sábado, 24 de octubre de 2009

Las pantallas dicen Warhol otra vez

(Publicado en la sección de Cultura de La Voz del Interior en su edición del 24 de Octubre de 2009)


La exposición Andy Warhol, Mr América
Abierta el 23 de Octubre y hasta Febrero de 2010. Museo MALBA / Fundación Constantini, Av. Figueroa Alcorta 3415, Buenos Aires. De miércoles a lunes, de 12 a 20. Entrada General $15, docentes y jubilados $ 8, y estudiantes $ 5. Se trata de una muestra itinerante que ha arrasado en Bogota y, pasada la Capital Federal, seguirá viaje rumbo a San Pablo. La integran 26 pinturas, 58 gravados, 39 fotografías y dos instalaciones, todo proveniente del Museo Andy Warhol de Pittsburgh. Es la muestra más grande del artista pop que jamás haya pisado estas tierras. Además de la exhibición esta previsto proyectar un completo ciclo de cine en Enero, hacer una serie de actividades para niños y diversas actividades paralelas. Bonitos catálogos desde $65.

Todos somos Warhol
La muestra arranca con toda la artillería. Varias pre-inauguraciones y una conferencia de prensa. Allí el curador y el director del Museo Warhol, Thomas Sokolowski, lanzaron un par de conceptos contundentes: Obama es warholiano (obviamente no se llega a presidente de EEUU sin serlo); el límite entre lo público y lo privado se borró con una goma gigante desde la Factory; y Youtube y los realities son la profundización de la filosofía de Andy, quien sin dudas fue el primer Simpson. Él fundó esa línea de pensamiento, esa representación de la psiquis yanqui cuyas piezas son el imaginario de los trabajadores. Él que era un “trabajador más” (por eso factory en lugar de atelier) que triunfó arrastrando su homosexualidad, y toda su inseguridad física, hasta hacer de sí mismo un personaje perpetuo. Enarbolando su peluca plateada siempre prefería conceptos ajenos a las elites, por ejemplo el mismísimo dinero (como los trabajadores norteamericanos). Tal vez por eso fue el primer artista marketinero, y a mucha honra. Ambos especialistas coincidieron en el interés que Perón y Evita hubieran ejercido sobre el artista, sensible a los símbolos, la fama, y lo popular.

El artista
Nacido bajo el monstruoso nombre de Andrew Warhola (1928 / 1987) fue hijo de inmigrantes austrohúngaros. Conoció la estrechez en un hogar familiar construido en la gran depresión. Su salud siempre fue delicada, y en una ocasión sufrió una afección en el sistema nervioso, la que le generó problemas de pigmentación y una obsesiva hipocondría condimentada con una sensación de fealdad irremediable. Con un don creativo prematuro, decidió estudiar “artes comerciales” y rápidamente se transformó en un ilustrador publicitario de referencia. En 1962, ya instalado en NY, se lanza de lleno al arte y monta su debut expositivo en la Stable Gallery, con obras que recorrerían toda su producción como un díptico de Marilyn, las latas Campbell, dólares, y algunas botellas de Coca-Cola. Nacía una nueva estrella mientras Pollock y compañía veían eclipsar su fama. Su técnica era la serigrafía e incluía la utilización de colores planos y potentes. Las obras eran íconos de la cultura norteamericana -que aceleraba su proceso de mundializaba- como Elvis Presley y Elizabeth Taylor o representaciones como sillas eléctricas o criminales. Era actualidad, noticia y deseo. En 1965 se concentra en el cine -piezas que hoy serían consideradas video-arte -y que lo vuelven un precurso a la hora de apropiarse artísticamente de la tecnología. En 1968 recibe seis disparos de un miembro del grupo (sin lugar a dudas separatista). Se salva milagrosamente. Recuperado e iniciados los setentas decide volver a la plástica nadando en la fama. Una infinidad de famosos le hacen encargos, pero se hace tiempo para obras como el Mao de 1972, o nada menos que fundar Interview. Ya en los 80s vuelve a la pintura, a veces en colaboración. En 1987, es internado para operarse de la vesícula. Una operación rutinaria de la inicialmente se recupera, pero una complicación le mata a los pocos días, en 1987.

El curador
Philip Larrat-Smith (1979) es el curador de la muestra y la estrella de las inauguraciones del Malba. Canadiense de nacimiento y con un peinado, por lo menos llamativo, encuadra en el modelo de curador joven y exitoso que debe tener un iphone reventando de mails. Grandes gafas oscuras para un tipo que ha gestionado unas exposiciones antológicas de Louise Bourgeois y Robert Mapplethorpe en el Centro Wilfredo Lam, de Cuba. Sin embrago no consiguió las autorizaciones necesarias para que Warhol llegara a Cuba. Andy sigue siendo difícil. Como respuesta comenzó a agitar el continente y además ya tiene pasaje de vuelta a Buenos Aires, con una retrospectiva de Bourgeois debajo del brazo, en 2010. Ha empezar a ahorrar para el catálogo.

Recorriendo el Malba
La forma adecuada de recorrer la muestra es empezando por el piso superior, el segundo, y -como espectador- eres recibido por un Tío Sam decrépito, registrado en una polaroid de 1981 que pone las cosas en claro: Estados Unidos, tal como lo conocemos no es un país, es una invención de Andy Warhol. El Uncle Sam está secundado por un autoretrato travestido del propio artista que sostiene la angustia y humanidad exhibida en las otras polaroids dispuestas a manera de antipasto para los ansiosos visitantes. Lo próximo que ves es una sala íntegramente dedicada a variaciones sobre “las latas” montadas en un estante. Una museografía atrevida. El tabicado de este piso es un tanto laberíntico para los montajes a los que te tiene acostumbrado el Malba, pero en la sala siguiente además de varias obras importantes se le ha otorgado protagonismo a la proyección de la pieza “Imperio” (originalmente en 16mm). La sala siguiente ofrece cuatro sillas eléctricas en diferentes tonos, y cuando crees que ya estás extasiado, aparecen nueve Marilyns que comparten espacio con las “silver clouds”. Todo es brillo y excitación, será por eso que allí se instaló –literalmente- Marta Minujín toda la noche de la preinauguración. Una delicia para los privilegiados asistentes. La sala siguiente esta vestida con un empapelado de toros que vibra como un tema de los Velvet Underground. Sobre este fondo comparecen las conmocionates Mao (1972), Cruz (1982), y Lenin (1987). Antes de despedirte de ese piso, te ofrecerán un blowjob (“mamada” según el propio museo), una pieza proyectada que movilizó bastante a las señoras paquetas, y un Marlon Brando motoquero extraído de El salvaje, sobre lino. Warhol te saluda personalmente cuando salís de ese piso, con un autoretrato embanderado de 1986. Todo un emblema.
El primer piso, como una suerte de espacio documental, tiene una galaxia de “supernovas”: decenas de fotografías en pequeño formato, tres plasmas y una gran proyección para ilustraran el estrellato warholiano: Yoko y John, Stallone, Schwarzenegger, Truman Capote disfrazado de duende y abrazo a un Andy pasadísimo (vestido de Papá Noel), Liza Minelli, Basquiat, Carolina Herrera y muchas otras estrellas que explotaron porque no podían seguir brillando tanto en ese circo de freaks y celebridades que rodeaba al artista.
Todas las obras están en un estado maravilloso y la iluminación no pude ser más adecuada, técnicamente es una muestra perfecta e insuperable. Una telenovela rodada de manera exacta para que el desesperado anhelo de trascendencia de Warrhol inunde Argentina, siempre en foco.

¡Todos son famosos!
La muestra se completa en la tienda donde podés adquirir un sinfín de souvenirs e inclusive sumergirte en una cabina de fotos instantáneas para que, auspiciante de por medio, cumplas tu sueño del Warhol propio. Luego, en la vereda y con la inauguración en pleno total, el colectivo Lache Rock parodiaba la muestra ofreciendo otros 15 minutos de fama a cambio de que te enteres de su nuevo disco. Una estrategia que ya habían implementado en el ARTEBA de este año.-

jueves, 22 de octubre de 2009

El perfume del punto sin retorno

-Publicado originalmente en La Voz del Interior, en el suplemento de cultura del 22710/2009-
(Sobre Radicante, de Nicolás Bourriaud)

Este tercer ensayo del autor francés llega a nuestra lengua envuelto en una estela de polémica. Con sus anteriores títulos sobre teoría del arte y la cultura, Estética relacional (de 1998, publicado en AH en 2006), y su posterior Postproducción (AH, 2004) el cocoreo ya había sido unánime. Sin embargo Radicante es su obra más irritante porque se dirige al corazón de la tolerancia y la multiculturalidad con una lectura completamente nueva de esta globalización todavía ambivalente. Como si todo el contenido fuera liviano, y muy a pesar de una generación de teóricos sáuricos que se niegan a cederle el asiento a quienes ya llegaron, en su prólogo se atreve a decir que Radicante, más que un libro, es una presentación de powerpoint. Imaginen a los dinosaurios en la cama.


Preparen, apunten ¡fuego!

Esta presentación powerpoint tiene tres partes: la teoría del pensamiento radicante; los casos prácticos -léase obras visuales recientes que ilustran su propuesta teórica-; y por último una reflexión sobre el desarrollo invasivo y desordenado del modelo en la producción, utilización y consumo de la cultura.

La primera sección contiene los aspectos más jugosos y polémicos del libro. Escrito desde una “post-historia que sólo es el software del post-modernismo”, el autor se lanza hacia un afuera que en su caso son hoteles, pero que se expande hacia todos los inmigrantes (cools o famélicos), en busca de una nueva realidad uniformizante. En ese contexto define los híbridos como culturas más o menos genuinas implantadas en un tronco único para darle un perfume exótico y sintético. Hablando de árboles, también echa por tierra al opuesto, esas estructuras flexibles y tramas no jerárquicas llamadas rizomas. El radicante, entonces, es un creador del SXXI que no es radical porque no tiene raíz que le ancle. Por el contrario es “un precipitado cultural”, e integra una nación de artistas e intelectuales nómades que comparten la identidad transitiva, el hablar políglota y un exclusivo arraigo al errático camino de la mundialización.

En esa postura de “altermodernidad”, y tal vez demasiado embalado, Bourriaud comente el peor pecado cuando ataca el último bastión postmoderno conocido como “la dimensión crítica”. Si algo no se puede criticar, justamente es el carácter crítico, moramente diverso, o militante de gran parte del arte contemporáneo. Borriaud atraviesa el punto sin retorno cuando plantea que la pobreza estética, impuesta con tanto trabajo de críticos y curadores, suele esmerilarse con buenas intenciones discursivas. Mucho más adelante, frente a tiempos de “combustión rápida y abundancia energética” ofrece un análisis borgiano extraído de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento que tiene un tiempo y un espacio que se pueden recorrer en ambos sentidos. Propone que los creadores son viajeros acarreando pedazos de esas dimensiones, de un sitio a otro, describiendo un itinerario con la misma aleatoriedad del jazmín de jardín, y su perfume, al invadir nuestros días de primavera postmoderna.

Editado en 2009 y publicado por Adriana Hidalgo Editora ($49)

Sobre el autor: Considerado por una parte de la crítica como un renovador de la teoría del arte y la cultura, así como resistido por astuto y oportunista, Nicolás Bourriaud nació en Francia en 1965. Fue director del reconocido Palais de Tokyo, y fundador de la revista Documents sur l´art dicularie. Como curador dirigió la Bienal de Lyon, representó a Francia en la Bienal veneciana de 1990 y actualmente dirige el Tate Britain de Londres.

La hiedra (Hedera helix), ejemplo perfecto de organismo radicante, está definida como una planta trepadora de numerosas raíces adventicias por medio de las cuales se sujeta a piedras, paredes y troncos. De hojas coriáceas y lustrosas y flores agrupadas en umbelas, no es una planta parásita aunque su denso follaje, cuando está orientado al norte, puede ahogar un árbol.-


miércoles, 7 de octubre de 2009

La cultura, un derecho humano demorado más de 60 años

(Publicado por La Voz del Interior, en la sección de opinión, el 07/10/2009)

El 8 y 9 de Octubre se celebra en Río Ceballos el evento Proyecto 27. Dos jornadas destinadas a reflexionar sobre los derechos culturales como Derechos Humanos. Retoma lo dispuesto en el artículo número 27 de la Declaración Universal de 1948 “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad...

De todos los DDHH, la categoría de los llamados “derechos culturales” es la más olvidada. En más de sesenta años la sociedad sumó esfuerzos para propulsar cambios significativos en campos como la salud, la educación, la paz, o las condiciones laborales, conquistando numerosos bastiones. Existen saldos pendientes en muchos ámbitos, pero de la postguerra a esta parte, los avances son innegables.
Sin embargo, los derechos culturales son considerados por algunos teóricos como una categoría subdesarrollada de los derechos humanos, mientras que otros más optimistas se refieren a éstos como en vías de desarrollo (un metáfora traumática para un país -casi- sin trenes). Lo cierto es que en este ámbito se incluyen potestades cuya vigencia crece aceleradamente: acceso a la información, autoría, expresividad, globalización, pueblos originarios, libertad de expresión, etc. Con ese escenario, en el siglo XXI todos somos culturalmente especiales, porque bajamos música online, porque nos gusta la ópera, porque tenemos un hijo flogger, o porque disfrutamos del Cineclub Municipal.
La discusión sobre el carácter medular de la cultura y las artes, en una realidad de tantas falencias como la cordobesa, es realmente importante. Empezando porque la cultura, es la característica que hace y diferencia al ser humano como tal: sólo el hombre construye y accede a conjuntos de bienes y símbolos que son lo cultural, y que componen dos necesidades imprescindibles: tradición y progreso. En términos globales, hoy también podríamos decir, identidad y diversidad.

¿Para qué cultura?
Todos, hasta los menos informados, tenemos presente que los hospitales deben ser dignos, y que la posibilidad de una educación pública y de calidad es una batalla a muerte. Así, si el hospital no atiende un día, los noticieros deberán hacer notas; el máximo funcionario del área salud deberá dar explicaciones satisfactorias esa misma tarde y, de prolongarse el conflicto, rodarán las cabezas.
De igual forma, si el transporte público no funciona adecuadamente, la furia ciudadana no demorará. Pero si un teatro no ofrece una temporada lírica importante por un conflicto gremial, o si un museo no abre sus puertas en un horario prudente por falta de recursos, difícilmente alguien se indigne en la sede del gobierno. Inclusive llegamos a tener autoridades que exhibieron la falta de inversión en cultura como una virtud. Pareciera suponerse, por parte de algunos políticos, que el acceso a la cultura es una posibilidad superflua y banal, para artistas excéntricos o señoras de rodete y tapado de visón. Es más: si el mar blanco de alumnos primarios, que bulliciosamente visita un museo, no concreta este tipo de actividades (como sí lo hacen a diario en el Museo Palacio Ferreyra) nadie se alarmaría demasiado.
El resultado va más allá de la ignorancia, la desinformación, y la tinellización de la sociedad. En la población crece un cáncer social con sede en el intelecto y ramificaciones en la creatividad. Se trata de una enfermedad fulminante, que empeora mientras menos recursos tengan los damnificados. Si además del abandono público, papá y mama no tienen dinero, o tiempo, (problemas generalmente conexos) para poner unos cds en el estéreo hogareño, es probable que los niños de ese núcleo familiar sufran la amputación de la música. O, sí en casa no hay un sólo cuadro, ni biblioteca alguna (un problema que va mucho más allá de la condición económica de la familia) esos niños desconocerán la lectura, luego el libro. O la asociarán exclusivamente al estudio, quedando mutilada para siempre la lectura por placer de sus vidas. Y la imaginación se retraerá.
El resultado son ciudadanos cada vez más deshilachados como personas, más robotizados en un aparato -con suerte- laboral, y una sociedad próxima a naufragar por falta de elementos imaginarios, abstractos y colectivos que la construyan y sujeten.
La cultura, su calidad y variedad, se degrada o reconstruye lentamente, y hoy este proceso tiene lugar ante la indiferencia de muchos actores de la sociedad, y la complicidad de los espacios de poder. Tratándose de una pérdida por goteo solo se percibe cuando el asunto reviste mucha gravedad.
Es fundamental difundir el derecho universal a acceder y generar cultura, así como reclamar a estados, medios e instituciones, una vida cultural intensa, heterogénea, divertida -por supuesto- y destinada a todos los sectores de la sociedad, con igual trascendencia pública que lo concerniente a la salud, la educación, o el trasporte. Porque la cultura es la salud de la sociedad, y es el órgano con el que se está escribiendo el futuro.-
[Texto completo de la D.U. de los Ds Hs en http://www.un.org/es/ ]