lunes, 31 de enero de 2011

El peso de las monedas

(Publicado por La Voz del Interior, el domingo 30/1/2011, en el Suplemento)

O: la teoría evolutiva de los pesos

El dinero tiene una inmediatez tan fuerte, sobre todo cuando se va, que pareciera haber sido inventado recientemente. Tenemos la sensación de que la plata salió ininterrumpidamente de una impresora Epson conectada a la PC del Ministro de Economía, pero sí tiene una historia. Aunque no está debidamente historiografiado, hay cierto consenso en considerar al Peso Mexicano (con merecida mayúscula) el abuelo de la gran familia de pesos que hoy existe en América. Se debe tener en cuenta que hay, al menos, ocho pesos: dos tipos de pesos cubanos (el CUP y el CUC), uno uruguayo UYU, uno chileno CLP, el colombiano CO, el dominicano DOP, el mexicano MXN, y nuestro ARS.

El peso mexicano nació en épocas de la colonia española, allá por 1535 como correlato de la reforma monetaria española y se denominó inicialmente Peso Fuerte o Real de Ocho. Tal como Herodoto reconociera de Lidia, en México había minas suficientes para abastecer la demanda de una casa de la moneda. Esta inició su andadura nada menos que en el patio del palacio de Hernán Cortés. La alta valoración de esta moneda se debía a la exactitud de su contenido en plata (27.47 gramos de plata .9305) y fue justamente el peso del Peso lo que lo internacionalizó llegando a ser una moneda de curso frecuente en Europa y Asia. Su supremacía llegó al extremo de desbancar (vaya término para este uso) la utilización de la seda en las transacciones de Oriente, e incluso era normal que los emperadores asiáticos pusieran su sello sobre el Peso o Real de Ocho para ratificar su eficacia.

Dólar: decile papá

Este abuelo de todos los pesos, era utilizado hacia el norte y sur del contienen Americano. En EEUU fue una moneda válida antes, durante y después de la creación de la Casa de la Moneda norteamericana (1792) funcionando en el país de Lincoln hasta 1857, y hasta 1865 en los estados esclavistas. Debido a esa influencia tan importante, los dólares basaron su valor en este referente (también llamado dólar español) y fueron los yanquis, con su precisión para dar vueltos, quienes comenzaron a dividir las monedas “real de ocho”, justamente en ocho pedazos. Hacía falta cambio. Ese carácter octogonal de la economía americana persistió en la Bolsa de Nueva York hasta 1997, cuando las acciones dejaron de venderse en unidades y octavos de dólar. O en las monedas quarters, resultado de unir dos octavos.

Nuestro peso específico

La popularidad de los pesos, nombre que remite llanamente a que cada moneda o billete representaba una cantidad de metal precioso, hizo que en nuestro país se adoptara como moneda desde 1881.

Su primer período abarca desde 1881 hasta 1969, bajo la denominación de Peso Moneda Nacional. Estaba enmarcado en la Ley 1.130 que tenía por objetivo unificar pesos fuertes, pesos moneda nacional y varias monedas extranjeras que circulaban indistintamente.

En 1970 se promulgó la Ley 18.188 que impuso los pesos del mismo nombre ($Ley 18.188). Ese nacimiento estuvo marcado por una particularidad: durante un tiempo se siguieron imprimiendo los viejos billetes, pero con un sello que restaba tres ceros a su valor. La intención del nuevo Peso Ley era reducir las cantidades para simplificar las operaciones y, por ejemplo, ajustar la utilización de las cajas registradoras que emitían cifras espaciales. Pero no tuvo suerte y en 1983, con muchos ceros a cuestas, dejó lugar al Peso Argentino.

El Peso Argentino, por su parte, tomó aliento con el Decreto 2.270. Pero ese aliento se transformó en halitosis cuando se comió cuatro ceros más. Sólo dos años más tarde, un frío 14 de Junio de 1985 nacían los Australes. La nueva denominación contaba con una batería de monedas que arrancaba en el medio centavo de Austral. Esa monedita (A1/2) representaba 5.000 viejos Pesos Argentinos, 50.000.000 Pesos Ley, y 50.000.000.000 de Pesos Moneda Nacional. Los Australes sirvieron a la patria hasta su jubilación anticipada, el 10 de Octubre de 1991, cuando los pesos renacerían dejando atrás, eso sí, a cuatro ceros más.

Convertibilidad que estás en los cielos

El dinero que actualmente circula por el sistema bancario argentino se denomina simplemente Peso, pero inicialmente fue bautizado Peso Convertible. Debutó el 1 de Enero de 1992 como resultado de la sanción de la Ley de Convertibilidad 23.928 que establecía la paridad con el dólar, pero el 7 de Enero de 2002, bajo la presidencia del Dr. Eduardo Duhalde, perdió el apellido en una recordada sesión parlamentaría que derogó la ley 23.928. Actualmente hay una fuerte presión para que se diseñen nuevos billetes de $200, e inclusive de mayor denominación. En Europa, por ejemplo, hay billetes de hasta 500 euros. A esta altura ¿Alguien recordará que el billete de un peso, el desaparecido azulito, llevaba el rostro de Pellegrini?

Pero además existen –sí, aunque se dice que es una leyenda urbana- monedas de 1, 5, 10, 25, 50 centavos y 1 peso. Las más pequeñas de la dinastía ya no se fabrican aunque gozan de curso legal, mientras que los billetes circulantes, han sido rediseñados en 2008.

Se han lanzado varias series de monedas denominadas conmemorativas que se caracterizan por tiradas pequeñas, destinadas casi exclusivamente a numismáticos. Normalmente no llegan al interior, pero vale resaltar que en 2010 se imprimió la tediosa edición celebratoria de los 75 años del Banco Central con piezas de $2 en plata y níquel, y $5 en oro. Ese mismo año también salió la prometedora serie del Campeonato Mundial de Futbol Sudáfrica 2010 de $5 en plata y $ 10 en oro. Un golazo.

Cosas que se hacen con dinero

Infinidad de películas tiene como protagonista principal al dinero. El Color del dinero (1986), de Martin Scorsese es un mar de billetes donde nada Paul Newman. Casino (1995), son tres horas del mejor Scorsese, y en el mar de fajos verdes se zambulle Robert De Niro, Sharon Stone, Joe Pesci y James Wood. Imposible no clavar el zapping en esa obra maestra. La Comunidad (2000), de Alex de la Iglesia también gira en torno al vil metal. Pero la vileza cobra una domesticidad patética y cargada del mejor humor negro español.

Argentina tiene su cine monetizado con Plata Quemada (2000), el Aura (2005) y Nueve reinas (2000) ambas del director Fabián Bielinsky. El caso de Nueve Reinas es especialmente interesante al combinar la dosis exacta de plata y argentinidad (etimológicamente descendiente de plata por argentum en latín).

Los anglosajones son expertos en la literatura dineraria. Existe infinita cantidad de obras que luden al tema, pero Dinero (1984) del inglés Martín Amis es una obra genial, cruel y divertidísima. Ideal para ejercitar el cinismo. La invención de la soledad (1982), de Paul Auster aborda con la poética habitual del autor norteamericano en la zona de intersección entre la paternidad, la filiación, la herencia -material y emotiva- y el dinero.-

domingo, 30 de enero de 2011

Dinerolandia: El cajero como tótem

(Publicada por La Voz del Interior, 30/1/2011, Suplemento Temas. Ilustración de Javier Candellero)

-ojo este es el post 200 del blog, nada mal eh!-

Creemos, por sobre todas las cosas, en el dinero. Aplaudimos cada aparición de efectivo y rechazamos la blasfemia de los cajeros inertes, secos por dentro. Esta es una reflexión sobre los billetes y sus poseedores, o todo lo contrario, sobre nosotros y lo que nos posesiona: el dinero.

Conozca como funciona el organismo social

Nuestra sociedad es un ser extraño. Si el cráneo de cualquier ser vivo contiene lo importante, sus deseos, y si los deseos alojados en el hemisferio izquierdo del cerebro se transforman en latidos del corazón, en sangre, en millones de glóbulos rojos alimentando los músculos. Si esa es la base del movimiento hacia un futuro mejor lejos de los excrementos que ese mismo cuerpo expulsó, entonces nuestra sociedad es mucho más monocorde en su funcionamiento. Su deseo es el dinero, por sus venas -las ciudades y sus calles- corre dinero, sus pequeños individuos -nosotros- funcionamos en base al dinero, y jamás conseguiremos movernos muy lejos de nuestros excrementos, o sea, el dinero.
En términos comparativos, pero siempre dentro de la biología, la búsqueda de la felicidad le exige a los humanos pequeños trayectos, viajes de poco más de un metro. Esa es la distancia que separa a la billetera del corazón y nos deja, como especie, muy atrás en la cadena evolutiva si se nos compara con la gaviota Sterna paradisaea (el Charrán ártico), un ave que recorre 22 mil kilómetros desde el Ártico hasta la Antártida buscando su felicidad. Mientras las peores colas de un banco miden una insufrible cuadra, recorrido necesario para recibir lo que es nuestro, algunos Puffinus puffinus (la Pardela pichoneta) viajan 8 millones de kilómetros en sus 50 años de vida, buscando la alegría alrededor del globo.
Ambas especies, por poner un ejemplo, se sienten satisfechas si consiguen un par de gusanos, o un pececito, para alimentar su nido. Nosotros dudamos de todo el sistema si los cajeros amarillos no escupen una sana cantidad de billetes con la cara de Roca y el pituco olor a bóveda del Banco Central, al ingresar nuestras coordenadas bancarias.

El cisma del oro

La obsesión por el dinero contante y, sobre todo sonante, adquirió una extraña actualidad en este comienzo de año, cuando se incrementó una proporción incomprensible: a más voracidad de efectivo, más constipación en los cajeros automáticos. Todos quisieron tener su dinero en el bolsillo porque en realidad, todos tienen el dinero en la cabeza. Pero la glotonería financiera no es una novedad ni un localismo. Hablamos de guita todo el tiempo porque vivimos en un eco-sistema mundial donde la anteposición eco ya no referencia la ecología sino la economía.
Extendiendo la mirada hacia el ancho del planeta, insistentemente escritores y realizadores cinematográficos basan sus obras en la figura del padre, y del dinero. De Kenzamburō Ōe a Jonathan Franzen, de nuestro Juan Filloy a Martin Amis, papá y dólares son el motor de los relatos. Incluso superponiéndose, como en el caso de Wall Street II (El dinero nunca duerme) de Oliver Stone. Tal vez, ambos sustantivos sean los extremos de las creencias contemporáneas, las referencias deseadas para pensar en términos de amor, autoridad, poder y materialidad. La actualidad, en el mejor de los casos, está compuesta por un mundo familiar, inalcanzable e íntimo, y otro susceptible de ser cuantificado en billetes. Ambos mundos coinciden a las siete de la tarde cuando los padres abandonan su actividad productiva y regresan al hogar.
Pero el Dinero, “el único Dios verdadero” según el poeta Joaquín Sabina, es una deidad que ha invertido mucho tiempo para esclavizarnos hasta nuestro estado actual. El historiador griego Herodoto consideraba que fue en el reino de Lidia (hoy Turquía) donde se inventaron las primeras monedas para superar la antiquísima e ineficiente costumbre del trueque. En esa remota geografía, hacia el siglo IIV AC, se empezaron a acuñar monedas de oro y plata amalgamadas y se las llamó electrón. Tenían grabado un león representativo de la realeza y su valor se elevaba a la paga mensual de un soldado. La alquimia entre trabajadores y monedas se forjaba gracias a la gran disponibilidad de oro que emergía de las minas áureas de esa zona.
Sin embargo, lo interesante del sistema no era -lamentablemente- ni el león ni el trabajo, sino su valor garantizado por el metal precioso. Las monedas de oro no eran un bien en sí mismo, sino un recurso para transformar los deseos en realidad. Comer, vestirse, y cualquier otra necesidad se podría afrontar, desde entonces, con la garantía que la paga valía su peso en oro. Esta solución se universalizó y cualquier unidad monetaria representaba una cantidad de oro, guardada en algún sitio misterioso.
Muchos siglos y un Cristo después, con la Segunda Guerra Mundial finalizada, comenzaría el periodo de hegemonía norteamericana que, en materia financiera, se tradujo en los llamados acuerdos de Bretton Woods. Lejos de ser un señor, este era el nombre del hotel donde se escribieron las nuevas reglas globales para la creación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. También se estableció que todas las monedas serían convertibles a dólares. Sólo este valor supremo para la humanidad sería transformable en oro. Nacía el billete de los billetes. Tal vez por eso los dólares rezan “in god we trust”, aunque lo más honesto hubiera sido “in gold we trust”.
Sin embargo esa facultad dorada del dólar duró poco y se diluyó en los setentas cuando Nixon, en plena crisis por la guerra de Vietnam, canceló unilateralmente su convertibilidad. Y devaluó. Pero Wall Street, las bolsas del mundo, y el enjambre de economías nacionales continuaron zumbando en torno a la miel de los mercados sin detenerse. Como consecuencia, desde 1973 en adelante, los billetes de cualquier nacionalidad no cuentan necesariamente con su correlato en oro, como imaginamos en nuestros poco freudianos sueños financieros. Ahora las monedas nacionales son una abstracción regulada por las autoridades monetarias con el objetivo de evitar picos de inflación cuando el mercado se empacha con divisas circulantes. Pongámoslo así: la plata actual es un pacto entre todos los integrantes de una sociedad que acceden a reemplazar sus bienes por símbolos monetarios. Su respaldo es, hoy por hoy, la totalidad de los bienes y servicios de esa comunidad. El circulante es simplemente una promesa de cobrar nuestro trabajo, de concretar nuestros anhelos.-

Inflaciones bien infladas

Grady, uno de los personajes flotantes en Crucero de verano, de Truman Capote, se tranquilizaba al pensar “soy rica, resido en una isla llamada dinero”. Pero las islas económicas flotan poco, así como la exageración en materia monetaria crea inflación y conduce al hundimiento. Paradigmáticamente, si una economía se infla, no flota sino que sumerge a su población. Nosotros la vivimos hacia finales de los ochenta y en la actualidad la miramos de reojo, pero la República de Zimbawue sí que tuvo inflación. En Marzo del 2008 el índice de ese país trepó hasta el 100.000 %. Para visualizarlo alcanza con considerar que el pan llegó a costar mil veces más, en poco tiempo. Los dólares zimbawuenses, nacidos con intenciones de convertibilidad, sufrieron una reducción tan grande que hace relativamente poco era necesario reunir entre 30 y 100 millones para obtener un dólar verde. A manera de ejemplo, y para simplificar la actividad cotidiana, en Julio de 2008 el gobierno puso en circulación el billete de Z$ 1000 millones, útil para adquirir cuatro naranjas.

Este pueblo se las vio (tal vez por ser africano) mucho más negra que nosotros cuando abandonamos nuestro austral, huyendo de la inflación, y le dimos la bienvenida al peso “convertible” reconocido con el código internacional ISO como ARS 032. Los pesos actuales nacieron como consecuencia de la Ley de Convertibilidad de 1991, aunque su veracidad cambiaria persistiera hasta 2002. Nuestra moneda, que tanto cuesta sacar de las tripas de los cajeros, cumplirá veinte años en cuestión de meses siendo, según el ministro Boudou, el país del mundo con más circulante.

Los mineros chilenos rescatados -hasta hace poco un ícono de la solidaridad, el compañerismo y la calidad humana- han reconocido que el veneno inoculado en la tinta de los billetes, aquello que los hace legítimos, es más potente que la amistad. Vaya cachetazo para hacernos ver qué efímera es la voz de la amistad y qué potente el tintinear las monedas.


El capitalismo como herencia
Por un padre ausente en lo cotidiano y muy presente en la jerarquía familiar, actualmente buscamos en el magma de producciones simbólicas a ese referente que estuvo ocupado, probablemente intentando amasar una fortuna. Una herencia contable para terminar legando la vuelta materialista que remata el espiral de nuestro ADN. Los progenitores, sinónimo de sabiduría, de palabras justas, de la última contención, a veces escriben con tinta genética los cromosomas de una sociedad que, en lugar de poner el dinero a su servicio, sirve cotidianamente al sistema económico. El enorme pintor Francis Bacon dijo “El dinero es un buen sirviente, pero un pésimo maestro”, buena reflexión para plasmar que el capital es un estigma que condiciona la especie humana hacia un número, una abstracción sin símbolos ni deseos.
No vamos hacia ningún lado en el círculo de la economía aspiracional. Somos, como sociedad, padres del dinero. Formamos hijos del dinero, más pobres cada día.-

lunes, 24 de enero de 2011

El cuerpo como Lienzo. Recorrido vespertino con Soledad Sánchez Goldar

(Publicado por la Revista Ciudad X, en su número de Enero 2011)

Una tarde con Soledad Sánchez Goldar (33 años, artista del cuerpo y performer) termina cuando, ya de noche, llega a dar clase y en la vereda la espera un tipo con una máscara de luchador mejicano. Esa misma tarde empieza en el Bar Estación 27, un lugar que todos consideramos nuestro.

La siesta pasa desapercibida mientras la protagonista es entrevistada por una estudiante de fotografía llamada Lucila. Lucila trabaja en su tesis y Soledad le responde a conciencia. La luz del sol nos abandona para inclinarse por el mejor tostado del mundo y una taza de té (que la artista pareciera llevar a todos lados) despide esperanzadores reflejos de luz. La banda sonora de la entrevista es gentileza del bar y consiste en una sucesión de Oasis, Blur, Moby y otras adorables decadencias completamente fuera de estas coordenadas tiempo / lugar. Los objetos imponen su poética a un playlist que estamos seguros de haber escuchado, exactamente igual, hace unos 13 años.

Un cuerpo colectivo

Sus trabajos dejan huella en ella misma: son tatuajes que, como un reloj dérmico, señalan un tiempo, sitúan hitos, destacan unos cuantos megas de memoria humana. Nunca en su vida debe haber usado una cartera (usa mochila), pero hace poco le dijeron señora y está desencajada. Claro, se trata de alguien que es, por definición, roquera. O, más precisamente, hardcore. No ve tele, no come carne desde 1997, no toma alcohol ni se droga, no toma Coca-Cola, no sabe manejar, no usa Nike (escondo las mías debajo de la silla), ni Levi’s, es antiiglesia y no cree en la sobrevida pero sí tiene alma: “si no todo sería demasiado triste”.

Cuestiona lo institucionalizado desde su posición de artista y cree, eso sí, en la gente. Cree en la estudiante dubitativa que le entrevista sin certezas en sus preguntas, o en el dramaturgo Jorge Díaz, un primer referente de su trabajo, quien además la impulsó hacia la performance. Cree en amigas y amigos como las Azul Pthalo, con las que compartió el final de los noventa y el principio de su carrera, cuando todo era conjunto y colectivo. Cree en Alberto (Ligaluppi) y en Gabriela Halac. En su trabajo para Luis González Palma, así como siente que Cheté Cavagliatto y Santiago Pérez contribuyeron en su formación, allá cuando el infierno se materializó en Córdoba.

Y cree en Christoph Bertrams, el mítico director del Goethe que agitó las aguas de la cultura de Córdoba durante la mansa mar menemista. Desprecia el proyecto Museo Palacio Ferreyra (hasta el punto de que es co-autora del blog crítico: medialeguadeoro.blogspot.com) y adora a Casa 13. Cree en el arte, en eso sí que cree, y en el teatro que se rompió.


Un país propio

Soledad Sánchez habla de manera extraña, como si acabara de llegar de su Buenos Aires natal, pero con una larga estadía en Francia y Japón, o en el indescifrable país de las performers. Una de sus particularidades es que dice unas “u” muy profundas. Es, ante todo, una mina expeditiva que no tiene tiempo para ir a la peluquería. Tiene un cuerpo frágil y femenino, y un cuerpo social que es el de todos nosotros, con unas manos de largos dedos que utiliza para taparse la boca cuando piensa. Dice que hoy dará clases a sus alumnos de perfomance, y mañana tomará clases de skate. Boca tapada: pensamiento.

Su trabajo es fundamentalmente un ejercicio de memoria desde su cuerpo, un organismo que, según ella misma, se deteriora como su capacidad de evocación. Escribe en “esas hojas que son su cuerpo” con tatuajes y se reconoce atravesada por la última dictadura, particularmente ahora que juega menos en sus obras. El físico del artista es un lienzo social que va condensando historias para obtener un eco político que se vuelve indeleble al superponerse sus trabajos uno sobre otro. A veces pensamos que sus acciones son dulces pero permanentemente hay una nube de tragedia espesándose sobre su producción. “Es que todavía me duele”, dice alguien que llora mucho debido a que su mamá le traspasó el dolor de los años pesados cuando, estando embarazada de ella, su padre Juan José Sánchez fue secuestrado y, tras salvarse milagrosamente, se vio obligado a exilarse en México. Mientras, su tío desaparecía hasta ese desapacible nunca donde aun esperan algunos de nuestros parientes. Probablemente jamás deje de sentirse triste quien gesta desde el pozo familiar donde llovió bronca y ahora brotan sus trabajos más comprometidos. Aquellos que se expanden como la hiedra en un día soleado, por un cementerio sin nombres, hacia las zonas abstractas del arte.

En el camino desde Estación 27 hacia el Museo de la Memoria, donde alguien relata su horror en tiempos horribles, nos detenemos en una librería de usados frente a una parada del transporte público. La gente ensucia la ciudad, los colectivos contaminan, y aparece una edición desvencijada pero valiosa del Ulises de Joyce. Soledad sólo está interesada en un gato malaonda que no sabe recibir afecto, y mientras tanto comienza a transformarse en una obra viviente para llegar al museo hecha una elegía combativa y poética. Entrará. Irradiará interrogantes. Gestionará algo. Saldrá. Dice que no es famosa, pero que aprendió a difundir su trabajo. En esta ciudad, en el país –movilizando la Feria ArteBa con su trabajo Cuerpo en venta–, “de tanto moverse”, reflexiona, mientras mira otra noche que se derrite sobre su mochila. Y aun debe reunirse con sus alumnos. Uno de ellos, de tarea para el hogar, debía usar durante una parte del día la máscara de luchador mejicano que lleva puesta. A esta hora ya respira ruidosamente. Todos debían traer una redacción y lo hacen.

Soledad las escucha una a una. Tiene tiempo, tiene su cuerpo listo para imprimir otra historia, otra obra. Tiene esa luz que no parece venir desde la tristeza pero que encadila.


Soledad en soledad.

Soledad Sanchez Goldar. 1977. Es licenciada en teatro por la UNC y artista por derecho propio. Ha integrado colectivos como Azul Pthalo junto a Nora Sara, Carolina Vergara, Josefina Assumma y Soledad Simón, la dupla Sánchez Vergara, y más recientemente Demolición/construcción. Además ha gestionado festivales y propuestas como La Nariz en la taza, Crear Bosques, Anatomía 02, el sello Industria Doméstica o la Redlap, entre otros. Es investigadora de la Facultad de Psicología y coordinadora de un taller de performance. Sus acciones la han llevado por los barrios de Córdoba y por los barrios del globo en las bienales Horas Perdidas, o las Jornadas para la liberación de Oxígeno, ambas en México; La bienal de performance Deformes de Chile; o el Open Arte festival de China, entre otros. Su arte es fundamentalmente político, no solamente por aquellos trabajos que conectan la represión con su cuerpo. Permanentemente denuncia, con la utilización del tatuaje como pincel, el abandono del espacio público, la autogestión como mecanismo de acción, y piezas que invitan a reflexionar sobre el consumo, como Livais o Cuerpo en Venta /

Efecto Varicela. En este trabajo vendía las señalizaciones propias de las galerías en una feria de arte (en este caso arteBA), imponiéndose un tatuaje para siempre por cada adquisición. Con este trabajo plasmaba las dificultades de sostener su arte como actividad profesional.


http://www.sanchezgoldar.blogspot.com

miércoles, 19 de enero de 2011

Vacaciones: Toda la vida en dos semanas

(Publicado por La Voz del Interior, en su Suplemento dominical Temas del 16/1/11)

Pareciera que los trabajadores siempre contaron con un tiempo de descanso. Pero es un derecho moderno y tiene su historia ¿Cómo se inventaron las vacaciones y para qué sirven?

Parece increíble que hayamos trabajado un año entero para descansar, con suerte, un mes. Según algunos estudios, tal vez la proporción sea aun peor: un año -cincuenta semanas trabajadas- y dos para vivir realmente. En todo caso, esas dos semanas condensan la magia de la libertad y el descanso, la promesa de compartir con la familia, o huir de ella. De viajar, de dejarse la barba, o leer compulsivamente. Realmente hacemos lo que queremos hacer, una pequeña parte de nuestra vida.


El descanso como un derecho

A diferencia de la monótona fetidez cotidiana, durante el descanso laboral sentimos esa excitante promesa de estímulos que se chocan, como en un espumoso brindis de amigos, y cada año pensamos que esas semanas no laborales alcanzarán para enseñarles a nadar a nuestros hijos, visitar los parientes más remotos, viajar y quedarse en casa, ver todas las películas nominadas a los Oscars entregados y por entregar, y un etcétera tan largo que no deja de ser un reflejo de nuestro comportamiento el resto del año al exigirnos por encima de nuestras posibilidades de recreación, comportándonos como si la matemática del reloj fuera una ciencia flexible.

No es demasiado original pensar que los primeros recuerdos de nuestra consciencia emerjan de ese tiempo de distracción familiar. Por ejemplo recuerdo, casi en orden, que me inicié en la natación en la escuela de verano del Colegio Alemán con el infalible método de ser empujado a la pileta; otro año escuché a mi hermano aprendiendo a silbar durante cientos de kilómetros en una R6 gris liderada por mis abrumadoramente calmos padres; luego cavé el contorno de la carpa de mi amigo Jorge Videla (cuando se creía que una canaleta evitaba inundaciones), y esa misma semana bucólica vi despegar el sobretecho como si fuera un OVNI. Otro año se caracterizó por sortear cada noche la cucheta de arriba, en la casa de mis primas en Icho Cruz. Recuerdo un verano con mucho olor a pino de Calamuchita, y otro caracterizado por la nafta común en los kartings de Carlos Paz. Y el amor. Esa bendición que indefectiblemente sobrevolaba cada vacación aterrizando sobre la vecina de enfrente, la prima anfitriona, las chicas de la renoleta roja, y todas esas personas que entre olas y sierras viven en los viejos almanaques de enero, con una cara perpetuamente tostada y, en nuestro recuerdo, con la común sensación de tener arena allí donde no conviene.

Pocos lo saben, pero conseguir que el corazón y las olas palpiten al mismo ritmo, lejos -literalmente lo más lejos que la billetera nos lleve- del sofocón laboral habitual es un conquista relativamente reciente, por lo menos en términos históricos. Así como los argentinos inventamos el colectivo (para ir a trabajar), o el secador de piso (no es un mito, fue Raimundo José Fandi en 1953, inventor profesional según la Asociación Argentina de Inventores), los franceses inventaron el cine, el champagne y, en 1936, las vacaciones.


Conozca al verdadero Léon de Francia

El descanso puede servir para evocar aquellos tiempos remotos mirando a las flores cosmos recubrir las sierras al ritmo de la composición que interpetan las chicharras desde el algarrobo, o para discutir en la mesa de un bar los problemas de la sobreexigencia laboral que nos esclaviza con la promesa de más consumo. Pero lo ideal sería rendirle un justo homenaje al primer presidente socialista de la Tercera República francesa.

Léon Blum (1872/1950) nació en el seno de una familia judía y se abocó a la literatura y la política francesa desde muy joven. Lideró el Frente Popular (agrupación socialista que incluía la sección francesa de la Internacional Obrera) mientras dirigía el periódico Le Populaire. Obtuvo una victoria electoral histórica en 1936, siendo designado presidente en Junio de ese año. A la derecha de Francia, Alemania fermentaba desde 1933 su peor catástrofe de la mano del jefe de estado y futuro comandante supremo, Adolf Hitler. Francia daba a luz los derechos de los trabajadores, mientras Alemania esclavizaba a su población en las líneas de producción fabriles bajo una lluvia de promesas demagógicas para los empleados y, en simultáneo, la disolución de los sindicatos.

El gobierno socialista francés era tan promisorio que incluía en su gabinete a tres mujeres cuando las chicas aun no votaban, un área de deportes y organización del ocio, y la voluntad de empezar desde abajo, por los obreros. Lo más significativo de ese breve gobierno (Blum se vio obligado a dimitir en 1937) fue la sanción de una ley que garantizaba muchos de los derechos de los asalariados, hoy considerados elementales. Sancionada el 7 de Junio, la reforma laboral incluía una jornada de cuarenta horas semanales, la legitimidad de los sindicatos, y un novedoso descanso anual pago de 15 días. A ello se le sumaría el descuento en el “billete de vacaciones anuales” para el ferrocarril que movilizaría a los primeros 600.000 trabajadores turistas de la historia. El grueso de los laburantes quería conocer el mar y, al año siguiente, serían 1.8 millones de hombres y mujeres quienes se relajarían viajando en sus vacaciones.

Mucho tiempo después, este año 2011, la Organización Mundial de Turismo supone que casi mil millones de personas viajarán para descansar. Uno de cada seis habitantes del planeta ejercerá los derechos que se consagraran en aquel París de 1936.

Después de haber gobernado menos de un año Blum dejó la presidencia francesa sin haber podido contribuir con la agónica España republicana, debido a presiones internacionales. Fuera del gobierno, continuó en la actividad política, cada vez más perseguido por el apagón antisemita imperante. Al poco tiempo fue acusado y enjuiciado, casualmente gracias las benditas vacaciones y demás reformas laborales, por debilitar la economía de Francia. Aunque consiguió demostrar su inocencia fue encerrado y, en 1943, entregado a los nazis. Su hermano murió en el campo de concentración Auschwitz, y -esta es la parte romántica de la historia- su esposa pidió ser encarcelada junto a él (sí, como en la película La vida es bella) con la buena suerte que ambos sobrevivieron y fueron liberados al final de la segunda guerra mundial. Después de ese período, volvió a la actividad literaria y discursiva, sin aceptar los ofrecimientos que le hiciera de Gaulle. Antes de retirarse fue el impulsor de la UNESCO renovando su capacidad para construir espacios de compromiso social a través de ámbitos tan importantes como el derecho al ocio, la cultura o la educación.


Desenchufando el stress

Desde una perspectiva empresarial fue George Elton Mayo (1880/1949) quien plasmaría la importancia de las vacaciones como una herramienta para potenciar el rendimiento laboral. Con su enfoque humanista y su teoría de las relaciones humanas, resaltó la importancia de las condiciones laborales y el descanso como un factor para el rendimiento de las industrias. Mayo no estaba especialmente preocupado por los asalariados, sino que buscaba demostrarle a la patronal que unos días menos al año eran la garantía de más resultados para esa compañía.

Esta hipótesis de principios del SXX se ve acrecentada un siglo después, ahora en el SXXI, cuando las familias están compuestas por ambos padres trabajadores, personas con empleos sobreexigidos, y autónomos multiempleados. Los docentes, sin ir más lejos, se ven obligados desde hace años a sostener varias materias en la secundaria, o participar en distintas cátedras en una o varias universidades, y normalmente esta realidad se combina con otras responsabilidades dentro de la institución educativa, e inclusive con el ejercicio liberal de la profesión.

Más de lo mismo le pasa al profesional que tiene un salario, pero que para vivir a la altura de la cuota del auto, o los pañales, toma impulso con un salario pero recién conseguirá saltar la alta valla del ticket del supermercado si anexa actividades profesionales independientes.

Superados por el volumen de la actividad cotidiana, comiéndonos fines de semana con actividades extras, y con acuerdos laborales desregulados que inundan horarios y espacios personales a través del celular y la PC, completamos el ciclo anual muchas veces con índices patológicos de estrés. Sentir que un ojo titila, y mantener conversaciones imaginarias con los estamentos superiores de nuestra actividad cada noche es el estado habitual para un sujeto que sólo quiere llegar a su descanso anual.

Los estudiantes y laburantes del hemisferio Norte aprovechan su verano de Julio y Agosto para descansar, mientras que lo normal para nosotros acá abajo, en el sur, es descansar mayoritariamente en Enero y Febrero. Sin embargo está práctica está cambiando debido a que la patronal (quien tiene la potestad para definir el momento libre del año) propone diversificar cada vez más las vacaciones tratando de no detener sus procesos productivos. Otro factor, ya de carácter meramente consumista, son las opciones de viajes más económicos, que siguiendo la lógica del mercado, se dan cuando menos demanda hay. En cierta medida se invierten el orden natural y no se descansa cuando se está cansado sino cuando es más barato ir a un lugar caro. Por poco dinero se podrán visitar las playas más codiciadas de la costa cuando haga frío y, en definitiva, será como cenar a las 5 de la tarde, pero por menos dinero.


Los riesgos del paro a la japonesa

Vacacionar, estar “vacante”, libre, o desocupado, contribuye con la imprescindible relajación inversa al estrés y la ansiedad. Es tan necesaria esta costumbre que su ausencia deviene en trastornos graves como el karoshi. ¡Cuidado workhólicos! el estado japonés ha tipificado desde 1970, esta enfermedad mortal que se cobra la vida de más de cien personas cada año afectando su sistema cardiovascular, debido a regímenes laborales excesivos y sin descansos. Hoy es un mal global. Japón, además de los casos de karoshi esconde detrás de su apabullante crecimiento económico en la segunda mitad del SXX una de las tasas de suicidios más alta del mundo, casi siempre debido a factores laborales o derivados de ellos como la soledad de los obsesos por el trabajo, o su vacío de intereses afectivos, culturales, y recreativos. Los estudiantes perennes corren el mismo riesgo al resignar su descanso. En este caso se trata de la “enfermedad del diploma” llamada Gakurekibyo, y aunque es menos mortal puede ocasionar desde obesidad e hipertensión, hasta trastornos psiquiátricos y la muerte.


¿Cuánto miden nuestras vacaciones?

Varios estudios han relevado las vacaciones a lo ancho del globo. La consultora Mercer difundió en 2009 uno de los más actualizados, que junto a cifras de WTO (Organización Mundial de Turismo) establecen estos patrones generales: China es el país más tacaño del mundo en lo que a descanso de sus trabajadores respecta. Sólo ofrece diez días sin posibilidades de ampliarlo a lo largo de los años. México, contrariamente a los estereotipos que pesan sobre Latinoamérica, ofrece seis días hábiles el primer año contractual. Estos crecerán a razón de dos días cada año hasta llegar a doce, luego avanzarán muy lentamente. Japón propone una cantidad inicial de 10 días, aumentando a cuentagotas hasta los 20 días que nunca podrán ser mejorados, con el agravante que estos trabajadores no son afectos a jubilarse y si sobreviven al trabajo, son longevos. Como se puede observar en el gráfico, más allá de lo que la legislación ofrece, en general se toman un promedio bastante menor a la disponibilidad de descanso: nueve días. Canadá, con sus altos índices de calidad de vida, tampoco apuesta por el descanso con sólo 10 días iniciales de descanso y un crecimiento muy pausado. En el otro extremo, Brasil y su famoso compromiso con la alegría, es uno de los países que más licencia inicial ofrece, con treinta días para quienes debutan en el trabajo. Eso sí: no aumentarán mucho, por lo que en los hechos, los franceses vacacionarán más. En segundo término se sitúan países como Alemania, Italia, Suiza y Australia que tienen alrededor de 4 semanas iniciales, mientras que España, Venezuela o Chile ofrecerán una plataforma inicial de 3 semanas.

Más allá de lo propuesto por ley, hay un índice confeccionado por la Unión de Bancos Suizos que promedia las vacaciones concretamente utilizadas por las personas (empleados, independientes, workholics y haraganes), y está confeccionado por ciudades. Los habitantes de Hong Kong (hongkoneses, que se sepa de una vez) descansan casi tan poco como los japoneses. Otros ciudadanos demasiados trabajadores son los neoyorkinos con diez días o los israelíes de Tel Aviv con once.

Este ranking de la U.B.S. midió a ciudades de setenta países diferentes y concluyó que en Buenos Aires se descansa menos que la media. De hecho esos argentinos están bastante lejos de los que más descansan, en el puesto 53 de 70. Agotados.

Los mejores descansados en ese ranking: parisinos y catalanes (por quienes sentimos un afecto especial) pero con un promedio de 1561 horas anuales efectivamente trabajadas, contra las sacrificadas 2044 horas anuales de los porteños.


Vacaciones.ar

Como todos los países, en la Argentina cada oficio tiene su maleficio, pero se supone que los trabajadores cuentan con 14 días en los primeros años de actividad. Después de los 5 años de sacrificadas idas al aula, oficina, o taller, podremos aspirar a 21 días, siempre corridos (mal término para un plazo que debería ser “caminado”). Habrá 28 días de descanso para quienes hayan sobrevivido al jefe durante una década, y 35 días en el extraño y poco recomendable caso de haber persistido dos décadas bajo el mismo yugo.

En relación a la actividad turística (en este caso se trata de nuestras vacaciones y la de los extranjeros que eligen nuestro país), se pueden establecer otros elementos de peso en para nuestro escenario nacional pues el último informe anual de la C.A.T. (Cámara Argentina de Turismo, de Agosto 2010) establece que esta actividad aportó en 2009 -en un sentido amplio- el 7,25% del PBI generando un valor total de 22.000 millones de dólares. Para completar la imagen incorporemos la idea que ese sector generó el 7,21% del empleo nacional (más de 1.2 millones de puestos de trabajo) y el 6,6% de la recaudación fiscal. Volviendo a las prácticas de los argentinos, pero siempre referidas al estudio de la C.A.T., en 2010 salimos del país un 10,4% más que en 2009, y recibimos un 14% más de turistas que el año anterior. Los datos auspicios también incluyen más turismo doméstico, cuyo aumento del 3% reúne más de 5 millones de viajeros con un mate en la mano y un termo debajo de la axila.


Epílogo vacacional

Vivimos para trabajar, siendo que deberíamos trabajar para vivir. Además nunca deberíamos perder de vista aquella definición (tal vez la mejor entre cientos) que ofreció el enorme poeta T. S. Eliot al decir “cultura es aquello que hace que la vida merezca ser vivida”.

martes, 4 de enero de 2011

Tómese sólo, acompañado.Con Hielo


A un día feliz hay que tomárselo, no es algo que te caiga del cielo así como así. Yo tomo, en un día feliz, mate cuando me levanto. La técnica clásica, nada de yuyos, nada de sacarina, bombillas compradas en Palermo u otras contemporaneidades. En esto hay que ser radical: nada de nada. Yerba y agua. Y por cierto: nada de termos. El mate se toma mirando a la pava y la pava debe estar mirándote. Y al mate lo tomo sólo, antes de que nadie se levante. Compartir el primer mate es una boludez políticamente correcta para salames que nunca entendieron la verdadera izquierda. Con un poco de suerte se puede leer y ello, en un día muy especial, te garantiza empezar la jornada con una ménage a trois (nada mal): vos, el mate y el libro.
Algunos tienen que trabajar. Una pena que me alcanza, pero afortunadamente tiene final: cada día terminas y volvés. Ya en casa es fundamental tomarte un tiempo para los tuyos:la mejor compañía. Yo, el día más feliz de mi vida hice una película con mi hijo y la proyectamos en una pared de su cuarto. Tenemos un Cinegraf del año del botón bumbala que nos regaló el amigo Dario. Esos que tienen chapa celeste (deben ser parientes cercanos del mecano). El guión de la película que realizamos y proyectamos ese día fue ideado por Remo, que tiene 3 años, y tal vez por eso el protagonista lucha contra un dragón y huye en un taxi.
Termina el día, ya todos duermen en casa. Hasta los contactos de Facebook que viven en los países más remotos se clavan un pijama o se rascan el trasero por debajo del calzoncillo. Por tu parte, bajas la caparazón de la notebook y te tomás algo. Con hielo. Con onda. Con tranquilidad, que mañana otra vez te espera un día, seguramente el mejor. Cheers.-

(claro con estos cubitos…)