martes, 29 de diciembre de 2009

Nada para ver en Invisible


Cada vez que termino un libro extraigo de ese ejemplar algunas notas que deposito cuidadosamente en mi computadora con la intención, dentro de un tiempo impreciso y fluvial, de recurrir a ellas para ilustrar alguna imagen propia con una mano ajena. El libro Invisible de Paul Auster (uno de mis autores preferidos, lo digo sin avergonzarme) está sobre mi falda y mientras giro la cabeza como si se tratara de un ejercicio de relajación cervical, calculo cuantos libros he leído de él. No consigo un número concreto. Pero sí puedo determinar que, a mi espalda, en la biblioteca tengo doce, todos editados por Anagrama. Esta circunstancia casual posiciona a Invisible con un indeseable número trece, y la profecía está cumplida: esta novela que ha dividido la crítica entre los que la consideran genial y los que les parece lo peor de lo peor, lleva le número maldito. El propio autor se inscribe en el primer bando, aunque seguramente lo hace por contrato. Mientras tanto, el autor de estas líneas se siente más cómodo en el segundo bando.

Sin dudas hecho en falta esa poética austeriana tan urbana y brookliniano que, como la mejores de Woody Allen, hace de la lectura brumosa un placer también presente en guasos como Pamuk.

Invisible abandona ese placer propio de la cerveza espumosa y compleja para transformarse en alguna variante de una ginebra que rasguña la garganta. Aunque nadie se puede considerar bebedor sin una buena curda de ginebra, pareciera que es otro Auster él que mete el dedo en el incesto sin la elegancia de aquellos polvos que nos supo regalar en mejores tiempos encuadernados con el sello A. París, la ciudad que nació escrita y tatuada en la buena literatura, pasa inadvertida en un texto que ha perdido toda el entramado que los lectores de pablito valoramos tanto al destejer sus libros. Y eso es imperdonable. Ojalá que el próximo, ya en las tripas de la industria editorial, nos devuelva esa cadencia de coincidencias a las que nos tiene acostumbrados el azar austeriano.-

lunes, 28 de diciembre de 2009

Bienvenidos a lo desconocido por todos conocido

París, 9 de Abril de 1860. Édouard-Léon Scott de Martinville, imprentero de profesión e inventor de pasatiempo, ha tenido un día excitante. Después de tres años de trabajo, ha conseguido registrar en un soporte diez segundos de la canción Au Clair de la Lune. Édouard (achiquémosle sensiblemente el nombre) ha inventado el primer sistema para registrar audio de la historia de la humanidad y aunque él no disfrutará de grandes beneficios por su patente, y de hecho no alcanzará a escuchar jamás las grabaciones de su autofonógrafo -moriría en 1879-, se ha inmortalizado junto a Niépce que entre 1816 y 1826 había realizado las primeras fotografías, o los Lumiere que en 1895 hicieran la primera exhibición cinematográfica. Con la proeza de los Lumiere se apagaba la incandescencia del inventivo Siglo XIX y terminaba una forma de relacionarse con las creaciones. A partir de entonces, acceder a la creatividad, al arte, al mundo, no exigiría desplazarse hasta el creador, sino que iría allí donde haya interés. Desde entonces, autores y espectadores transitarían un nuevo camino de creación y consumo que no ha parado de simplificar y difundir sus propuestas intelectuales.

No es necesario recordar lo difícil y costoso que era escuchar música en tiempos de Édouard, o tener un retrato en tiempos de Nipce o Daguerre, además de los costos imposibles para casi todos los segmentos sociales. En poco más de un siglo, desde finales del XIX hasta comienzos del SXXI, “las nuevas y viejas discusiones” como plantea Barbieri en la introducción, tienen una vigencia urgente debido a la vertiginosa apropiación que la población está haciendo de estas prácticas culturales. Por añadidura, surgen numeroso debates que se entroncan a lo que muchos años más tarde se llamaría consumo cultural: la cotidiana presencia de las creaciones en teléfonos, plasmas, invadiéndonos; las dinámicas globalizadoras, homogenizadoras, o como se las quiera llamar; los cambios intergeneracionales en la manera de vivir, trabajar, descansar, comer o simplemente disfrutar; la exorbitante disponibilidad de información; o la imposibilidad de escapar a esta realidad envolvente.

Debido a lo actual de los temas abordados y lo interesante de los artefactos intelectuales puesto en funcionamiento por cada uno de los autores, el carácter iberoamericano de las problemáticas y procedencias, y cierta convergencia alrededor del binomio “cultura y sociedad contemporáneas”, el equipo del Centro Cultural España. Córdoba celebra con entusiasmo la edición de estas reflexiones tan vinculadas a sus programas y actividades, en el marco de una iniciativa con el Centro Cultural España en Lima y que ha sumado la colaboración de los Centros Culturales Españoles en Santiago de Chile y Sao Paulo.-

Pancho Marchiaro. Director del Centro Cultural España. Córdoba.Córdoba, Noviembre de 2009

domingo, 13 de diciembre de 2009

Izquierdos culturales

(Publicado en la Revista Escenario de la Fundación del Teatro San Martín, diciembre de 2009)

Lo que en realidad decidí es no escribir esta columna. Es que la nota de Franco Rizzi está demasiado bien: con datos estadísticos, antecedentes, y sentido común. Además de pedirles disculpas a la editora de esta publicación, pensé en pegar un link de la OEI (oei.es/cultura/derechos_humanos.htm). Y listo, Chau. ¿Qué agregar, si además de las propuestas de Rizzi, en el portal de la OEI están las magníficas notas de Hugo Achugar, Jesús Prieto de Pedro, o Janusz Symonides? Prácticamente nada.

Sí valdría la pena, pero a esta altura ya no se si las editoras aceptarán mi columna, mencionar que hay una evidente emergencia del tema derechos culturales, y no está clara la causa.
En todo caso, pareciera ser que las necesidades de valorar lo humano de la humanidad, asentadas en 1948, y que luego fueran eje de infinitas reinvindicaciones a lo largo y ancho del mundo, incluyendo nuestro solar argento -tribu en la cual se llegó a confundir DDHH con izquierda, comunismo, o andá-a-saber-que- se ha trasladado al campo cultural.
Tal vez hemos dejado de vivir en la calle, en el espacio público, para trasladar a la humanidad toda (y sus conflictos, lógicamente) a la virtualidad, lo comunicacional y la información como una nueva forma de relacionarnos. Vivir en la globalidad, inmersos en un baño turco de multiculturalidad, es un desafío de identidad e intimidad que ha destapado la olla a presión de los derechos culturales eclipsando, por momentos los propios debates sobre los DDHH.

Cabe recordar que esta idea de “los derechos culturales como derechos humanos” fue el título de una reunión de la UNESCO en París del ´68, hecha libro bajo el mismo título poco después, y –no es necesario recordar- que entonces los malos eran de carne y hueso, y la batalla se libraba en la vereda, a trompadas o tiros. Ahora tenemos la sensación de enfrentarnos a La Matrix -que en lugar de estar compuesta por estados y dictadores, como la segunda mitad del SXX, está diseñada por megacorporaciones -con presupuestos más grandes que países- y anónimos ratones (podría decirse mouses) como adversarios. La necesidad de ejercer nuestros derechos culturales está, por consiguiente, en tiempos de una angustiosa actualidad y una circulación discursiva de doble sentido. Por un lado debemos evitar el suicidio de volvernos radicantes, como propone Bourriaud, rizomáticos, como señala Deleuze, o sencillamente peces globales sin tener garantizado -pero en serio- que la promesa del viaje hacia el progreso incluya una cantidad razonable de opciones y algún recurso de identidad, como para poder volver de ese viaje. Por otro lado, una vez navegantes o náufragos de la mundialización, los derechos culturales adquirirán otra realidad muy concreta ya que “el acceso a la información”, estando online, tiene un dimensión más problemática.
La garantía de la “correspondencia privada”, por ejemplo, que históricamente nos remitió a una imagen imaginaria de Fidel leyendo a hurtadillas las postales de Hilda Molina, hoy tiene otra talla si tenemos en cuenta que gmail me ofrece vacaciones en Brasil si un correo recibido dice veraneo en alguna línea. Gmail me lee la correspondencia. Tampoco es secreto que alguien no me está dando mis “partes del progreso científico y sus beneficios”. Es más, algunas empresas me dicen que mis propias fotos les pertenecen por estar en un álbum de su plataforma (como si Canon me reclamara las fotos tomadas con mi/¿su? cámara), pero esas mismas empresa me recuerdan que el software que yo compré, en realidad me lo prestaron. Un ejemplo fantástico -pero muy real- e irónicamente coherente sucedió en Agosto con la obra literaria 1984 de Orwell que fue borrada de manera remota y compulsiva de todos los Kindles que la hubieran comprado, por un problema de la empresa. Es como si Rubén (de Rubén Libros) pasase por mi casa y se llevase un libro que nos vendió sin que podamos hacer nada.
Si en 1968 los derechos culturales eran los que son y aun no hemos logrado demasiado, no quiero imaginarme que pasará con estos nuevos izquierdos culturales que viene a sumar complejidad y profundidad a su debate.-

(La idea de izquierdos de autor, para referirse a los derechos de autor registrados de formas alternativas fue acuñada por el gurú del software libre, Richard Stallman -quien no creo que me reclame copyrights-, pero vale la referencia.)

viernes, 4 de diciembre de 2009

Un Puente para Cada uno

(Publicado por La Voz del Interior en su sección de Opinión, 4/12/2009)

Encontrás un trébol de cuatro hojas. Ves pasar una estrella fugaz. Vacías el monedero en la fuente del Buen Pastor o levantás una herradura hirviente del asfalto. Todo para pedir un deseo: Querés estar mejor, que pase algo nuevo, algo excepcional. Muchas personas con discapacidades, aquí en Córdoba, sin amuletos ni supersticiones desean algo más sencillo y elemental, quieren ser como vos. Antes de tirar la moneda, anhelan llegar a la fuente del Buen Pastor por una rampa, se sentirían felices de poder circular por unas veredas que no tengan los obstáculos para ciegos que todos vemos a diario, y rezan para que las construcciones dejen de discriminar obscenamente a los transeúntes incapaces de hacer demostraciones olímpicas de salto en alto. Otros sólo querrían saber cuando el semáforo esta en rojo por su pitido, o simplemente tomarse el colectivo para ir a trabajar.

A partir de la decisión tomada por Naciones Unidas en 1983, y ratificada en la Argentina por el Congreso Nacional con la ley 25.346 del año 2000, cada 3 de Diciembre es una invitación a reflexionar sobre la problemática de las personas con discapacidades, su lucha permanente y el lugar que cada uno de nosotros, ciudadanos, queremos tener en esa batalla. Sabemos que el estado, gobernado por nuestros representantes, no hace lo que debería. Pero nosotros en cada esquina, en nuestra vereda, en nuestro lugar de trabajo ¿hacemos algo?

Cuenta Paul Auster en Fantasmas, su novela policial más metafísica, que Washington Roebling era el ingeniero en jefe encargado del puente de Brooklyn. Había sufrido una aeroembolía, dolencia que le impedía salir del elevado piso en el que vivía con su esposa. Sin embargo, desde ese departamento y con un telescopio como herramienta, supervisaba ininterrumpidamente toda la construcción del puente enviando cada día a su compañera con gráficos para los obreros. Éstos en general no hablaban inglés, pero usaban sus dibujos para ejecutar todas las obras. El puente, según Auster, existió siempre en la cabeza de Roebling, quien lo construyó pero no lo piso jamás. Córdoba, esta hermosa ciudad en la que vivimos, tiene muchos Roeblings imaginándose una mejor calidad de vida, luchando por concretar esta obra tan sencilla que es un urbanismo más accesible, y con una ventaja enorme: a diferencia del personaje literario, lo están haciendo desde la calle.


A la maestra con amor

Debo decir que en mi caso no encontré el trébol de cuatro hojas, sino que tuve mucha más suerte: a todo me lo enseñó Verónica Vanadía, la activista y artivista abocada a temas de accesibilidad que tenía una ciudad de Córdoba mejor en su cabeza. Pero la semana pasada un derrame interrumpió su trabajo. Tenía 35 años y su tarea de hacer más justo y bonito este lugar en el mundo se detuvo.

Estábamos ocupados despidiéndola en Minolli cuando muchos de los asistentes que habían llegado con gran esfuerzo, debieron quedarse fuera debido a los escalones del ingreso y la incapacidad de los propietarios para ayudar. La presentación por escrito se redactó en el acto y está firmada con lágrimas y rúbricas por igual. Incluía un puente de Brooklyn por persona. Si no pueden verlos es porque todavía están ciegos.-


martes, 10 de noviembre de 2009

El Rasgueo de la Tradición


(Publicado en la sección de opinión de La Voz del Interior, el 10/11/2009)

El 10 de Noviembre es considerado el día de la tradición, un día del almanaque situado donde hacen esquina tradición y nación. Como muchas otras esquinas, no está libre de choques.

Un morocho bastante grandote maneja la moto con una sola mano. Tal vez por el pelo largo, desde lejos parece ser un heavy, un metalero, pero al acercarse deja ver una remera de Bob Marley y un celular entre la otra mano y la oreja. Ya cuando pasa, a su espalda, sobresale un bombo legüero que le otorga un aspecto caracoliano porque probablemente una parte del grandote habita en ese bombo. Su indumentaria se completa con bombachas y alpargatas. Su aspecto es tan heterogéneo como el repertorio que le regalará durante horas al cielo de Salsipuedes, la capital mundial de las noches largas y estrelladas. Tal vez no lo sepa, pero hoy 10 de noviembre su moto cruza -imprudentemente por cierto- la ciudad hacia ese punto de tensión borgiana que es el día de la tradición, decantación de toda la estética gauchesca sedimentada por el Martín Fierro de Hernández.

El traductor de la tradición

José Hernández nació un 10 de Noviembre de 1834, hace 175 años, fecha causal del día de la tradición. Bonaerense de nacimiento y muerte, vivió en el campo desde su infancia. Allí vivenció la realidad y los símbolos que gauchos y aborígenes tendían entre sí como un alambrado que perfilaba los bordes de la Argentina. Una Argentina que, en rigor de verdad, les ignoraba y se consideraba a sí misma una ciudad cosmopolita y, en todo caso, sus añadiduras.

Como buen intelectual del siglo XIX su vida fue un itinerario por el periodismo, la literatura y la política. Cada una de estas actividades le obligó a exiliarse en distintas ocasiones hasta que la amnistía de 1872 le dio la posibilidad de volver al país de la escritura desde donde editaría, en diciembre de ese año, “El gaucho Martín Fierro”. Ese libro emblemático es considerado el himno / novela / poema culminante de la literatura gauchesca y el sentimiento folclórico argentino. Entre otras obras, Hernández editó hace 130 años, en 1879 (conste en actas: 2009 incluye dos efemérides redondas) la continuación del poema gauchesco llamado “La vuelta del Martín Fierro”, de carácter menos reivindicativo. Sus últimas palabras, en 1881, fueron “Buenos Aires, Buenos Aires...”

Sobre el Martín Fierro hay acuerdo histórico en que no hubo un gaucho en particular cuya historia constituya el relato del libro, aunque sí parece probable que alguien llamado así haya tenido contacto con el autor en la zona donde hoy es Mar del Plata. Técnicamente rebelde, este gaucho protagoniza una historia errante y nómade de ribetes épicos y reflexiones sobre la exclusión y el desprecio del que es víctima él y todo un pueblo, una nación interior, la otra Argentina. Se ha editado en infinidad de formatos e idiomas, incluyendo el quichua, y sólo Borges pudo mandar al rincón a una obra tan brava.

Ernest Renan, historiador francés contemporáneo de Hernández decía que lengua, religión, intereses comunes y geografía eran algunos factores relevantes para sostener la unidad nacional. Luego agregaba

que las naciones no son eternas, que todas han tenido un comienzo y un final, y que cada nación puede definirse con un plebiscito diario. ¿Cómo votaría el conductor de la moto?

El día de la tradición, con su carácter imprescindible y cierto tufo nacionalista que rigurosamente le acompaña, sigue siendo una forma de hacer evidente los contrastes, inclusive personales, de este boceto de país tan confuso que sigue debatiéndose entre progreso (debería llevar mayúsculas) y tradición, identidad (también) y globalización. A diferencia de los xenófobos enfundados en carpincho, o esos chicos falsos rappers calcados de la MTV que surcan los caminos desterritorializados, esta incongruencia puede ser una bella nacionalidad en la que creer abyectamente.


sábado, 24 de octubre de 2009

Las pantallas dicen Warhol otra vez

(Publicado en la sección de Cultura de La Voz del Interior en su edición del 24 de Octubre de 2009)


La exposición Andy Warhol, Mr América
Abierta el 23 de Octubre y hasta Febrero de 2010. Museo MALBA / Fundación Constantini, Av. Figueroa Alcorta 3415, Buenos Aires. De miércoles a lunes, de 12 a 20. Entrada General $15, docentes y jubilados $ 8, y estudiantes $ 5. Se trata de una muestra itinerante que ha arrasado en Bogota y, pasada la Capital Federal, seguirá viaje rumbo a San Pablo. La integran 26 pinturas, 58 gravados, 39 fotografías y dos instalaciones, todo proveniente del Museo Andy Warhol de Pittsburgh. Es la muestra más grande del artista pop que jamás haya pisado estas tierras. Además de la exhibición esta previsto proyectar un completo ciclo de cine en Enero, hacer una serie de actividades para niños y diversas actividades paralelas. Bonitos catálogos desde $65.

Todos somos Warhol
La muestra arranca con toda la artillería. Varias pre-inauguraciones y una conferencia de prensa. Allí el curador y el director del Museo Warhol, Thomas Sokolowski, lanzaron un par de conceptos contundentes: Obama es warholiano (obviamente no se llega a presidente de EEUU sin serlo); el límite entre lo público y lo privado se borró con una goma gigante desde la Factory; y Youtube y los realities son la profundización de la filosofía de Andy, quien sin dudas fue el primer Simpson. Él fundó esa línea de pensamiento, esa representación de la psiquis yanqui cuyas piezas son el imaginario de los trabajadores. Él que era un “trabajador más” (por eso factory en lugar de atelier) que triunfó arrastrando su homosexualidad, y toda su inseguridad física, hasta hacer de sí mismo un personaje perpetuo. Enarbolando su peluca plateada siempre prefería conceptos ajenos a las elites, por ejemplo el mismísimo dinero (como los trabajadores norteamericanos). Tal vez por eso fue el primer artista marketinero, y a mucha honra. Ambos especialistas coincidieron en el interés que Perón y Evita hubieran ejercido sobre el artista, sensible a los símbolos, la fama, y lo popular.

El artista
Nacido bajo el monstruoso nombre de Andrew Warhola (1928 / 1987) fue hijo de inmigrantes austrohúngaros. Conoció la estrechez en un hogar familiar construido en la gran depresión. Su salud siempre fue delicada, y en una ocasión sufrió una afección en el sistema nervioso, la que le generó problemas de pigmentación y una obsesiva hipocondría condimentada con una sensación de fealdad irremediable. Con un don creativo prematuro, decidió estudiar “artes comerciales” y rápidamente se transformó en un ilustrador publicitario de referencia. En 1962, ya instalado en NY, se lanza de lleno al arte y monta su debut expositivo en la Stable Gallery, con obras que recorrerían toda su producción como un díptico de Marilyn, las latas Campbell, dólares, y algunas botellas de Coca-Cola. Nacía una nueva estrella mientras Pollock y compañía veían eclipsar su fama. Su técnica era la serigrafía e incluía la utilización de colores planos y potentes. Las obras eran íconos de la cultura norteamericana -que aceleraba su proceso de mundializaba- como Elvis Presley y Elizabeth Taylor o representaciones como sillas eléctricas o criminales. Era actualidad, noticia y deseo. En 1965 se concentra en el cine -piezas que hoy serían consideradas video-arte -y que lo vuelven un precurso a la hora de apropiarse artísticamente de la tecnología. En 1968 recibe seis disparos de un miembro del grupo (sin lugar a dudas separatista). Se salva milagrosamente. Recuperado e iniciados los setentas decide volver a la plástica nadando en la fama. Una infinidad de famosos le hacen encargos, pero se hace tiempo para obras como el Mao de 1972, o nada menos que fundar Interview. Ya en los 80s vuelve a la pintura, a veces en colaboración. En 1987, es internado para operarse de la vesícula. Una operación rutinaria de la inicialmente se recupera, pero una complicación le mata a los pocos días, en 1987.

El curador
Philip Larrat-Smith (1979) es el curador de la muestra y la estrella de las inauguraciones del Malba. Canadiense de nacimiento y con un peinado, por lo menos llamativo, encuadra en el modelo de curador joven y exitoso que debe tener un iphone reventando de mails. Grandes gafas oscuras para un tipo que ha gestionado unas exposiciones antológicas de Louise Bourgeois y Robert Mapplethorpe en el Centro Wilfredo Lam, de Cuba. Sin embrago no consiguió las autorizaciones necesarias para que Warhol llegara a Cuba. Andy sigue siendo difícil. Como respuesta comenzó a agitar el continente y además ya tiene pasaje de vuelta a Buenos Aires, con una retrospectiva de Bourgeois debajo del brazo, en 2010. Ha empezar a ahorrar para el catálogo.

Recorriendo el Malba
La forma adecuada de recorrer la muestra es empezando por el piso superior, el segundo, y -como espectador- eres recibido por un Tío Sam decrépito, registrado en una polaroid de 1981 que pone las cosas en claro: Estados Unidos, tal como lo conocemos no es un país, es una invención de Andy Warhol. El Uncle Sam está secundado por un autoretrato travestido del propio artista que sostiene la angustia y humanidad exhibida en las otras polaroids dispuestas a manera de antipasto para los ansiosos visitantes. Lo próximo que ves es una sala íntegramente dedicada a variaciones sobre “las latas” montadas en un estante. Una museografía atrevida. El tabicado de este piso es un tanto laberíntico para los montajes a los que te tiene acostumbrado el Malba, pero en la sala siguiente además de varias obras importantes se le ha otorgado protagonismo a la proyección de la pieza “Imperio” (originalmente en 16mm). La sala siguiente ofrece cuatro sillas eléctricas en diferentes tonos, y cuando crees que ya estás extasiado, aparecen nueve Marilyns que comparten espacio con las “silver clouds”. Todo es brillo y excitación, será por eso que allí se instaló –literalmente- Marta Minujín toda la noche de la preinauguración. Una delicia para los privilegiados asistentes. La sala siguiente esta vestida con un empapelado de toros que vibra como un tema de los Velvet Underground. Sobre este fondo comparecen las conmocionates Mao (1972), Cruz (1982), y Lenin (1987). Antes de despedirte de ese piso, te ofrecerán un blowjob (“mamada” según el propio museo), una pieza proyectada que movilizó bastante a las señoras paquetas, y un Marlon Brando motoquero extraído de El salvaje, sobre lino. Warhol te saluda personalmente cuando salís de ese piso, con un autoretrato embanderado de 1986. Todo un emblema.
El primer piso, como una suerte de espacio documental, tiene una galaxia de “supernovas”: decenas de fotografías en pequeño formato, tres plasmas y una gran proyección para ilustraran el estrellato warholiano: Yoko y John, Stallone, Schwarzenegger, Truman Capote disfrazado de duende y abrazo a un Andy pasadísimo (vestido de Papá Noel), Liza Minelli, Basquiat, Carolina Herrera y muchas otras estrellas que explotaron porque no podían seguir brillando tanto en ese circo de freaks y celebridades que rodeaba al artista.
Todas las obras están en un estado maravilloso y la iluminación no pude ser más adecuada, técnicamente es una muestra perfecta e insuperable. Una telenovela rodada de manera exacta para que el desesperado anhelo de trascendencia de Warrhol inunde Argentina, siempre en foco.

¡Todos son famosos!
La muestra se completa en la tienda donde podés adquirir un sinfín de souvenirs e inclusive sumergirte en una cabina de fotos instantáneas para que, auspiciante de por medio, cumplas tu sueño del Warhol propio. Luego, en la vereda y con la inauguración en pleno total, el colectivo Lache Rock parodiaba la muestra ofreciendo otros 15 minutos de fama a cambio de que te enteres de su nuevo disco. Una estrategia que ya habían implementado en el ARTEBA de este año.-

jueves, 22 de octubre de 2009

El perfume del punto sin retorno

-Publicado originalmente en La Voz del Interior, en el suplemento de cultura del 22710/2009-
(Sobre Radicante, de Nicolás Bourriaud)

Este tercer ensayo del autor francés llega a nuestra lengua envuelto en una estela de polémica. Con sus anteriores títulos sobre teoría del arte y la cultura, Estética relacional (de 1998, publicado en AH en 2006), y su posterior Postproducción (AH, 2004) el cocoreo ya había sido unánime. Sin embargo Radicante es su obra más irritante porque se dirige al corazón de la tolerancia y la multiculturalidad con una lectura completamente nueva de esta globalización todavía ambivalente. Como si todo el contenido fuera liviano, y muy a pesar de una generación de teóricos sáuricos que se niegan a cederle el asiento a quienes ya llegaron, en su prólogo se atreve a decir que Radicante, más que un libro, es una presentación de powerpoint. Imaginen a los dinosaurios en la cama.


Preparen, apunten ¡fuego!

Esta presentación powerpoint tiene tres partes: la teoría del pensamiento radicante; los casos prácticos -léase obras visuales recientes que ilustran su propuesta teórica-; y por último una reflexión sobre el desarrollo invasivo y desordenado del modelo en la producción, utilización y consumo de la cultura.

La primera sección contiene los aspectos más jugosos y polémicos del libro. Escrito desde una “post-historia que sólo es el software del post-modernismo”, el autor se lanza hacia un afuera que en su caso son hoteles, pero que se expande hacia todos los inmigrantes (cools o famélicos), en busca de una nueva realidad uniformizante. En ese contexto define los híbridos como culturas más o menos genuinas implantadas en un tronco único para darle un perfume exótico y sintético. Hablando de árboles, también echa por tierra al opuesto, esas estructuras flexibles y tramas no jerárquicas llamadas rizomas. El radicante, entonces, es un creador del SXXI que no es radical porque no tiene raíz que le ancle. Por el contrario es “un precipitado cultural”, e integra una nación de artistas e intelectuales nómades que comparten la identidad transitiva, el hablar políglota y un exclusivo arraigo al errático camino de la mundialización.

En esa postura de “altermodernidad”, y tal vez demasiado embalado, Bourriaud comente el peor pecado cuando ataca el último bastión postmoderno conocido como “la dimensión crítica”. Si algo no se puede criticar, justamente es el carácter crítico, moramente diverso, o militante de gran parte del arte contemporáneo. Borriaud atraviesa el punto sin retorno cuando plantea que la pobreza estética, impuesta con tanto trabajo de críticos y curadores, suele esmerilarse con buenas intenciones discursivas. Mucho más adelante, frente a tiempos de “combustión rápida y abundancia energética” ofrece un análisis borgiano extraído de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento que tiene un tiempo y un espacio que se pueden recorrer en ambos sentidos. Propone que los creadores son viajeros acarreando pedazos de esas dimensiones, de un sitio a otro, describiendo un itinerario con la misma aleatoriedad del jazmín de jardín, y su perfume, al invadir nuestros días de primavera postmoderna.

Editado en 2009 y publicado por Adriana Hidalgo Editora ($49)

Sobre el autor: Considerado por una parte de la crítica como un renovador de la teoría del arte y la cultura, así como resistido por astuto y oportunista, Nicolás Bourriaud nació en Francia en 1965. Fue director del reconocido Palais de Tokyo, y fundador de la revista Documents sur l´art dicularie. Como curador dirigió la Bienal de Lyon, representó a Francia en la Bienal veneciana de 1990 y actualmente dirige el Tate Britain de Londres.

La hiedra (Hedera helix), ejemplo perfecto de organismo radicante, está definida como una planta trepadora de numerosas raíces adventicias por medio de las cuales se sujeta a piedras, paredes y troncos. De hojas coriáceas y lustrosas y flores agrupadas en umbelas, no es una planta parásita aunque su denso follaje, cuando está orientado al norte, puede ahogar un árbol.-


miércoles, 7 de octubre de 2009

La cultura, un derecho humano demorado más de 60 años

(Publicado por La Voz del Interior, en la sección de opinión, el 07/10/2009)

El 8 y 9 de Octubre se celebra en Río Ceballos el evento Proyecto 27. Dos jornadas destinadas a reflexionar sobre los derechos culturales como Derechos Humanos. Retoma lo dispuesto en el artículo número 27 de la Declaración Universal de 1948 “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad...

De todos los DDHH, la categoría de los llamados “derechos culturales” es la más olvidada. En más de sesenta años la sociedad sumó esfuerzos para propulsar cambios significativos en campos como la salud, la educación, la paz, o las condiciones laborales, conquistando numerosos bastiones. Existen saldos pendientes en muchos ámbitos, pero de la postguerra a esta parte, los avances son innegables.
Sin embargo, los derechos culturales son considerados por algunos teóricos como una categoría subdesarrollada de los derechos humanos, mientras que otros más optimistas se refieren a éstos como en vías de desarrollo (un metáfora traumática para un país -casi- sin trenes). Lo cierto es que en este ámbito se incluyen potestades cuya vigencia crece aceleradamente: acceso a la información, autoría, expresividad, globalización, pueblos originarios, libertad de expresión, etc. Con ese escenario, en el siglo XXI todos somos culturalmente especiales, porque bajamos música online, porque nos gusta la ópera, porque tenemos un hijo flogger, o porque disfrutamos del Cineclub Municipal.
La discusión sobre el carácter medular de la cultura y las artes, en una realidad de tantas falencias como la cordobesa, es realmente importante. Empezando porque la cultura, es la característica que hace y diferencia al ser humano como tal: sólo el hombre construye y accede a conjuntos de bienes y símbolos que son lo cultural, y que componen dos necesidades imprescindibles: tradición y progreso. En términos globales, hoy también podríamos decir, identidad y diversidad.

¿Para qué cultura?
Todos, hasta los menos informados, tenemos presente que los hospitales deben ser dignos, y que la posibilidad de una educación pública y de calidad es una batalla a muerte. Así, si el hospital no atiende un día, los noticieros deberán hacer notas; el máximo funcionario del área salud deberá dar explicaciones satisfactorias esa misma tarde y, de prolongarse el conflicto, rodarán las cabezas.
De igual forma, si el transporte público no funciona adecuadamente, la furia ciudadana no demorará. Pero si un teatro no ofrece una temporada lírica importante por un conflicto gremial, o si un museo no abre sus puertas en un horario prudente por falta de recursos, difícilmente alguien se indigne en la sede del gobierno. Inclusive llegamos a tener autoridades que exhibieron la falta de inversión en cultura como una virtud. Pareciera suponerse, por parte de algunos políticos, que el acceso a la cultura es una posibilidad superflua y banal, para artistas excéntricos o señoras de rodete y tapado de visón. Es más: si el mar blanco de alumnos primarios, que bulliciosamente visita un museo, no concreta este tipo de actividades (como sí lo hacen a diario en el Museo Palacio Ferreyra) nadie se alarmaría demasiado.
El resultado va más allá de la ignorancia, la desinformación, y la tinellización de la sociedad. En la población crece un cáncer social con sede en el intelecto y ramificaciones en la creatividad. Se trata de una enfermedad fulminante, que empeora mientras menos recursos tengan los damnificados. Si además del abandono público, papá y mama no tienen dinero, o tiempo, (problemas generalmente conexos) para poner unos cds en el estéreo hogareño, es probable que los niños de ese núcleo familiar sufran la amputación de la música. O, sí en casa no hay un sólo cuadro, ni biblioteca alguna (un problema que va mucho más allá de la condición económica de la familia) esos niños desconocerán la lectura, luego el libro. O la asociarán exclusivamente al estudio, quedando mutilada para siempre la lectura por placer de sus vidas. Y la imaginación se retraerá.
El resultado son ciudadanos cada vez más deshilachados como personas, más robotizados en un aparato -con suerte- laboral, y una sociedad próxima a naufragar por falta de elementos imaginarios, abstractos y colectivos que la construyan y sujeten.
La cultura, su calidad y variedad, se degrada o reconstruye lentamente, y hoy este proceso tiene lugar ante la indiferencia de muchos actores de la sociedad, y la complicidad de los espacios de poder. Tratándose de una pérdida por goteo solo se percibe cuando el asunto reviste mucha gravedad.
Es fundamental difundir el derecho universal a acceder y generar cultura, así como reclamar a estados, medios e instituciones, una vida cultural intensa, heterogénea, divertida -por supuesto- y destinada a todos los sectores de la sociedad, con igual trascendencia pública que lo concerniente a la salud, la educación, o el trasporte. Porque la cultura es la salud de la sociedad, y es el órgano con el que se está escribiendo el futuro.-
[Texto completo de la D.U. de los Ds Hs en http://www.un.org/es/ ]

miércoles, 23 de septiembre de 2009

El tamaño importa

(Publicado como prólogo del libro Hídrido y Puro, editado en 09/2009 por el CCE.C)

Estudios recientes indican que el Titanic chocó contra un iceberg, entre otras cuestiones, porque los vigías no disponían de prismáticos. Aunque todos los marineros del mundo saben que esos rolitos gigantes exhiben sólo su séptima parte, en esa noche cerrada de abril de 1912, los responsables del barco vieron el monstruo de hielo cara a cara, tan cerca y con tan poco margen de maniobra, que no pudieron evitar hundirse en uno de los grandes hitos de la historia.

De forma mucho menos trágica, y gracias a los prismáticos institucionales, desde la cabina del Centro Cultural España. Córdoba se podía observar -probablemente debido a la claridad de la noche cordobesa- como se incrementaba la figura del curador en la actividad artística. Se trataba de un especialista cuya praxis tenía contornos indefinidos, pero estimábamos que debajo de su emergencia estaba sumergido un importante cúmulo de interrogantes y certezas en relación a sus prácticas en los procesos del arte contemporáneo.

Con esta sensación, en 2008 pusimos los motores a toda marcha hacia el tema, y gracias a las coordinadas provistas por Andrea Ruiz -quien ejercía una extraña tarea consistente en curar los curadores que compondrían la propuesta-, pudimos observar que había una enormidad de debates posibles.

Debido a la dimensión del tema, se diseñó una maniobra compuesta por una serie de actividades articuladas: instancias de formación práctica tendientes a aportar herramientas para nuevos curadores locales; un concurso abierto de proyectos para actores cuyo abordaje debería ser una lectura de los últimos diez años de arte cordobés; y una serie de encuentros con referentes iberoamericanos para debatir los aspectos más conceptuales del hacer.

Esta publicación parece pequeña para resumir la magnitud que tuvo el proyecto, o la profundidad que representa cada uno de los aportes de los especialistas. Sin embargo, la verdadera proporción de este material -y de todo el proyecto Híbrido y Puro: Prácticas curatoriales en el arte contemporáneo- quedará definida por su reverberancia cuando estas literalizaciones inicien su nuevo recorrido impreso, y sean el disparador de discusiones, investigaciones y gestiones. Porque el esfuerzo de un nuevo libro sólo tiene sentido si de el nace, al menos, un proyecto por lector. Llegue o no a buen puerto, lo importante siempre será contar con navegantes que, conscientes del tamaño de los icebergs, sigan dispuestos a zarpar.-


domingo, 20 de septiembre de 2009

Final de recorrido

(Publicado originalmente en el libro Zepol -Variaciones en torno a la desaparición de Jorge Julio López, curado por Iván Ferreyra y editado por Recovecos. 17/09/2009)

Mis sospechas se confirmaron de la peor manera. Atravesaba una masa de polvo densa como el dulce de leche sobrevolaba la canchita de la plaza que dobla en Paso de los Andes haciendo esquina con Laprida, cuando un pelotazo que debería haberme desnucado, me atravesó la cabeza sin la menor obstaculización. Me di vuelta estupefacto y una tropilla de siete pendejos (número insólito para un partido, por cierto) se me vino encima con el mismo resultado: pasaron através mio blandiendo sus ahullidos de centro-delantero barítono, con la ropa tironeda por el viento y algún perro cojo que jugaba de defensa. Pasaron sin el menor inconveniente. Podía sentir el sabor rojizo de la tierra que les escoltaba, haciendo de mi garganta un cenicero, pero no podía retenerla. Había desaparecido definitivamente. Todo empezó hace más de un año, cuando noté que casi no se me escuchaba. Decía cosas que nadie parecía entender o atender, y para ser tenido en cuenta, sobretodo en un evento social, tenía que gritar. Pero nunca me gustó gritar, menos en un casamiento o en un restorán, pero la combinación del fondo musical y varias personas juntas me excluían automáticamente. Siempre quedaba afuera, a tal punto que llegué a detectar muchas personas con caspa, de tanto mirar espaldas.

Ahora que pretendo hacer mi propia historigrafía de forma más seria, creo que las telemárketers fueron mis primeras homicidas: el teléfono sonaba y les decía no quería algo que me ofrecían, pero no conseguía que me escucharan. Si llamaba a una empresa, por ejemplo de telefonía celular, generalmente mis reclamos iban desapareciendo conmigo, mis pagos no eran computados y mis quejas se extraviaban en alguno de los patíbulos laterales al purgatorio.

Una de las metástasis más dolorosas de esta enfermedad evanescente fue dejar de pertenecer a ningún grupo o colectivo. Cuando alguien del campo decía que eran el pueblo, yo no estaba -literalmente-, pero tampoco conseguía estar en otro sitio. Si me parecía que la iglesia esta fuera de lugar, que la radio era estridentemente resentida, o que los sindicatos sólo peleaban por cosas que no tenían nada que ver con mi sueldo, o con mi dignidad, la gente -probablemente al tanto de mi dolencia- me gritaba. Y yo no podía hacerme oir. Mi tibiez parecía diluirse en un mundo de violencia: albañiles rompiendolo todo al ritmo de sus celulares, veredas llenas de mierda de perro, y cualquiera metiendo el culo del auto donde podía, aunque yo estuviera parado ahí. Tanto me gritaron, tanto me quedé en silencio, tanto caminé bajo el viento, que mis amigos dejaron de llamarme, mi blog un día no estaba, y esa misma tarde -cuando todavía mis dedos podían prender la pc- noté que ya no estaba en Facebook. No había muro, no había tenido mails, no habia recuerdos, fotos del secundario, o spams con powerpoints machistas enviados por mujeres. Claro, tanto odié todo que me bloquearon. Gracias.

Estoy escribiendo esto en la pared, con un cospel que ya no necesito, después de haber pasado la noche viajando gratis en el E2. Todo un turno sentado junto al chofer, fumigando la ciudad con una ronca serenata negra de gasoil mal quemado. Del Chateau a Barrio Renacimiento y vicerversa, de la noche a la mañana, como un dinosaurio de Charly que se baja en el final del recorrido.-


viernes, 11 de septiembre de 2009

Maestros y Troesmas

(Publicado por la sección de opinión de La Voz del Interior, el 11/9/2009)

Hoy, 11 de Septiembre, día del maestro, debería ser el día de la democracia y para celebrarlo todo el mundo tendría que usar guardapolvos.

Para asistir a la primera clase de la vida debería ser requisito conocer el origen de la palabra maestro. Esta proviene directamente de los romanos, del término latino magistri y que se refería a quienes enseñaban en las casas patricias. Generalmente eran esclavos griegos, más cultos que los propios romanos. Muchos autores consideran que se trata de una palabra compuesta por magis (mas) y ter (contrastativo que se opone a minister, inexperto, aprendiz). Aunque responde a la misma procedencia que magistrado o magistral, términos que conservan la raíz por haber sido actividades destinadas a personas nobles. En cualquier caso, ser maestro era el grado máximo al que podía aspirar todo aquel que no fuera de casta. Enseñar, también tiene una etimología compuesta, pero sobre signare, señalar. Nos habla de indicar el camino y con licencia poética, podría interpretarse como encontrar un camino, un signo. Son sus parientes diseño, asignatura, o significado.

Pasados decenas de siglos, el maestro y la enseñanza, no han variado demasiado. De hecho son los maestros quienes aportan significado a los grandes hitos de la vida. Fue la maestra de primer grado, en 1983, quien nos explicó con gran excitación qué era la democracia, y a fuerza de una semana dibujando en el pizarrón, los alumnos más pequeños del Colegio Mariano Moreno entendimos y comenzamos a poseer la libertad. La maestra de segundo grado me enseño la sensación de estar enamorado (de ella), y así podría seguir año a año, desglosando los principales sustantivos de la vida. En casa me lo explicaban todo, pero sin la excepcional puntería que tenían las maestras al dispararme conceptos en la sien.

La igualdad fue otro concepto que, en un territorio de diversidad, ingresó en mi ideario gracias a la escuela pública. Allí los bancos podían estar ocupados por el hijo de un canillita, o el hijo de un juez, sin que fuera un dato relevante. Tal vez ahora la igualdad no sea como entonces, pero en los ochenta todos veníamos de lugares distintos para estar juntos y de blanco.

Justamente los guardapolvos y su blancura, parecen haber nacido para erradicar la desigualdad y aportar sencillez. Hay un puñado de personas que se adjudican esta idea (Pablo Pizurno o Matilde Figueira de Díaz, entre otros) que nos diferencia de otros países donde se optaron por colores prácticos y oscuros.

La blanca luminiscencia del caso argentino esconde, además de alguna travesura y mucho jabón en polvo, buenas historias: En 1919, gobernando Yrigoyen, se ordenó que quienes no pudieran comprar un guardapolvo, podrían solicitarlo en la cooperadora de la escuela. La prenda para el aprendizaje era un elemento de profundo poder democratizante. Ochenta años después, en 1999, durante la carpa blanca en defensa de la educación pública, los visitantes ilustres que llegaban a ofrecer su solidaridad recibían como símbolo un guardapolvo blanco.

Así como las banderas no se lavan, la mancha roja del guardapolvo que llevaba bordado el nombre de Carlos Fuentealba es indeleble y permanente. Es una herida social que no cicatrizará jamás.

Los troesmas

En Córdoba, una ciudad marcada por su generosa población universitaria, además de maestros tenemos esta especie de docentes, tal vez en extinción. El término troesma supera ampliamente la idea y etimología de maestro. Esta palabra, erradamente vinculada con tetrabrí, tiene su correcta etimología emparentada con sustantivos como totín, gomia o jermu. Todos elementos centrales en la cosmovisión local.

En este caso se hace alusión a una persona que ha dejado de ser un maestro para ascender a una categoría aun mayor, la de los tipos fuera de serie. Ellos son admirados y respetados por igual, y contra la probabilística de la enseñanza, en el caso de los maestros, los troesmas son infalibles. Como el Papa, pero sin celibato.

Un troesma suele haber hecho uno, o varios, hallazgos (por no usar el término milagros) de tal magnitud que es un docente en la vida misma y ya no necesita la formalidad del aula. Su entera existencia ha pasado a ser la de un semidios, a tal punto que generalmente son aludidos con signos de exclamación en frases como ¡qué troesma! Sus alumnos somos todos, porque su ámbito de actuación es la globalidad cordobesa, y dado que no usan guardapolvos es muy difícil saber cuando estamos frente a uno, hasta que exhibe su artillería vivencial. Así como un maestro nos formará lentamente, invitándonos a reflexionar, un troesma es letalmente veloz y nos dejará boquiabiertos.

Ciber maestros

En plena revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, la enseñanza ha roto el paradigma del contacto presencial y a la fecha, es cada vez más virtual. Miles de alumnos, sobre todo de niveles universitarios y de post-grado eligen esta opción en el mundo, y como contra cara, son los alumnos de la enseñanza primaria quienes le exigen cada vez más informatización a sus maestros.

Escuela pública, maestra particular

Como casi todos los argentinos hasta los años noventa, sólo conocimos el abrazo de la educación pública. Y, a diferencia de los cibermaestros, esa educación pública estaba personificada en una mujer grande, de tacos anchos y pollera, con una cabeza coronada por un rodete, y cuya militancia en la causa de la enseñanza le había conferido una presencia mucho más poderosa que la de un soldado, un policía o un juez. Una maestra y su cuerpo desplazaban una onda expansiva de respeto que les confería un poder plenipotenciario. Pido perdón por lo autorreferencial de la ilustración, pero mi abuela Laurita -que era docente pública en varias instituciones como el Carbó, y maestra particular de inglés- me proveyó de la única educación privada que recibí. De hecho fui el último en sentarme frente a frente, en su juego de living (que hoy es mi herencia más preciada), con los libros de inglés sobre la mesa. El mayor inconveniente de mis clases de inglés particulares era que por entonces mi abuela pisaba los 80 años y una fragilidad de memoria que le impedía recordar que clase nos tocaba. La cosa se agravó cuando casi todos los días Martes me ofrecía la misma clase, pero con una solvencia y elegancia tan conmovedora que nunca me atrevía a decirle nada. Es que mi abuela (y como ella, tantas otras personas que leen esta nota mientras una percha sostiene su guardapolvos recién planchado), además de ser una gran maestra, era una troesma.-

domingo, 30 de agosto de 2009

Una ciudad sin barcos

(Columna de opinión publicada por la edición dominical del 31/8/2009 del diario Crítica)

La decisión del Centro Cultural España Córdoba (dependiente de la Red de Centros Culturales de la AECID y de la Municipalidad de Córdoba) de participar del proyecto fluvial Paraná Ra’Angá parece compleja de explicar si el lector se detiene a pensar que el único barco importante que ha tenido la ciudad, más precisamente la provincia, es el mítico anfibio de Carlos Paz. Un aparato de aspecto saurio que transportaba turistas desde el Cucú hasta el corazón del lago en un solo acto de magia. La ausencia de cultura fluvial, con ríos serranos que son arroyos mientras la crecida no los enfade y se transformen en paredes de agua descontrolada, dibuja un escenario interesante para “tirarse al agua” con este proyecto. ¿Por qué? Es de manual de gestión cultural que, si organizamos un festival de danza y asiste poquísimo público, ese proyecto debe ser repetido porque la danza siempre interesará y lo que falta son iniciativas que le den vida al sector. Por cierto que el proyecto va más allá del barco, que es metáfora pura, y en Córdoba sí tenemos mucho del espacio y el tufillo (esto no es una metáfora, en marzo, atravesando el Paraná) que científicos y creadores, referentes y aprendices o expertos en pleno debate, constituyen. Las universidades de Córdoba (cinco, con 170 mil alumnos), que lejos de hacerla más docta la hacen problemática, cuestionadora e indescifrable, todo el tiempo albergan –o deberían– este tipo de encuentros multilaterales e interdisciplinarios. Por otro lado, con una idea tan potente como la de Martín Prieto ¿cómo mantenerse en el margen de una iniciativa que promete ser un espacio de convergencia regional?
Este viaje hacia el progreso, hacia la identidad de una región, hacia la interacción de los saberes puede subrayar cuál es el lugar que Córdoba quiere para sí misma: integrarse regionalmente y mixturar, o seguir recorriendo su abolengo endogámico e incestuoso, porque con el tren de alta velocidad parado, paradigmáticamente el bicentenario sólo podrá ofrecernos el pitido del barco comandado por Graciela Silvestri.-

lunes, 24 de agosto de 2009

El vaso Medio (bastante) vacio

Publicado por la sección de opinión de La Voz del Interior en su edición del 24 de Agosto de 2009

La historia del acceso y la utilización del agua es cultural y guarda relación con muchos de los avances del siglo XX: la humanidad luchó denodadamente por conseguirlos durante un parte importante del centurio; y luego los dilapidamos. Pero los culpables no sólo son grandes empresas, políticos, o grupos de poder. Cada día nosotros, los ciudadanos insignificantes de esta y cualquier ciudad, descuidamos un recurso considerado el más estratégico del siglo.


Puesto a establecer si el vaso está medio lleno, o medio vacío, a pesar del optimismo que nos caracteriza como cordobeses, en el caso de la problemática del agua (perfectamente podría decirse las problemáticas ya que confluyen en la canilla varias cuestiones como la potabilidad, la disponibilidad, o la reserva futura) debemos desconfiar del vaso supuestamente “medio lleno”. Sin embargo, tal vez lo más preocupante del asunto es que, si llueve entre la noche que tomó redactar esta columna de opinión y la mañana de su publicación en La Voz del Interior, tal vez nunca llegue a ser impresa. El agua es noticia cuando pareciera que se va a acabar, pero nunca porque se va a acabar.


Todo texto sobre el tema empieza diciendo que el agua dulce es muy reducida (sólo el 3% del total del globo), que Argentina tiene una buena posición respecto de otros países (país 43vo. por sus reservas futuras), y que del total del agua dulce sólo la mitad es potable. También se estila decir que el consumo de agua por habitante aumentó en un 50% en las últimas décadas, y que esa población humana que consume más agua se ha multiplicado en el mismo período. Muchos autores, en esta parte de un informe sobre este tema señalarían que por regla general, casi el 70 % del agua que se consume en el mundo se destina al sector agrícola, y que hay un 20% que se destina al sector industrial.

Antes de empezar a hablar del uso de nuestro porcentaje (el 10% restante) vale comentar que numerosos investigadores están de acuerdo en que “el 80% de todas las enfermedades y el 33% de las muertes en los países en desarrollo están relacionados con la inadecuada calidad del agua”. El PNUMA informó que "cuatro de cada cinco enfermedades endémicas en los países en vías de desarrollo se deben al agua sucia o a la falta de instalaciones sanitarias" y la Organización Mundial de la Salud (antes de abocarse por completo al problema de la gripe N1H1) señaló en un informe que “2.500 millones de personas sufren enfermedades asociadas a la contaminación del agua”. Dice UNICEF que se ha conseguido que el 83% de la población del mundo tenga acceso a fuentes mejoradas de agua, y destaca que en África subsahariana y Asia meridional dos tercios de la población no tiene agua, o la que tienen no es apta para consumo humano. En algunos países, como Afganistán y Etiopía, menos de la mitad de la población dispone de acceso a instalaciones sanitarias adecuadas. Pero el problema no está tan lejos: Bolivia tiene problemas de agua y de potabilización, según describen las estadísticas de UNICEF, y la Argentina tampoco está exenta.


Nosotros también

En la Argentina, según la OMS, el 98% de los habitantes urbanos y el 80% de quienes viven en área rurales poseen agua corriente y potable, pero aclara que utilizando “una definición amplia” y, siempre según el Programa de Monitoreo Conjunto OMS/UNICEF, si se restringe la definición (tal vez restringida al tipo de agua que el lector querría beber) resulta que el 79% de los habitantes de áreas urbanas tiene acceso a agua corriente y potable. A pesar que las cifras parecen buenas, se podrían leer al revés: hay un 21% de argentinos que viven en ciudades y no tienen agua de calidad.

Otro problema serio, según diversos organismos internacionales es, además de las enfermedades derivadas de la mala calidad del agua, que en nuestro país la seriedad de los controles a las industrias que contaminan el agua es débil y que en las zonas rurales los agroquímicos (según el Informe nacional sobre la gestión del agua en Argentina, publicado por el CEPAL) afecta numerosos recurso hídricos. En ese sentido el directorio ecológico y natural (Ecoportal) publica una nota en la que se señala que “Los ríos de la Plata, Carcaraña, Paraná, Salado del Norte, Salado del Sur y Colorado se encuentran entre los más contaminados del mundo. El lago San Roque que abastece de agua a la ciudad de Córdoba, tiene problemas de eutrofización.” En la misma nota se destaca que en la cuenca Riachuelo/Matanza sólo el 65% de los habitantes tiene agua potable debido a la presencia de miles de empresas que desechan sus residuos tóxicos en la zona.


Sí: Nosotros también

Pero en Córdoba los malos no sólo son las industrias, el prestador o la falta de previsión política. Las ciudades serranas de las cercanías que están quedándose sin agua al mismo tiempo que su población se duplica o triplica, han talado miles de hectáreas de bosque autóctono que necesitaba de condiciones de humedad como las que el suelo le podía ofrecer, para dar lugar a barrios cerrados y urbanizaciones con céspedes foráneos que demandan de varios riegos diarios. Según estudios realizados por Procuraduría Federal del Consumidor en México, una manguera estándar consume entre 10 y 18 litros de agua por minuto. Si regamos en Río Ceballos, o en Córdoba Capital, durante 20 minutos, habremos usado no menos de 200 litros de agua perfectamente potable.

Si lavamos el auto en casa, haremos el mismo consumo, pero si utilizamos una hidrolavadora duplicaremos la cantidad de agua requerida. El mismo estudio, e inclusive el portal argentino Educ.ar, consideran que en cada ducha una persona puede gastar entre 100 y 200 litros, y que algo parecido se puede ir en baldear la vereda (eufemismo que consiste en limpiarla con una manguera mientras se charla con la vecina). Para seguir amargándonos, dejar la canilla abierta al afeitarnos puede demandar de unos 75 litros de agua (que si nos afeitamos a diario son 525 litros a la semana, o 2250 litros al mes). Algo parecido pasa en casi la totalidad de los hogares cordobeses y, dado que son pocos quienes tienen medidores de agua, cuando alguien se lava los dientes deja pasar 20 litros, lo que obliga al siguiente cálculo: 4 personas, 80 litros diarios; 2400 litros mensuales). Con una canilla que pierde, o al lavar los platos (cuestión que le explicaré a mi esposa para saltearme esa responsabilidad) todos seguimos vaciando diques. Concretamente, de los más de 200 litros de agua diarios que todos consumimos, sólo nos tomamos cuatro vasos, casi un litro diario.-


viernes, 14 de agosto de 2009

El arte de vivir la vida

(Publicada por la Revista Ecléctica de Agosto)

Alguien que ha sido un gran amigo, de esos cuya distancia duele y que hoy no está tan cerca, me dijo que había que ganarse el derecho a escribir en primera persona. Alguna vez lo traicioné (sólo las verdaderas amistades incluyen esas cosas, y lo digo a sabiendas de alguna macana que él mismo me ha propinado) y esta vez, escribiendo en primera persona, siento que hago justicia. Él me dijo un artista es quien ve la vida como tal y, con ese recuerdo, hoy domingo a medianoche no he podido escribir de ningún artista.
Resulta que antes de sentarme frente a la pantalla, mientras barajaba nombres para dedicarle estas líneas, hice dormir a mi hijo de dos años. Unidos en un abrazo como el que nunca nadie me dio, nos mezclamos en una bola de pelos y calor. Entre los incomprensibles murmullos nocturnos, el sueño lo fue abstrayendo en un viaje que supongo igual a un cuadro de Klimt. Al final, cuando el silencio se apoderó de la camita, luchando contra el cansancio del día, me acarició la cara con las manos no tan limpias -como reconociéndome, como dibujándome de nuevo- durante un tiempo infinito. Ambos supimos que mi cara no es otra cosa que la de nosotros. Él, su mamá, su muñeco Pablo, el gato y yo, ascendíamos a un estado surrealista dejando una estela dorada en la pared.
Leí, justo esta semana, en un libro de Palahniuk algo como pinten lo que pinten, los artistas sólo pueden hacer autorretratos... y con mi nueva cara, la que mi hijo me regaló, entendí que el arte de vivir la vida de cada uno es la epifanía más potente. Sí, esa de las sillas de la cocina con la ropa húmeda extendida, de la cercana música que ejecutan los amortiguadores delanteros en un bache cuando no dan más, de los platos sucios amontonados en la bacha, o de la maloliente alfombra compuesta por hojas secas y mierda de perro que asesina el pasto en el patiecito denfrente. Esa cotidianidad que si te detenés a entender, te puede dejar llorando de rodillas abrazado a un pijama agujereado, es un clímax estético que ningún otro artista, más allá de tu hijo, de vos mismo, te regalará jamás.

Nota mental: organizar un vernissagge en el lavadero, con el lavarropas centrifugando su salvaje reversión de Nirvana de fondo.-

martes, 11 de agosto de 2009

El Carnicero del Arte Cumple 100 años

(Publicado por La Voz del Interior, en su suplemento cultural, el día 11/08/2009)

El centenario de Francis Bacon está dejando una estela de profundo respeto y marcada admiración en todos los públicos que masivamente celebran las actividades. El pintor, durante décadas considerado un maldito, un outsider, que fuera víctima de todo tipo de discriminaciones e injusticias en vida, obnubiló a finales del año pasado cuando la Tate Britain le dedicó una exposición monográfica colosal. También el Museo del Prado, en la España que le despidió hacia un más allá -donde seguro no descansa, ni está en paz- le organizó una muestra homenaje en el primer semestre del año. Luego, la misma muestra oprimirá la mirada de quien visite el Metropólitan de Nueva York hasta el 16 del corriente. Bacon, el inclasificable, el ambiguo, el homosexual lacerante sigue profiriendo un alarido cuyos destinatarios, en su centenario, somos todos.


Meet the meat
Francis Bacon nació en Irlanda en 1909. Siendo hijo de una familia inglesa -además de haber vivido una parte importante de su vida en Londres- es considerado inglés. Algunos autores escribieron que tuvo una educación poco escolarizada por su asma, pero Michel Leiris en una edición corregida por el propio autor –lo que nos hace presumir un alto grado de veracidad- indica que no hubo ningún tipo de educación oficial, y que su formación estuvo siempre en manos de docentes particulares. A los 16 años es descubierto por su padre mientras coqueteaba frente a un espejo vestido con la ropa interior de su madre y le expulsa de la vivienda familiar para siempre. Su progenitor criaba caballos y aparentemente le detestaba por su fragilidad. Versiones rigurosas sobre sus primeros años hacen presuponer que la familia ya sabía de algunas prácticas sexuales con los mozos de los corrales, quienes lo sometían con brutalidad, iniciando así un gusto por el masoquismo que lo acompañaría toda su vida. El padre intolerante, que decía ser pariente del filósofo homónimo, estaba de regreso de la Primera Guerra, período en el cual la familia había oscilado entre Irlanda e Inglaterra, con lo que la infancia del pequeño estuvo marcada por imágenes monstruosas de bombardeos y las víctimas bélicas en tiempos de medicinas rudimentarias. "Tengo la impresión -aventuró alguna vez- que la gente de mi generación no puede realmente imaginar una humanidad sin guerras", y en otra ocasión sentenció “creo que los artistas están más próximos a su infancia que otra gente. Permanecen más fieles a estas primeras sensaciones…” Expulsado de su casa se instala en Londres donde malvive robando, jugando y prostituyéndose en un mundo embebido en alcohol. Se establece alternativamente en Berlín, París y Londres –supuestamente haciendo trabajos de interiorismo- hasta que a mediados de los 30s se concentra en la pintura. Esos años de cabarets, travestismo y sofisticación también incluyeron un acercamiento a la obra de la única influencia reconocida: Picasso. De aspecto rozagante y con el pelo desordenado, conservó una frescura vandálica en su rostro aun cuando fue un anciano. En 1936 un trabajo suyo es rechazado de la exposición surrealista por “insuficientemente surrealista”. Seguro que el jurado no conocía su estudio: un espacio que siempre fue una especie de basurero víctima de una atentado terrorista.

Como asmático no es convocado a la Segunda Guerra Mundial, de la que es un espectador privilegiado, casi un Goya, cuya producción jamás conoceremos porque en en 1944, presa de un ataque de ira, destruye casi todos sus trabajos. La Europa de excesos que había conocido en Berlín de entreguerras, y que se volvió un túnel cavernoso de horror y mutilación en los años siguientes, recién sobre finales de los 40s comienza a tolerar sus trabajos. Con el comienzo de la década siguiente aparece un reconocimiento que se internacionalizará. En 1960 se incorpora a la Marborough fine art de Londres, galería que conservará hasta su muerte, y que es considerada por los historiadores contemporáneos como desleal con el artista debido a una intención de dosificar codiciosamente su obra en vida. Su primer gran tríptico (su obra habitualmente se presenta de a tres) “tres estudios para una crucifixión” es adquirido en 1962 por la Fundación Guggenheim, que posteriormente le organiza una gran exposición en NY. Con el sabor del éxito en la boca, en 1964 inicia una relación con su gran amor, George Dyer. Aparentemente se conocen cuando Bacon descubre a Dyer –un simple ladrón- robando en su estudio y terminan en la cama esa misma noche. La fidelidad no era una de sus virtudes y el castigo fue el suicidio de este compañero.

“Entre el nacimiento y la muerte siempre ha existido lo mismo: la violencia de la vida” decía este artista que nunca pudo ser incluido en ningún movimiento, que vivió sin escuela, y que terminó sus días en España con un perfil solitario y poco mediatizado, como toda su vida. Él mismo dijo alguna vez “en último extremo somos meat”, cambiando deliberadamente flesh (carne del cuerpo humano)por meat (carne comestible).


El despiadado reflejo perenne de todos

La obra de Bacon, considerada figurativa/expresionista en un ejercicio de reduccionismo, en rigor, sólo toleraría situarse como continuadora de Picasso, aunque con una profundidad subterránea.

Pariente de Munch, y de Van Gogh (de quien hay algún “Estudio para un retrato” de 1957) también es heredera de Goya y Velázquez. Durante un tiempo se lo consideró miembro de la Escuela de Londres, hasta que varios de sus supuestos miembros aclararon que tal escuela no existía en términos estéticos, y que sus intereses eran mayoritariamente el sexo y el alcohol. Lo cierto es que en ese grupo estaba Lucien Freud, reconocido amigo del artista y con quien sí se podrían establecer vínculos estéticos.

Las piezas de Bacon, generalmente de gran tamaño, tienen un aire lisérgico, son desgarradoras y cargadas de angustia. Entran perfectamente en la categoría sublime, definida por el filósofo del arte Arthur C. Danto como aquello cuya belleza también aterra. Salvo algunos animales, las bestias que protagonizan sus pinturas son figuras antropomorfas que Margaret Tatcher consideró “asquerosos trozos de carne”, mientras que Damien Hirst -feliz poseedor de uno de su trabajos- dijo «Jodió (hasta) en el infierno». Adolfo Vásquez Rocca, por su parte, dice “la pintura de Bacon abrió heridas en la belleza, horadó el sentido iconográfico del cuerpo” refiriéndose al aullido de dolor y éxtasis que parecen emitir esos cuerpos atormentados de amantes, asistentes a un bar, luchadores, demonios, ángeles, o prostitutas, retratados en ambientes tan cotidianos como un baño, una cama, una alcantarilla, junto a la bacha, frente a un espejo, una mesa de billar, una cortina, o con la pobre compañía de un foquito.

Los retratistas construyeron, a lo largo de siglos de trabajos por encargo, una conciencia de poder para las clases aristocráticas. La fotografía democratizó hacia otros estratos sociales la imagen y la identidad, trucando el mensaje si era necesario, con decorados falsos, ropa prestada y otras artificialidades. La renovadora obra de Bacon, en tiempos de fotógrafos, incorpora la psiquis al retrato y le otorga protagonismo. Las torsiones y flagelaciones cruelmente presentadas en escala real son un espejo para cualquiera que deje salir su mente hacia su rostro. Su realismo es una trompada al estómago, una trompada que proviene de nuestros sentimientos primarios y cuya piel está delicadamente coloreada.

Bacon es un pintor que se aprender a admirar en la adolescencia, tanto por su poder ambiguo en el sentido sexual, como por en equilibrio entre ternura y angistia que caracteriza todo lo adolescente. Pero a diferencia de HR Giger, el temeroso palpitar de su recuerdo sólo recrudece con el paso del tiempo. Ver un Bacon en vivo es una arremetida furiosa, sus obras “en persona” (no es una metáfora) tienen la potencia de esos cuerpos horrorosos que perfectamente pueden cogerse al espectador en la oscuridad de un museo, descuartizarlo, o servirle un trago. O todo a la vez. Nadie enfrenta las esquivas miradas de sus trípticos sin temer que su infierno personal salga a la luz un día cualquiera.-


jueves, 30 de julio de 2009

El Papa caído cumple diez años

(Publicado por el Suplemento Cultural de La Voz del Interior, el 30/07/2009)

Las representaciones de los altos cargos eclesiásticos, y de las administraciones locales (debería decir terrenales) de las religiones, han sido históricamente uno de los temas más hegemónicos del arte. Visitar una pinacoteca de un museo europeo es un placer divino, no sólo por el aporte estético de las obras exhibidas, sino por los obispos, Papas, y demás autoridades retratadas. La técnica y creatividad con la que cada artista concretaba su pintura podían garantizarle al protagonista un tipo de inmortalidad que no se consigue rezando. Un ejemplo popular es el Inocencio X, Papa archiconocido por el indeleble retrato que Velazquez le hiciera entre 1649 y 1651. Actualmente es considerado por los maestros de la pintura como uno de los más grandes retratos de todos los tiempos. Sin embargo, Inocencio X no sólo le debe a Velazquez una fama mayor por su retrato que por su papado, pues si una persona busca una imagen suya en la web, recibirá más devoluciones de que del propio Diego Velazquez. Pero la perturbadora imagen de Bacon, también inolvidable, forma parte de las representaciones indeseables, o repudiadas, no sólo debido a la potencia del cuadro sino también a la excepcionalidad de la expresión. Pareciera una efeméride deliberadamente irónica que estas obras de Bacon –recientemente homenajeado con una monográfica en el Museo del Prado- cumplan 50 años mientras que la obra La Nona Ora, de Maurizio Cattelan (1960) acumule diez.

La Nona Ora, desarrollada en 1999, es tal vez la obra más difundida de este mediático artista. Consiste en una representación escultórica hiperrealista del Santo Pontífice Juan Pablo II realizada en resina, con cabello, accesorios, vidrios y alfombra reales. Cuenta con una particularidad: su Santidad ha caído en el piso derribado por un meteorito que aparentemente entró por una lucera del techo.
Esta obra alcanzó el momento de máximo auge en 2000 cuando fue presentada en la exposición “Apocalipsis – Belleza y horror en el arte contemporáneo”, de la Royal Academy londinense. La muestra fue uno de los grandes acontecimientos artísticos de esta década y, más allá del protagonismo de la obra de Cattelan, tenía a artistas como los Chapman, o Jeff Koons en su catálogo.
El recurso escultórico naturalista, así como la proporción humana, que tanto conmociona en este trabajo es un elemento que el artista ya había utilizado en obras previas, y que luego manipularía en trabajos como Him (2001), un pequeño y ridículo Adolf Hitler, o Frank & Jamie (2002) una pareja de policías exhibidos de tamaño y atuendo verídico, pero montados con sus pies en alto, apoyados sobre sus gorras. También en este trabajo, como en la Nona Ora, la ironía de lo imposible crece sobre el concepto de autoridad.

Un autor vivo
Volviendo a la escultura de Juan Pablo II, su historia en el circuito del arte es valorada ya que en 2001, el mismo día del cumpleaños número 81 de Wojtyła se subastó alcanzando un precio de U$S 886.000. Una cantidad exorbitante si se tiene en cuenta que se trataba de un autor vivo. Y vale la pena apostar a la polisemia de “autor vivo” en este caso, ya que la obra cosechó la esperada estela de críticas y furia católica (inclusive, estando expuesta en Varsovia, unos miembros del parlamento polaco violentaron las medidas de seguridad, quitaron el meteorito e intentaron erguir al Papa) antes de ser vendida, mientras el artista se abrogaba el título de blasfemo. Pero la Nona Ora no es una obra de arte blasfema, de hecho hasta su carácter artístico es tan debatible que figura como una de las últimas piezas que la reconocida editorial Exit incluye en su dossier ¿es esto arte?

La posición engaña
Como su nombre lo indica, la Nona Ora, hace alusión a la hora en la que falleció Jesús, un momento de la tarde cuando el Pontífice está agotado, y se vuelve una persona más, alguien capaz de ser víctima de un accidente inesperado, cómico, imposible. Por consiguiente, y más allá de las pantomimas de cara al mercado –que por cierto, ahora Hirst hace con mucha más clase- este trabajo habla del poder de las imágenes excepcionales, y de la memorabilidad de los retratos provocadores. Es una apuesta por la ironía y el humor que tanto Warhol como Duchamp cultivaron.
Lejos de la autorotulación blasfema, concepto que alguna vez el teórico argentino Christian Ferrer situó muy lejos de este tipo de gestos marquetineros, esta obra le otorga fragilidad y dimensión humana a un ícono como es el Papa. A pesar del tono irreverente, la figura de Juan Pablo II sale bien parada –aunque por la posición no parezca-.

Marketing, compromiso social o blasfemia
En este terreno de la representación crítica de lo religioso, podrían diferenciarse diversos tipos de posiciones. Por un lado, proyectos como el de Maurizio Cattelan que tienen una arquitectura conceptual cómplice con la mercadotécnia, derivada del ingenio y el impacto visual. Una segunda instancia de producción de este tipo de obra, es crítica, de compromiso social, y de -particular- lectura histórica. Por ejemplo, la obra de León Ferrari (1920), quien recibió el Gran León de oro en la Bienal de Venecia de 2007. Ferrari, con su obra La civilización occidental y cristiana (1965) ilustra las relaciones establecidas entre iglesia y violencia. La escultura es un Cristo cuya cruz ha sido reemplazada por un avión de guerra.
En cuanto a blasfemía, se trata de obras cuyo contenido o intención son deliberadamente injuriante hacia cualquier religión. Uno de los ejemplos más frecuentes son los trabajos de Andrés Serrano, con su serie The interpretation of dreams, o en su pieza Piss Christ.-

lunes, 20 de julio de 2009

Con gripe y sin circo

[Publicado por la sección Opinión de LaVoz del Interior, el 20/07/2009]

Desde hace algunos años, distintos antropólogos han comenzado a estudiar el fenómeno del circo, probablemente influidos por un nuevo florecimiento de esta actividad. Las escuelas de circo, los malabaristas (callejeros o súper-profesionales) y hasta el mismísimo Cirque du Soleil, son afortunados herederos de una tradición que se remonta miles de años hacia atrás. El malabarista, el contorsionista o el acróbata son personajes que están documentados desde el año 2000 AC, en los primeros grafismos del antiguo Egipto. Estos guerreros del espectáculo impulsaron culturas como la mesopotámica, la china, nuestros abuelos los griegos, o nuestros otros abuelos, los aztecas.

Probablemente fueron los romanos quienes mejor desarrollaron el concepto de espectáculo en la antigüedad, delineando una actividad creativa y recreativa (depende si el relator está sentado en la tribuna o enroscado sobre sí mismo en el escenario) que fusionaba improvisación con un paciente entrenamiento. Desde entonces, la capacidad humana para expresarse con el cuerpo fue ganando terreno hasta el renacimiento, cuando lo actoral, el relato e inclusive los tablados de títeres se entremezclaron en el arte del pueblo. Arte popular cuyo recinto era la calle y cuya efectividad estaba dada por una alquímica mezcla de risa y desesperación. Arte donde la música era un elemento clave. Aún hoy, cualquier ciudadano de a pié puede cerrar los ojos y silbar un compás de música con sabor circense. Nino Rota, con la pieza musical 8 ½ -tristemente célebre en la Argentina por haber sido cortina del programa de Susana Giménez durante años- debe presumir desde el cielo con ese regalo compositivo que él hizo a Federico Fellini para su película.

Y que conste que no es casual la aparición de Fellini al hablar de Circo. Nadie nos ha mostrado el mundo de la espectacularidad y la fragilidad humana como lo hiciera Zampanó (Anthony Quinn) y Gelsomina (Giulietta Masina) en La Strada, obra maestra del circo hecho cine, donde el hombre lucha contra todo y todos (la física, la injusticia, o los transeúntes) por amor al arte.

Pero hace unas semanas que la ilusión espectacular que caracteriza al Julio de grandes y chicos no puede romper, como Zampanó, las cadenas de la injusticia a la que nos somete la epidemia de pánico que acompaña simbióticamente a la Influeza A. El riesgo de una gripe en el cuerpo disparó todas nuestras paranoias postmodernas, tan propias de la desinformación (o de la información desmesurada), y se transformó en un aluvión de mails, noticias y fármacos por comprar. Hoy, la peor enfermedad es la desilusión, la falta de magia que nos prometieron los egipcios, griegos, romanos, aztecas, franceses, Hermanos Servián, o Circo Da Vinci y que este año no ejecutarán.


Los que pierden siempre

Si alguien piensa que con la furia gripo-mediática ganó alguien, además de las empresas farmacéuticas que acaban de ingresar al país cientos de miles de dosis listas para ser arrasadas en las góndolas, se equivoca. Si alguien piensa que pierden los Kirchner, la oposición, u Oscar González, se equivoca. Los que pierden son los enfermos, los médicos, los tipos que se deben seguir tomando el N4 repleto, a las siete de la tarde. Además del aparato sanitario, que históricamente es el gran perdedor, los grandes damnificados son los creadores y el público. Cuando el un Museo suspende actividades familiares o un teatro cualquiera cierra sus puertas, pierde el tipo que -en plena vereda- se queda sin ver nada apretando la mano de sus hijos. Sus defensas culturales bajan. De la misma manera para él que se queda sin trabajo dentro del teatro, con el frío que le produce a un artista la falta de luz, sonido y aplausos.

Poco se puede hacer ahora, cuando el tipo con sus hijos tomados de la mano pegó mediavuelta, y el actor debió salir a galguear el segundo semestre como pueda. Poco se va a poder hacer si a nadie le importa que todo cierre. En definitiva pareciera que los espectáculos son otra banalidad más, algo que un supuesto intelectual ilustró con la siguiente frase “mejor: menos circo para la gente pobre” como si ese volcán simbólico que es la vida cultural no contuviera la propia definición de todos los hombres en cada actuación, en cada butaca.

Además, no todo es simbólico: el espectáculo, y varias industrias culturales están completamente paradas como nunca lo estuvieron. Hay miles de personas sin cobrar, sin vender, sin trabajar, sin generar turismo, gastronomía, sin representar nuestras alegrías, sin emocionarnos. Sólo apagándose y generando más desempleo, más pobreza, menos educación, más violencia.

La breve historia del circo, que ocupa la primera mitad de esta columna, no sólo es un repudio hacia quienes no valoran lo importante que es mantenernos vivos, juntos e ilusionados por el espectáculo, es una respuesta que los antropólogos Blanchard y Cheska escribieron mejor que yo para casos como éste: el hombre de circo, el acróbata de la antigüedad, competía “consigo mismo, con las fuerzas de la naturaleza y con sus propios compañeros de tribu ...”.-