 20KB. Una novela larga pesará 1000 KB, o sea un MegaByte.

Una biblioteca doméstica tendrá 400, y una grande 1000 MB, llamado 1 GigaByte. Sumando 1000 GB será un TeraByte (tera, del griego monstruo) y un volumen similar al de una gran biblioteca pública. La Biblioteca del Congreso de EEUU (tal vez, la más grande) tiene uno o dos TBs. Un disco duro de dos TeraBytes cuesta poco más de mil dólares. Pero no termina aún: 1000 TB son un PetaByte. Para que nos hagamos una idea, hablamos de quince ceros de bytes.

Epílogo

Las máquinas de escribir dejaron de fabricarse, progresivamente, en los noventa, al mismo tiempo que las redacciones de los diarios y el estudio del escritor dejaron de levantar columnas de tipografías sonoras hacia el cielo literario, como la despedida con humo de un sioux abandonado. Hoy están extintas y las últimas gotas de tinta que nos llueven, de vez en cuando, son las lágrimas de unos artefactos sólidos, valientes y rudos que venían sin domar y cuya historia termina con este taca-taca-taca - -ting! final.-