martes, 23 de junio de 2009

Abrochen sus cinturones

Una reflexión sobre el MiniLab - Publicado por la Revista ALUMNI, de la UCC

Esta columna fue solicitada por Carla Barbero y Emanuel Rodríguez con suficiente tiempo de antelación. De hecho, el envío de estas palabras se demoró injustamente porque quien suscribe estaba leyendo la novela Estrella Distante, de Roberto Bolaño.
En este libro, situado en Chile de los setenta, sobre el final del segundo capítulo, Bolaño narra la historia de su protagonista, detenido en el Centro La Peña.
Un crepúsculo cualquiera durante su reclusión, mientras comparte el patio con otros presos políticos, un avión recorre el cielo y, con su estela de humo grisáceo, comienza a escribir palabras en latín. El suceso es observado por el loco de la prisión y el propio relator. Lo que aparece en el firmamento es un mensaje poético desde un medio superior, una fisura en el proceder habitual de la aeronavegación que tiene un sentido inexacto y desconcertante. Un gesto político que conecta diferentes puntos de una red invisible.
Líricamente, la imagen en tiempo real que el cielo, o la globalización, ofrece, luego se desvanecerá. Se ha tratado de un ruido visual disonante, borrado por el viento estelar mientras la noche lo deglutía con su oscura glotonería trasandina. “Había ocurrido algo pero en realidad no había ocurrido nada”, apunta el protagonista antes que los carabineros iniciaran el recuento y metieran “adentro” a todos los detenidos.

Las prácticas tecnológicas que se desarrollan en el minilab conducido por la dupla rebelde de Cecilia Rosso y Ciro del Barco (video inserto en un contexto de arte contemporáneo, con experiencias de vjaismo, instalación, o aplicaciones perfomativas) vienen a situarse en la misma línea que fundaran los artistas postales de los setenta, las actividades de apropiacionismo de señales radiales y televisivas, utilización experimental de las redes de comunicación, e inclusive muchos de los proyectos que liderara, por ejemplo, Nam June Paik.

Con los problemas de siempre, que a decir de Rodrigo Alonso (“lo que une América Latina es la constancia de sus obstáculos y dificultades”) Rosso y del Barco son, en definitiva, aviadores que están formando nuevos creadores de mensajes inmateriales. Pero supraterrenales. Hablamos de pilotos en una tormenta social que intentan decirnos algo, sólo a cada uno de nosotros, con la caligrafía global y mediática del video y el sentido de los fenómenos que superan nuestra individualidad.
Un guiño personal, un hallazgo circunstancial, en la vorágine de nuestro cielo.-

Pancho Marchiaro.
Director del CCE.C y coleccionistas de mensajes aéreos.
Direccion@ccec.org.ar

[Estrella Distante, de Roberto Bolaño está editada por Anagrama ISBN 978-84-339-6673-5; la cita de Rodrigo Alonso corresponde a la conferencia “Zona de Turbulencia. Video en Latinoamérica”, también incluida por Laura Baigorri, en Vídeo en Latinoamérica. Editado por Rumaria. ISBN 978-84-8347-072-5; y la idea del Arte postal y sus derivados, como precursores de experiencias tecnológicas recientes puede leerse en ensayos de Belén Gaché]

lunes, 22 de junio de 2009

Córdoba tiene su marca tatuada

(Continua de El Cuerpo como territorio de conflicto Artístico)

Córdoba, que ha tenido una tradición contemporánea bastante modesta en el arte de acción, puede reconocer en Jorge Bonino o la bailarina Graciela Martínez (primera mujer de Antonio Seguí) a alguno de sus precursores, allá por los setentas. Hoy tiene algunos exponentes de la performance o el arte de acción, cuyo número y visibilidad está creciendo.

Además de un equipo de investigación de la UNC llamado Arte(s) performance(s) y subjetividade(s), y de los trabajos de Marcelo Nusenovich (el especialista local en la materia) contamos con autores como Verónica Meloni, o María del Carmén Cachín quien además de sus proyectos ha sido gestora de La Nariz en la tasa, las Jornadas de Performance de 2005, que prometen volver este año.

Socia de Cachín en estas Jornadas, la artista que más identificada con este tipo de experiencias es Soledad Sanchez Goldar. Licenciada en teatro y con una importante experiencia en artes visuales, ya sea sola, junto a su coequiper Carolina Vergara, o en el mítico grupo Azul Pthalo que surcó los espacios alternativos del arte allá por finales de los noventa, Sanchez ha producido obra y gestionado desde hace diez años, Su fuerte trayectoria parte de eventos en espacios tomados como Doble Atentado (en Carpintecho) hasta ArteBA 2009. Fue justamente en esta feria que Sanchez detonó la bomba que todo el tiempo lleva en su cabeza con el trabajo Cuerpo en venta o efecto varicela, acción que consistió en tatuarse un círculo rojo (recurso de las galerías para señalar una venta) por cada “adquisición” realizada. Hubo 2 operaciones que, paradigmáticamente, señalaron r los déficits del mercado del arte a la hora de incorporar estos proyectos en su circuito. En el marco (mala metáfora) de esta acción crítica, el galerista ¿habrá cobrado su comisión?-


El cuerpo como territorio de conflicto artístico

(Publicada por la sección Cultura de La Voz del Interior, el 22/6/2009)


Yoko Ono acaba de recibir el gran premio en la 53va Bienal de Venecia. Un león de oro que se le otorgó ex-aequo, como reconocimiento a su trayectoria, y a su carácter de pionera de la performance. Lo interesante es que recorriendo los últimos leones de oro que entregó “la Biennale” a performers, artistas de la acción y el cuerpo, el inmeditamente anterior fue para la serbia Marina Abramovic. Abramovic, que lo recibió en 47va edición (de 1997) es unánimemente considerada como una de las más grandes artistas vivas del área. Ahora moviliza a toda la prensa de España con sus trabajos presentados en La Laboral. Por si fuera poco, ya tiene comprometido el importante Teatro Real español.

Las buenas noticias de una y otra ponen de manifiesto un renovado interés por la temática performativo en los altos círculos del arte, a la vez que representan dos escuelas muy diferentes, dos extremos de la actividad. ¿Quiénes son, qué hacen, y por qué están en los titulares globales?

La pacifista odiada

La artista japonesa que carga con la pesada mochila de haber sido la segunda esposa de John Lennon, es para muchos, una María Magdalena demonizada por los apóstoles beatleanos. Actualmente, tiene 76 años, una estupenda colección de sombreros y una guardarropas que sólo incluye un color: el negro. Más allá de su matrimonio, esta afortunada artista (su fortuna está calculada en 800 millones) formó parte del mítico movimiento Fluxus y se caracteriza por obras austeras y conceptuales, donde la idea lo es todo. Alguna vez llegó a organizar un concierto para asistentes que debían imaginar la música. Sus trabajos tiene cierto ascetismo, son limpios, de una poética despojada, con pocos colores y objetos sencillos.

Como performer, activa desde los 60s, trabajó el cuerpo propio y en compañía, generalmente con escasos movimientos, o descansando. Sus obras en conjunto con Lennon tuvieron una trascendencia global que superaron el discurso del arte, como los bed-ins u otras acciones que transmitían paz y propalaban una sensación de tranquilidad y amor en un sentido romántico: un beso, un abrazo, unos cuerpos dulcemente protegidos, encastrados.

Creadora comprometida con numerosas causas nobles, es polifacética y nunca se privó de explorar todos los soportes: películas, discos e instalaciones completan sus trabajos performativos como el que propuso en plena inauguración de Venecia, al tomar a martillazos una silla -sin sombrero pero con gorra- mientras sonorizaba la acción con esos aullidos que son muy suyos, y que en alguna ocasión le sirvieran para colaborar con grupos postpunks como Sonic Youth.

Su mural “promesa”, donado recientemente a Naciones Unidas para contribuir con la lucha contra el autismo es un cielo azul con nubes realizado en 67 piezas que remiten a un rompecabezas. Como particularidad, el puzzle le faltan 2 piezas que, según la propia artista, serán colocadas en su lugar cuando haya un avance significativo en el tratamiento de esta condición. Así es Yoko.

El cuerpo como parte de la mente

Abramovic, por su parte, nacida en Yugoslavia (hoy Serbia), tiene 63 años, se denominó acertadamente a sí misma como “la abuela de la performance” y cuenta una historia potente desde su cuna. Nieta de un santo de la Iglesia Ortodoxa Serbia, que hoy descansa -el abuelo, no Marina- embalsamado en la Iglesia San Sava de Belgrado, sus padres fueron héroes de la Segunda Guerra mundial, con la particularidad de que su madre fue comandante en la armada.

Abramavic puede presumir de una fama ganada a pesar de haber sido una artista maldita, superando cualquier idea preconcebida para el concepto de transgresión. Sus trabajos están marcados por una crueldad, generalmente auto-infringida, que no se priva de utilizar la violencia. Visceral, excesiva, por momentos sanguinaria y hasta escandalosa, la serbia hizo de su cuerpo sólo, desposeído y desnudo un territorio de conflicto social llevado al límite (y lo ha superado) de lo humanamente tolerable.

Como particularidad esta artista no sólo recurre a la fotografía o el video para documentarse, sino que ha conseguido incluir diversos soportes en sus instalaciones amplificando, expandiendo (como dice Jaime Conde-Salazar Pérez) las posibilidades de los espectadores.

Sus primeras obras, Ritmo 10, 5, 2 y 0 fueron iniciáticas y súpercontrovertidas. En plenos setentas, en uno de estos proyectos, quedó atrapada e inconsciente en el fuego de una gran estrella cuyas llamas y humo casi la matan. En otra ocasión, en 1974, utilizó pastillas para tratar la catatonía o enfermedades mentales violentas, sufriendo convulsiones y una parálisis temporal, consiguiendo así situarse en los límites entre el cuerpo y la mente, un rasgo distinto de sus trabajos. Ese mismo año, tal vez en uno de sus trabajos más comentados, puso a disposición del público una serie de elementos como cuchillos, una pistola, balas, etc., para que el público manipulase e interactuase con ella. La virulencia de la respuesta tuvo en ella consecuencias presentes aun hoy.

Al igual que Yoko, también tuvo un período de trabajo en dúo con su pareja. De esa época quedan obras como Death self (1976) cuándo ambos artistas (él se llama Ulay) se besaron intercambiando varias veces el oxígeno de uno a otro, sin agregar aire nuevo, hasta que cayeron desmayados al intoxicarse con el dióxido de carbono. Este trabajo que señala el poder destructivo del otro, fue parte de muchos proyectos que terminaron con The Lovers (1988). Uno de los trabajos más poéticos y potentes de la dupla, que consistió en recorrer durante 90 días en sentidos opuestos la gran muralla china hasta que al encontrase, se separan para siempre. Este proyecto tuvo como abordaje el desgaste físico y emocional de la pareja.


(continúa en Córdoba tiene su marca tatuada)