martes, 29 de diciembre de 2009

Nada para ver en Invisible


Cada vez que termino un libro extraigo de ese ejemplar algunas notas que deposito cuidadosamente en mi computadora con la intención, dentro de un tiempo impreciso y fluvial, de recurrir a ellas para ilustrar alguna imagen propia con una mano ajena. El libro Invisible de Paul Auster (uno de mis autores preferidos, lo digo sin avergonzarme) está sobre mi falda y mientras giro la cabeza como si se tratara de un ejercicio de relajación cervical, calculo cuantos libros he leído de él. No consigo un número concreto. Pero sí puedo determinar que, a mi espalda, en la biblioteca tengo doce, todos editados por Anagrama. Esta circunstancia casual posiciona a Invisible con un indeseable número trece, y la profecía está cumplida: esta novela que ha dividido la crítica entre los que la consideran genial y los que les parece lo peor de lo peor, lleva le número maldito. El propio autor se inscribe en el primer bando, aunque seguramente lo hace por contrato. Mientras tanto, el autor de estas líneas se siente más cómodo en el segundo bando.

Sin dudas hecho en falta esa poética austeriana tan urbana y brookliniano que, como la mejores de Woody Allen, hace de la lectura brumosa un placer también presente en guasos como Pamuk.

Invisible abandona ese placer propio de la cerveza espumosa y compleja para transformarse en alguna variante de una ginebra que rasguña la garganta. Aunque nadie se puede considerar bebedor sin una buena curda de ginebra, pareciera que es otro Auster él que mete el dedo en el incesto sin la elegancia de aquellos polvos que nos supo regalar en mejores tiempos encuadernados con el sello A. París, la ciudad que nació escrita y tatuada en la buena literatura, pasa inadvertida en un texto que ha perdido toda el entramado que los lectores de pablito valoramos tanto al destejer sus libros. Y eso es imperdonable. Ojalá que el próximo, ya en las tripas de la industria editorial, nos devuelva esa cadencia de coincidencias a las que nos tiene acostumbrados el azar austeriano.-

lunes, 28 de diciembre de 2009

Bienvenidos a lo desconocido por todos conocido

París, 9 de Abril de 1860. Édouard-Léon Scott de Martinville, imprentero de profesión e inventor de pasatiempo, ha tenido un día excitante. Después de tres años de trabajo, ha conseguido registrar en un soporte diez segundos de la canción Au Clair de la Lune. Édouard (achiquémosle sensiblemente el nombre) ha inventado el primer sistema para registrar audio de la historia de la humanidad y aunque él no disfrutará de grandes beneficios por su patente, y de hecho no alcanzará a escuchar jamás las grabaciones de su autofonógrafo -moriría en 1879-, se ha inmortalizado junto a Niépce que entre 1816 y 1826 había realizado las primeras fotografías, o los Lumiere que en 1895 hicieran la primera exhibición cinematográfica. Con la proeza de los Lumiere se apagaba la incandescencia del inventivo Siglo XIX y terminaba una forma de relacionarse con las creaciones. A partir de entonces, acceder a la creatividad, al arte, al mundo, no exigiría desplazarse hasta el creador, sino que iría allí donde haya interés. Desde entonces, autores y espectadores transitarían un nuevo camino de creación y consumo que no ha parado de simplificar y difundir sus propuestas intelectuales.

No es necesario recordar lo difícil y costoso que era escuchar música en tiempos de Édouard, o tener un retrato en tiempos de Nipce o Daguerre, además de los costos imposibles para casi todos los segmentos sociales. En poco más de un siglo, desde finales del XIX hasta comienzos del SXXI, “las nuevas y viejas discusiones” como plantea Barbieri en la introducción, tienen una vigencia urgente debido a la vertiginosa apropiación que la población está haciendo de estas prácticas culturales. Por añadidura, surgen numeroso debates que se entroncan a lo que muchos años más tarde se llamaría consumo cultural: la cotidiana presencia de las creaciones en teléfonos, plasmas, invadiéndonos; las dinámicas globalizadoras, homogenizadoras, o como se las quiera llamar; los cambios intergeneracionales en la manera de vivir, trabajar, descansar, comer o simplemente disfrutar; la exorbitante disponibilidad de información; o la imposibilidad de escapar a esta realidad envolvente.

Debido a lo actual de los temas abordados y lo interesante de los artefactos intelectuales puesto en funcionamiento por cada uno de los autores, el carácter iberoamericano de las problemáticas y procedencias, y cierta convergencia alrededor del binomio “cultura y sociedad contemporáneas”, el equipo del Centro Cultural España. Córdoba celebra con entusiasmo la edición de estas reflexiones tan vinculadas a sus programas y actividades, en el marco de una iniciativa con el Centro Cultural España en Lima y que ha sumado la colaboración de los Centros Culturales Españoles en Santiago de Chile y Sao Paulo.-

Pancho Marchiaro. Director del Centro Cultural España. Córdoba.Córdoba, Noviembre de 2009

domingo, 13 de diciembre de 2009

Izquierdos culturales

(Publicado en la Revista Escenario de la Fundación del Teatro San Martín, diciembre de 2009)

Lo que en realidad decidí es no escribir esta columna. Es que la nota de Franco Rizzi está demasiado bien: con datos estadísticos, antecedentes, y sentido común. Además de pedirles disculpas a la editora de esta publicación, pensé en pegar un link de la OEI (oei.es/cultura/derechos_humanos.htm). Y listo, Chau. ¿Qué agregar, si además de las propuestas de Rizzi, en el portal de la OEI están las magníficas notas de Hugo Achugar, Jesús Prieto de Pedro, o Janusz Symonides? Prácticamente nada.

Sí valdría la pena, pero a esta altura ya no se si las editoras aceptarán mi columna, mencionar que hay una evidente emergencia del tema derechos culturales, y no está clara la causa.
En todo caso, pareciera ser que las necesidades de valorar lo humano de la humanidad, asentadas en 1948, y que luego fueran eje de infinitas reinvindicaciones a lo largo y ancho del mundo, incluyendo nuestro solar argento -tribu en la cual se llegó a confundir DDHH con izquierda, comunismo, o andá-a-saber-que- se ha trasladado al campo cultural.
Tal vez hemos dejado de vivir en la calle, en el espacio público, para trasladar a la humanidad toda (y sus conflictos, lógicamente) a la virtualidad, lo comunicacional y la información como una nueva forma de relacionarnos. Vivir en la globalidad, inmersos en un baño turco de multiculturalidad, es un desafío de identidad e intimidad que ha destapado la olla a presión de los derechos culturales eclipsando, por momentos los propios debates sobre los DDHH.

Cabe recordar que esta idea de “los derechos culturales como derechos humanos” fue el título de una reunión de la UNESCO en París del ´68, hecha libro bajo el mismo título poco después, y –no es necesario recordar- que entonces los malos eran de carne y hueso, y la batalla se libraba en la vereda, a trompadas o tiros. Ahora tenemos la sensación de enfrentarnos a La Matrix -que en lugar de estar compuesta por estados y dictadores, como la segunda mitad del SXX, está diseñada por megacorporaciones -con presupuestos más grandes que países- y anónimos ratones (podría decirse mouses) como adversarios. La necesidad de ejercer nuestros derechos culturales está, por consiguiente, en tiempos de una angustiosa actualidad y una circulación discursiva de doble sentido. Por un lado debemos evitar el suicidio de volvernos radicantes, como propone Bourriaud, rizomáticos, como señala Deleuze, o sencillamente peces globales sin tener garantizado -pero en serio- que la promesa del viaje hacia el progreso incluya una cantidad razonable de opciones y algún recurso de identidad, como para poder volver de ese viaje. Por otro lado, una vez navegantes o náufragos de la mundialización, los derechos culturales adquirirán otra realidad muy concreta ya que “el acceso a la información”, estando online, tiene un dimensión más problemática.
La garantía de la “correspondencia privada”, por ejemplo, que históricamente nos remitió a una imagen imaginaria de Fidel leyendo a hurtadillas las postales de Hilda Molina, hoy tiene otra talla si tenemos en cuenta que gmail me ofrece vacaciones en Brasil si un correo recibido dice veraneo en alguna línea. Gmail me lee la correspondencia. Tampoco es secreto que alguien no me está dando mis “partes del progreso científico y sus beneficios”. Es más, algunas empresas me dicen que mis propias fotos les pertenecen por estar en un álbum de su plataforma (como si Canon me reclamara las fotos tomadas con mi/¿su? cámara), pero esas mismas empresa me recuerdan que el software que yo compré, en realidad me lo prestaron. Un ejemplo fantástico -pero muy real- e irónicamente coherente sucedió en Agosto con la obra literaria 1984 de Orwell que fue borrada de manera remota y compulsiva de todos los Kindles que la hubieran comprado, por un problema de la empresa. Es como si Rubén (de Rubén Libros) pasase por mi casa y se llevase un libro que nos vendió sin que podamos hacer nada.
Si en 1968 los derechos culturales eran los que son y aun no hemos logrado demasiado, no quiero imaginarme que pasará con estos nuevos izquierdos culturales que viene a sumar complejidad y profundidad a su debate.-

(La idea de izquierdos de autor, para referirse a los derechos de autor registrados de formas alternativas fue acuñada por el gurú del software libre, Richard Stallman -quien no creo que me reclame copyrights-, pero vale la referencia.)

viernes, 4 de diciembre de 2009

Un Puente para Cada uno

(Publicado por La Voz del Interior en su sección de Opinión, 4/12/2009)

Encontrás un trébol de cuatro hojas. Ves pasar una estrella fugaz. Vacías el monedero en la fuente del Buen Pastor o levantás una herradura hirviente del asfalto. Todo para pedir un deseo: Querés estar mejor, que pase algo nuevo, algo excepcional. Muchas personas con discapacidades, aquí en Córdoba, sin amuletos ni supersticiones desean algo más sencillo y elemental, quieren ser como vos. Antes de tirar la moneda, anhelan llegar a la fuente del Buen Pastor por una rampa, se sentirían felices de poder circular por unas veredas que no tengan los obstáculos para ciegos que todos vemos a diario, y rezan para que las construcciones dejen de discriminar obscenamente a los transeúntes incapaces de hacer demostraciones olímpicas de salto en alto. Otros sólo querrían saber cuando el semáforo esta en rojo por su pitido, o simplemente tomarse el colectivo para ir a trabajar.

A partir de la decisión tomada por Naciones Unidas en 1983, y ratificada en la Argentina por el Congreso Nacional con la ley 25.346 del año 2000, cada 3 de Diciembre es una invitación a reflexionar sobre la problemática de las personas con discapacidades, su lucha permanente y el lugar que cada uno de nosotros, ciudadanos, queremos tener en esa batalla. Sabemos que el estado, gobernado por nuestros representantes, no hace lo que debería. Pero nosotros en cada esquina, en nuestra vereda, en nuestro lugar de trabajo ¿hacemos algo?

Cuenta Paul Auster en Fantasmas, su novela policial más metafísica, que Washington Roebling era el ingeniero en jefe encargado del puente de Brooklyn. Había sufrido una aeroembolía, dolencia que le impedía salir del elevado piso en el que vivía con su esposa. Sin embargo, desde ese departamento y con un telescopio como herramienta, supervisaba ininterrumpidamente toda la construcción del puente enviando cada día a su compañera con gráficos para los obreros. Éstos en general no hablaban inglés, pero usaban sus dibujos para ejecutar todas las obras. El puente, según Auster, existió siempre en la cabeza de Roebling, quien lo construyó pero no lo piso jamás. Córdoba, esta hermosa ciudad en la que vivimos, tiene muchos Roeblings imaginándose una mejor calidad de vida, luchando por concretar esta obra tan sencilla que es un urbanismo más accesible, y con una ventaja enorme: a diferencia del personaje literario, lo están haciendo desde la calle.


A la maestra con amor

Debo decir que en mi caso no encontré el trébol de cuatro hojas, sino que tuve mucha más suerte: a todo me lo enseñó Verónica Vanadía, la activista y artivista abocada a temas de accesibilidad que tenía una ciudad de Córdoba mejor en su cabeza. Pero la semana pasada un derrame interrumpió su trabajo. Tenía 35 años y su tarea de hacer más justo y bonito este lugar en el mundo se detuvo.

Estábamos ocupados despidiéndola en Minolli cuando muchos de los asistentes que habían llegado con gran esfuerzo, debieron quedarse fuera debido a los escalones del ingreso y la incapacidad de los propietarios para ayudar. La presentación por escrito se redactó en el acto y está firmada con lágrimas y rúbricas por igual. Incluía un puente de Brooklyn por persona. Si no pueden verlos es porque todavía están ciegos.-