miércoles, 23 de septiembre de 2009

El tamaño importa

(Publicado como prólogo del libro Hídrido y Puro, editado en 09/2009 por el CCE.C)

Estudios recientes indican que el Titanic chocó contra un iceberg, entre otras cuestiones, porque los vigías no disponían de prismáticos. Aunque todos los marineros del mundo saben que esos rolitos gigantes exhiben sólo su séptima parte, en esa noche cerrada de abril de 1912, los responsables del barco vieron el monstruo de hielo cara a cara, tan cerca y con tan poco margen de maniobra, que no pudieron evitar hundirse en uno de los grandes hitos de la historia.

De forma mucho menos trágica, y gracias a los prismáticos institucionales, desde la cabina del Centro Cultural España. Córdoba se podía observar -probablemente debido a la claridad de la noche cordobesa- como se incrementaba la figura del curador en la actividad artística. Se trataba de un especialista cuya praxis tenía contornos indefinidos, pero estimábamos que debajo de su emergencia estaba sumergido un importante cúmulo de interrogantes y certezas en relación a sus prácticas en los procesos del arte contemporáneo.

Con esta sensación, en 2008 pusimos los motores a toda marcha hacia el tema, y gracias a las coordinadas provistas por Andrea Ruiz -quien ejercía una extraña tarea consistente en curar los curadores que compondrían la propuesta-, pudimos observar que había una enormidad de debates posibles.

Debido a la dimensión del tema, se diseñó una maniobra compuesta por una serie de actividades articuladas: instancias de formación práctica tendientes a aportar herramientas para nuevos curadores locales; un concurso abierto de proyectos para actores cuyo abordaje debería ser una lectura de los últimos diez años de arte cordobés; y una serie de encuentros con referentes iberoamericanos para debatir los aspectos más conceptuales del hacer.

Esta publicación parece pequeña para resumir la magnitud que tuvo el proyecto, o la profundidad que representa cada uno de los aportes de los especialistas. Sin embargo, la verdadera proporción de este material -y de todo el proyecto Híbrido y Puro: Prácticas curatoriales en el arte contemporáneo- quedará definida por su reverberancia cuando estas literalizaciones inicien su nuevo recorrido impreso, y sean el disparador de discusiones, investigaciones y gestiones. Porque el esfuerzo de un nuevo libro sólo tiene sentido si de el nace, al menos, un proyecto por lector. Llegue o no a buen puerto, lo importante siempre será contar con navegantes que, conscientes del tamaño de los icebergs, sigan dispuestos a zarpar.-


domingo, 20 de septiembre de 2009

Final de recorrido

(Publicado originalmente en el libro Zepol -Variaciones en torno a la desaparición de Jorge Julio López, curado por Iván Ferreyra y editado por Recovecos. 17/09/2009)

Mis sospechas se confirmaron de la peor manera. Atravesaba una masa de polvo densa como el dulce de leche sobrevolaba la canchita de la plaza que dobla en Paso de los Andes haciendo esquina con Laprida, cuando un pelotazo que debería haberme desnucado, me atravesó la cabeza sin la menor obstaculización. Me di vuelta estupefacto y una tropilla de siete pendejos (número insólito para un partido, por cierto) se me vino encima con el mismo resultado: pasaron através mio blandiendo sus ahullidos de centro-delantero barítono, con la ropa tironeda por el viento y algún perro cojo que jugaba de defensa. Pasaron sin el menor inconveniente. Podía sentir el sabor rojizo de la tierra que les escoltaba, haciendo de mi garganta un cenicero, pero no podía retenerla. Había desaparecido definitivamente. Todo empezó hace más de un año, cuando noté que casi no se me escuchaba. Decía cosas que nadie parecía entender o atender, y para ser tenido en cuenta, sobretodo en un evento social, tenía que gritar. Pero nunca me gustó gritar, menos en un casamiento o en un restorán, pero la combinación del fondo musical y varias personas juntas me excluían automáticamente. Siempre quedaba afuera, a tal punto que llegué a detectar muchas personas con caspa, de tanto mirar espaldas.

Ahora que pretendo hacer mi propia historigrafía de forma más seria, creo que las telemárketers fueron mis primeras homicidas: el teléfono sonaba y les decía no quería algo que me ofrecían, pero no conseguía que me escucharan. Si llamaba a una empresa, por ejemplo de telefonía celular, generalmente mis reclamos iban desapareciendo conmigo, mis pagos no eran computados y mis quejas se extraviaban en alguno de los patíbulos laterales al purgatorio.

Una de las metástasis más dolorosas de esta enfermedad evanescente fue dejar de pertenecer a ningún grupo o colectivo. Cuando alguien del campo decía que eran el pueblo, yo no estaba -literalmente-, pero tampoco conseguía estar en otro sitio. Si me parecía que la iglesia esta fuera de lugar, que la radio era estridentemente resentida, o que los sindicatos sólo peleaban por cosas que no tenían nada que ver con mi sueldo, o con mi dignidad, la gente -probablemente al tanto de mi dolencia- me gritaba. Y yo no podía hacerme oir. Mi tibiez parecía diluirse en un mundo de violencia: albañiles rompiendolo todo al ritmo de sus celulares, veredas llenas de mierda de perro, y cualquiera metiendo el culo del auto donde podía, aunque yo estuviera parado ahí. Tanto me gritaron, tanto me quedé en silencio, tanto caminé bajo el viento, que mis amigos dejaron de llamarme, mi blog un día no estaba, y esa misma tarde -cuando todavía mis dedos podían prender la pc- noté que ya no estaba en Facebook. No había muro, no había tenido mails, no habia recuerdos, fotos del secundario, o spams con powerpoints machistas enviados por mujeres. Claro, tanto odié todo que me bloquearon. Gracias.

Estoy escribiendo esto en la pared, con un cospel que ya no necesito, después de haber pasado la noche viajando gratis en el E2. Todo un turno sentado junto al chofer, fumigando la ciudad con una ronca serenata negra de gasoil mal quemado. Del Chateau a Barrio Renacimiento y vicerversa, de la noche a la mañana, como un dinosaurio de Charly que se baja en el final del recorrido.-


viernes, 11 de septiembre de 2009

Maestros y Troesmas

(Publicado por la sección de opinión de La Voz del Interior, el 11/9/2009)

Hoy, 11 de Septiembre, día del maestro, debería ser el día de la democracia y para celebrarlo todo el mundo tendría que usar guardapolvos.

Para asistir a la primera clase de la vida debería ser requisito conocer el origen de la palabra maestro. Esta proviene directamente de los romanos, del término latino magistri y que se refería a quienes enseñaban en las casas patricias. Generalmente eran esclavos griegos, más cultos que los propios romanos. Muchos autores consideran que se trata de una palabra compuesta por magis (mas) y ter (contrastativo que se opone a minister, inexperto, aprendiz). Aunque responde a la misma procedencia que magistrado o magistral, términos que conservan la raíz por haber sido actividades destinadas a personas nobles. En cualquier caso, ser maestro era el grado máximo al que podía aspirar todo aquel que no fuera de casta. Enseñar, también tiene una etimología compuesta, pero sobre signare, señalar. Nos habla de indicar el camino y con licencia poética, podría interpretarse como encontrar un camino, un signo. Son sus parientes diseño, asignatura, o significado.

Pasados decenas de siglos, el maestro y la enseñanza, no han variado demasiado. De hecho son los maestros quienes aportan significado a los grandes hitos de la vida. Fue la maestra de primer grado, en 1983, quien nos explicó con gran excitación qué era la democracia, y a fuerza de una semana dibujando en el pizarrón, los alumnos más pequeños del Colegio Mariano Moreno entendimos y comenzamos a poseer la libertad. La maestra de segundo grado me enseño la sensación de estar enamorado (de ella), y así podría seguir año a año, desglosando los principales sustantivos de la vida. En casa me lo explicaban todo, pero sin la excepcional puntería que tenían las maestras al dispararme conceptos en la sien.

La igualdad fue otro concepto que, en un territorio de diversidad, ingresó en mi ideario gracias a la escuela pública. Allí los bancos podían estar ocupados por el hijo de un canillita, o el hijo de un juez, sin que fuera un dato relevante. Tal vez ahora la igualdad no sea como entonces, pero en los ochenta todos veníamos de lugares distintos para estar juntos y de blanco.

Justamente los guardapolvos y su blancura, parecen haber nacido para erradicar la desigualdad y aportar sencillez. Hay un puñado de personas que se adjudican esta idea (Pablo Pizurno o Matilde Figueira de Díaz, entre otros) que nos diferencia de otros países donde se optaron por colores prácticos y oscuros.

La blanca luminiscencia del caso argentino esconde, además de alguna travesura y mucho jabón en polvo, buenas historias: En 1919, gobernando Yrigoyen, se ordenó que quienes no pudieran comprar un guardapolvo, podrían solicitarlo en la cooperadora de la escuela. La prenda para el aprendizaje era un elemento de profundo poder democratizante. Ochenta años después, en 1999, durante la carpa blanca en defensa de la educación pública, los visitantes ilustres que llegaban a ofrecer su solidaridad recibían como símbolo un guardapolvo blanco.

Así como las banderas no se lavan, la mancha roja del guardapolvo que llevaba bordado el nombre de Carlos Fuentealba es indeleble y permanente. Es una herida social que no cicatrizará jamás.

Los troesmas

En Córdoba, una ciudad marcada por su generosa población universitaria, además de maestros tenemos esta especie de docentes, tal vez en extinción. El término troesma supera ampliamente la idea y etimología de maestro. Esta palabra, erradamente vinculada con tetrabrí, tiene su correcta etimología emparentada con sustantivos como totín, gomia o jermu. Todos elementos centrales en la cosmovisión local.

En este caso se hace alusión a una persona que ha dejado de ser un maestro para ascender a una categoría aun mayor, la de los tipos fuera de serie. Ellos son admirados y respetados por igual, y contra la probabilística de la enseñanza, en el caso de los maestros, los troesmas son infalibles. Como el Papa, pero sin celibato.

Un troesma suele haber hecho uno, o varios, hallazgos (por no usar el término milagros) de tal magnitud que es un docente en la vida misma y ya no necesita la formalidad del aula. Su entera existencia ha pasado a ser la de un semidios, a tal punto que generalmente son aludidos con signos de exclamación en frases como ¡qué troesma! Sus alumnos somos todos, porque su ámbito de actuación es la globalidad cordobesa, y dado que no usan guardapolvos es muy difícil saber cuando estamos frente a uno, hasta que exhibe su artillería vivencial. Así como un maestro nos formará lentamente, invitándonos a reflexionar, un troesma es letalmente veloz y nos dejará boquiabiertos.

Ciber maestros

En plena revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, la enseñanza ha roto el paradigma del contacto presencial y a la fecha, es cada vez más virtual. Miles de alumnos, sobre todo de niveles universitarios y de post-grado eligen esta opción en el mundo, y como contra cara, son los alumnos de la enseñanza primaria quienes le exigen cada vez más informatización a sus maestros.

Escuela pública, maestra particular

Como casi todos los argentinos hasta los años noventa, sólo conocimos el abrazo de la educación pública. Y, a diferencia de los cibermaestros, esa educación pública estaba personificada en una mujer grande, de tacos anchos y pollera, con una cabeza coronada por un rodete, y cuya militancia en la causa de la enseñanza le había conferido una presencia mucho más poderosa que la de un soldado, un policía o un juez. Una maestra y su cuerpo desplazaban una onda expansiva de respeto que les confería un poder plenipotenciario. Pido perdón por lo autorreferencial de la ilustración, pero mi abuela Laurita -que era docente pública en varias instituciones como el Carbó, y maestra particular de inglés- me proveyó de la única educación privada que recibí. De hecho fui el último en sentarme frente a frente, en su juego de living (que hoy es mi herencia más preciada), con los libros de inglés sobre la mesa. El mayor inconveniente de mis clases de inglés particulares era que por entonces mi abuela pisaba los 80 años y una fragilidad de memoria que le impedía recordar que clase nos tocaba. La cosa se agravó cuando casi todos los días Martes me ofrecía la misma clase, pero con una solvencia y elegancia tan conmovedora que nunca me atrevía a decirle nada. Es que mi abuela (y como ella, tantas otras personas que leen esta nota mientras una percha sostiene su guardapolvos recién planchado), además de ser una gran maestra, era una troesma.-