miércoles, 23 de julio de 2008

Julio Hemingwaiano

Julio es un mes que da y quita de manera injusta. Esta reflexión, más allá de las vacaciones, se refiere a la vida del escritor Ernest Hemingway que habiendo nacido un 2 de Julio, murió por estos días, un 21 de Julio. ¿Qué se puede decir de un tipo que preparaba el martini con quince medidas de gin y una de vermouth?

Hombre de dos siglos y (al menos) tres guerras, nació en 1899. Pero no está permitido hablar de “el pequeño Ernest” para referirse a su infancia, como tampoco llegó a ser un viejito. Norteamericano de nacimiento, sus primeros años transcurren entre el suburbio y una casa en la orilla del lago Bear, donde aprendió a cazar y pescar desde muy chico. Algo que marcó su vida y se proyectó sobre su personaje Nick Adams. Su pedigree se parece al de muchos cordobeses que pescaron en el Suquía, cazaron con el aire comprimido, y fueron -como él- rugbiers.
Nick Adams y su autor dejan de ser adolescentes, y su paralelismo con Córdoba se desvanece. Capaz de explicar la relación entre el olor a pólvora y el plomo mejor que nadie, Hemingway se unió a la primera guerra mundial con el oficio de reportero a cuestas, y la necesidad de manejar una ambulancia como imposición, debido a que no fue aceptado en el ejercito. Uno de sus ojos no veía las letras pequeñas del oftalmólogo, fruto de su afición al boxeo. Desde entonces protagonizó la historia del siglo mientras la redactaba: a la gran guerra de 1917 le siguió la guerra civil española, y a ésta le sobrevino la segunda guerra mundial. Fue entonces cuando participó nada menos que en el desembarco de Normandía y fue uno de los primeros soldados en recuperar París, ciudad en la que años atrás había trabado amistades con Picasso, Pound, y Scott Fitzgerald.
La relación con las armas, para un tipo que no renegaba de la violencia, era tan intensa que cuando su padre se suicidó de un tiro, exigió que se le remitiera el revolver para conservarlo. Pero sus armas iban más allá de la carabina y los chumbos. Las máquinas de escribir, entre otras la Royal, fueron su instrumento dilecto. Trabaja obsesivamente cada obra, y mientras lo hacía, bebía vino en París, ron en Cuba y gin en caso de duda. Inclusive cultivó el amor por el tabaco, mientras tecleaba “a partir del conocimiento personal”. Él mismo diría que lo conveniente era escribir y no describir, y lo hizo a fuerza de tachar adjetivos mientras sus gatos le rodeaban al igual que los sustantivos. A sus Cuentos (reagrupados por Lumen en 2007) se le pueden apilar, de lomo, novelas como Adiós a las Armas (1929), Por quién doblan las campanas (1940), y El Viejo y el Mar (1952) percutor del Pulitzer 1953. Al año siguiente le otorgarían el Premio Nobel de Literatura, galardón que no recibió personalmente. Se pueden citar muchas otras obras, como París era una Fiesta, sólo para satisfacer al autor de esta columna.

Debajo del vidrio del escritorio hay varias de fotos de Hemingway. En todas tiene unos hombros separados que le confieren un aspecto taurino, y sus ojos miran directo al corazón del lector. En una imagen luce una polera de lana al estilo marinero y una barba que refuerza la generosidad de su mandíbula; en esta duerme una siesta moviendo la barriga más peluda de Cuba; en otra tiene los guantes puestos; y acá abraza a Fidel Castro. Es 1960 y aparentemente vienen de pescar. Uno parece estar prometiendo inmortalidad. El otro, todo lo contrario.

El virus del suicidio ya era una tradición literaria (Emilio Salgari, Jack London, Horacio Quiroga) que se esparció en su familia con más fuerza que en la de Barón Biza. Padre, hijo, hermanos y nieta de Hemingway se fueron de este mundo por su cuenta. Cuando decidió volarse la cabeza de un escopetazo, otra de sus medidas desmedidas, tenía 61 años. Como todo prócer, están quienes se niegan a ver un suicidio y consideran la posibilidad de un accidente bastante extraño para un experto en cartuchos, que tenía un diagnóstico de alzheimer en el bolsillo de la guayabera y que acumulaba depresiones como si fueran botellas vacías. Las dudas sobre la partida de Ernest Hemingway, no incluyen el destino: “el viejo” está en una ventosa noche eterna que huele a bosque, a abetos, y que trae el ronroneo de las olas del lago meciendo las truchas en su interior.-

domingo, 20 de julio de 2008

La rebelión del revelado. La fotografía se hace digital

(Publicado por La Voz del Interior, Suplemento Temas 20/07/2008. De la serie Especies en extinción)

El arte de escribir con luz (foto -luz, grafía -escribir) ha tenido un papel clave en el registro histórico de los últimos siglos. Actualmente, luego de su popularización, recorre un viaje sin retorno hacia la virtualidad.

La vida de un hombre cabe en un álbum de fotos, y se escribe con los parpadeos del obturador, disparados a razón de 1/125 segundo. Las instantáneas no ilustran, sino que son el registro, el documento de una existencia. Sería humor fácil decir que la vida “es un rollo”, pero ciertamente en las fotografías vemos vidas uniéndose entre sí.

Mi familia son quienes están en esta foto 15x21 que está pinchada sobre la biblioteca. Mis abuelos viven un mundo blanco y negro, de eterna juventud y portarretrato. Y yo nací en esa foto setentosa donde convivimos mi mamá y yo: ella es una adolescente delgada que me sostiene del lado del corazón y nuestro mundo, originalmente Carlos Paz, está tornándose rojizo como otras fotos de esa época. Su camisa delata que estamos en 1976. La foto del casamiento de mis viejos es del 1975, un mundo de patas de elefantes y melenas pre-militares, como la de mi papá. Esta foto comprueba que estuve en Machu Picchu en 1996. Acá se observa que egresé del Monserrat, justo cuando mi hermano ingresaba. Entonces yo era él más alto. Esta, la mujer que amo, sostiene a mi hijo, que podés ver con su pijama de pollito. Mi vida, un enjambre de vidas.

Las personas se divorcian, tienen hijos, o se enferman, entre una foto y otra. Así ha sido desde antes del maridaje entre telefonía y fotografía. Además de la vida, la muerte también ha sido parte del álbum, como lo prueban tantas fotos donde el occiso no sonríe.

Digan whisky

El retrato, soporte de la individualidad, ha sido el gran motor del desarrollo fotográfico. Este invento, nieto del daguerrotipo, patentado por Louis Daguerre en 1839, surgió del trabajo de Nicèphore Niépce, quien luego se asoció a Daguerre.

Mientras diversos investigadores perfeccionaban diferentes sistemas en todo el mundo, en agosto de ese año, el estado francés adquirió la patente para cederla en dominio público, contribuyendo con las finanzas de Don Daguerre, e impulsando la fotografía, con un sistema que no sería el conocido actualmente.

Fue William Henry Fox Talbot quien investigó el papel fotosensible derivado de la plata, utilizando una suerte de negativo, y acercándose al sistema difundido posteriormente. Pero hubo que esperar hasta 1888, para que George Eastman fundara Kodak, y patentara una cámara masiva y doméstica. “Ud. apriete el botón y nosotros hacemos el resto”, decía la publicidad. Desde entonces el público protagonizaría las fotos, y las tomaría. Los medios gráficos, por su parte, habían hecho lo propio colocando imágenes en sus ediciones, desde 1880. Todo comenzaba a ser “ver para creer”.

Esta primer cámara Kodak costaba 25 dólares y contenía 100 fotos. Pagando 10 dólares extras, el contenido de la cámara se revelaba e imprimía. La popularización de la actividad fotográfica estaba en marcha, y se concretaría en 1900 cuando la nueva Kodak Brownie llegara a costar 1 dólar, y el rollo 15 céntimos. En 1932, y siendo multimillonario, Eastman, que había elegido la palabra Kodak por su sonido universal, se suicidó dejando una nota que decía “Mis amigos, mi trabajo está hecho, ¿por qué esperar?”. En su ansiedad no llegó a ver la Kodakchrome, una de las primeras películas color de circulación masiva, que desde 1936 tuvo compañera: la Agfacolor.

En esa década se fue Eastman y se impuso la primera cámara de 35 mm, el formato más popular y universal. Se trataba de la Leica, que estaba a la venta desde la década anterior, y había sido creada por Oskar Barnack. Aquella Leica es una leyenda, una preciosidad, por la que recientemente se ha llegado a pagar más de 150.000 dólares.

Mientras nacían mitos en materia de cámaras, como Pentax, Minolta, Canon y Nikon, aficionados y trabajadores de la imagen comenzaban a incorporar accesorios. Todos querían tener lentes gran angular de 24 o 28mm, teleobjetivos de 120mm, o más; por otra parte, se compraban trípodes, lentillas de aproximación, tubos de extensión, filtros, fotómetros manuales, cables disparadores y, si había complicidad familiar, el baño de la casa sería transformado en un laboratorio donde la ampliadora haría su magia, y las imágenes sumergidas en la bacha del revelador, aparecería misteriosamente. Siempre bajo el amparo nocturno.

Los formatos profesionales quedaron en marcas como Hasselblad y Mamiya, mientras los “fierros” pertenecieron a la serie F de Nikon, las Spotmatic y K1000 de Pentaz, o las OM de Olympus. Nikon (fundada en 1959) tuvo su serie más celebrada, con bellezas como la F2, del 1971, la F3 de 1980, y la F4 -una “animalada” de cámara con autofocus-, que vio la luz en 1988. La F5 es sinónimo de profesionalidad, y en 2004, surgió la F6. Cuesta cerca de 3000 dólares y es la última Nikon que usa película. Todas las demás son digitales.

La competencia entre Nikon y Canon, tuvo su leyenda: la Canon AE1. Pequeña y sofisticada, esta arma letal tenía lo más avanzado en tecnología, y se lanzó hacia 1976. En ese entonces nacía el autor de esta nota y Steve Sasoon, por encargo de Kodak, acababa de sacar la primera fotografía digital de la historia. Salvo por quien escribe, los otros dos sucesos estaban destinados a estrellarse. Nacía un tipo de fotografía, y desaparecía el otro.

Sony, por su parte, ideó las precursoras digitales llamadas Mavica en los ochentas, y desde entonces todo fue crecer, mejorar y volverse hegemónicas, a costa de la fotografía tradicional, una rareza en un mundo que se volvía cada vez más computarizado.

En 2007 el mercado global de cámaras, sin contar la omnipresencia de las “fonocámaras” creció un 30%, llegando a venderse 138 millones de cámaras fotográficas. De estas, 126 millones, más del 90%, han sido cámaras digitales.

Este escenario ya asesinó a un ícono, las Polaroid. Nacidas del vientre del Babyboom, en 1948, ya no se venden más. Agfa también dejó el negocio químico, y Fuji está reestructurando, a fuerza de despidos, un negocio donde la fotografía tradicional, ahora denominada química, sólo sobrevivirá si acepta ser un hobby fetichista.

El futuro es digital, de hecho el presente lo es. Pero esta nueva generación de imágenes digitales, está condenada a una vida de almacenamiento, discos duros y archivos jpg que probablemente nunca conozcan clavo, marco o tachuela.-

(Continua en La mesita ratona de la humanidad)

La Mesita ratona de la humanidad

(Continua de La Rebelión del Revelado)

Si la historia de una familia es una caja con fotos de, casamiento, viajes, nacimientos y alguna conquista material, ubicada en la mesita ratona del living, la humanidad, donde sea que tenga su mesita ratona, puede presumir de lo mismo.

La historia de la imagen fotográfica tiene una instantánea de Hiroshima transformada en un hongo de muerte; tiene aquella que en 1968 tomó Eddie Adams (Pulitzer 1969), cuando el jefe de la policía survietnamita Nguyen Ngoc Loan le vuela la sien, en plena calle, a un prisionero del Vietcong. Un acto que el mismo general, años después en su propia pizzería, definiría como “Ud. estaba haciendo su trabajo y yo el mío”

Otras fotos de nuestra historia es la de Korda: Un Che de boina mirando el horizonte (1960); o la del cuerpo del mismo Comandante Guevara, sin vida, en Bolivia (1967). También es reconocida la de Arthur Sasse, Einstein sacando una lengua cargada de humor (1951). O “muerte de un miliciano”, de Robert Capa (1936) hoy objeto de debates en torno a su veracidad. En tanta guerra se pueden intercalar las curvas de Norma Jeane Mortenson, alias Marilyn Monroe, en el calendario de Pirelli (1949). Queda una lista infinita, incluyendo aquella donde una niña con un alarido en la piel desnuda, huye del napalm corriendo por la ruta; aquella de un hombre que se arroja al vacío, en el 11S; o la pequeña niña de Sudán cuya esquelética muerte es esperada por un cuervo. Tal vez un final para esta lista sea, ya en colores, el retrato de la tierra, tomado por el Apolo 8 en 1968. Córdoba también tiene fotos memorables, como aquella donde los estudiantes toman el rectorado, en plena la reforma universitaria, hace 90 años.-

sábado, 19 de julio de 2008

Nuestras fuerzas ocultas

(Publicado como prólogo del Libro X años en imágenes del CCE.C. VII/2008)


Dice Zizek “En la secuencia inicial de Rojo, de Kieslowski, una mano marca un número de teléfono, tras lo cual la cámara sigue el viaje de la llamada hasta su lejano destino, a través del cable que lleva a la toma de pared, de los cables que descienden bajo tierra y cruzan el mar, hasta la luz roja intermitente de la centralita local que nos dice que la línea está ocupada. El tema de la película queda de este modo claramente designado: la exploración de las fuerzas ocultas que influyen en la comunicación entre personas”. (1)

También este libro aspira a contribuir con la exploración de las imágenes. Al menos de las que conforman la propuesta gráfica de los primeros diez años de actividades del Centro Cultural España Córdoba. El vehículo entre emisor y receptor.

Y es que más allá de promocionar las actividades del CCE.C con estética propia y la obra de los artistas como protagonista estelar del mensaje a difundir, la imagen de la casa le impuso al equipo de gestión un tono (¿un toro?) y un desafío de calidad, innovación, frescura, alteridad y trascendencia en la confección de la programación.

Cuando Octavio Martino creó el logotipo del CCE.C, así como cuando ideó la gráfica de los distintos ciclos programados, estaba proponiendo un espíritu, una forma de hacer y de decir, que obligaba a la casa, por elevación, a mejorar cada vez más los proyectos por venir.

A través de este compendio entonces, es posible entender que a diferencia de la llamada que Kieslowski niega en Rojo, en nuestro caso sí pudimos comunicarnos: varios cientos de miles de asistentes a las actividades, el premio concedido por un jurado nacional en calidad de “Institución Cultural Argentina del Año”, el apoyo unánime y generoso de medios, empresas e instituciones, y el hecho indiscutido de que el CCE.C está presente en Córdoba más allá de lo cultural, propiciando debates, adhesiones y tensiones, dan prueba de ello.

Diez Años en Imágenes trata de reunir más que imágenes. Trata de develar las fuerzas ocultas a las que se refiere Zizek, el alma propiamente dicha de la casa.-

Pancho Marchiaro. Subdirector.

(1) Zizek, Slavoj, Lacrimae Rerum – Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio. 2005.