sábado, 26 de febrero de 2011

Amor a distancia, educación en cercanía

(Publicado originalmente el 26/2/2011 por www.hipermedula.org) La obra pertenece a Shirin Neshat

Sobre los cursos a Distancia de Fundación Abaco

En El museo de la Inocencia, de Orham Pamuk (Mondadori / 2009) Kemal, el personaje principal y relator, aprende a convivir con las variaciones de la distancia que le separan de su amor. El protagonista está cerca, muy cerca, y a la vez profundamente distante de su objeto de adoración –en rigor, debería decir la sujeto de adoración-.

Es que la necesidad de cercanía con el ser amado se transforma en una obsesión, una causa de militancia de una persona que lo deja todo por ese compromiso personal, individual y complejamente correspondido que, como pretexto, se sostienen con el pretexto de rodar una película. Pero el resultado final es un museo, un mauseolo inexplicable, caprichoso y exquisito que habla del amor, de las luchas internas (y de las otras, claro está, esas que batallamos contra la realidad) describiendo como la distancia es un lugar posible para aprender a amar, y reivindicando pequeños objetos, una cuchara, un picaporte, capaces de acumular la densidad de miles de sensaciones.

A esta altura, queridos amigos, se darán cuenta por donde va el tiro de este texto: la cultura, las artes, los museos necesitan amantes. Pero a diferencia de las historias de amor turcas que tan acompasadamente escribe Pamuk, las nuestras, las de los actores de la causa de la creación, necesitan unión, red y compañía a través de esos trayectos desterritorizados. Y es que las tecnologías de la comunicación cada vez lo permiten con más facilidad, cada vez es más sencillo estar cerca de los intereses, más allá de las distancias geográficas, para impulsar esa comunidad de hacedores culturales que la sociedad del SXXI nos demanda.

Desde Fundación Abaco, y unidos con la Universidad Católica de Córdoba, hemos puesto en circulación un nuevo llamado a cursar diferentes diplomaturas vinculadas con la gestión cultural, turística, y editorial, de la mano del paradigma de la educación a distancia convencidos que las artes necesitan gestores preocupados por su promoción, más allá de su ubicación geográfica, siempre y cuando alcancen a entender la enorme magnitud de una lágrima que rueda por la tersa mejilla de esa muchacha turca cuyo frágil llanto escribió Pamuk. El resto, estén donde estén, abstenerse.-

jueves, 24 de febrero de 2011

Las cucarachas del lenguaje

(Publicado en el Suplemento Temas de La Voz del Interior, 24/2/11) Viene de La evolución de las palabras

Las cucarachas del lenguaje, esos seres insensibles a la extinción, han sido los insultos. Eso sí, evolucionan y amplían su familia. Su tierna infancia incluyó opa, lelo, zopenco, papanatas, mentecato y perejil que parecieran tener cierta fuerza y especificidad. Pero ahora han debido dejar lugar a un alud de violencia innecesaria, un alimento cotidiano para muchos medios de comunicación. Los índices de vulgaridad y ratting parecen ir de la mano, mientras que la ausencia o fragilidad de los controles estatales, sumados a la nula condena social hacen que cada vez estemos más expuestos a la terrible contaminación que emanan las bocas de muchos personajes que protagonizan, con una liviandad preocupante, el deterioro del medioambiente comunicacional. Nadie se alarma frente a puñales que se lanzan en vivo y directo estos dilapidadores de puteadas que, lejos de afectarles a emisores y receptores, quedan flotando sobre la mesa del living de casa luego de salir expulsados desde la televisión.

Pero los que mandan también lo hacen. Pensemos que políticos y espacios de legitimación como la radio son referencias para la población que incorpora como normal, correcto, y astuto la neutralización de una discusión con la utilización de vulgaridades que dejan nockout al interlocutor.

Alex Grijelmo, presidente de la Agencia Efe, maestro de la Fundación Nuevo Periodismo y autor de El estilo del periodista, considera que los insultos están impunes y desubicados ya que aparecen en lugares cada vez más fuera de lugar. Sobre todo medios masivos de comunicación que, por otra parte, hacer perder la potencia de los insultos en otros ámbitos. Algo de lo mismo pasa, no con las malas palabras, sino con las palabras malas: cada vez es más frecuente que se acuse de “estafador” a alguien que sencillamente no hizo algo bien, o de “nazi” a alguien cuyo pensamiento no va por el mismo carril que el conductor, y serán “censurados” quienes hayan sido simplemente descartados. Una “tortura” será una molestia y podrá acusarse de una “violación” a quien cometió una falta. La verdadera talla de las palabras se diluye en el vértigo, la vulgaridad, y la necesidad de atraer la atención pública. Con ese abuso de acusaciones, las víctimas verdaderas deberán hacer la misma cola que los charlatanes, en la confusión de los gritos mediáticos. Mientras, las tremendas laceraciones de los verdaderos tiranos, o la lucha por la libertad -que tantas vidas costó en defensa de expresión- se diluirán en un mar de creciente ignorancia a la hora de levantar el dedo, acusar e insultar.


La poética de las puteadas
Esta profundización del nivel de violencia verbal empezó por diluir los insultos en un mar de palabras insaboras. Es que son madrias (hablando de especies en vías de extinción, significa holgazán) quienes banalizan la profundidad y contundencia de un boludo bien puesto y pronunciado. La histórica defensa que Roberto Fontanarrosa hiciera en el Congreso de la Lengua de Rosario en 2004 (ver columna aparte) se basó en la mítica y enérgica defensa de la palabra pelotudo y su misterioso poder oculto en la t. PeloTudo, decía el maestro que era la pronunciación correcta, y mil catedráticos le daban la razón aplaudiendo de pie, sin darse por aludidos.

La Burocracia de las palabras
¿Qué es la R.A.E.? ¿Desde cuándo existe y para qué sirve? ¿Cómo se organizan en la academia del lenguaje español para administrar los más de 80.000 términos que recoge?

Las palabras tienen su jefe, su administración, y su circuito de legitimación. Tanta poética para caer en el despacho. Escritores, periodistas: así es la vida. Siendo rigurosos, desde 1713 en adelante, nada en el lenguaje es libre albedrío para el mundo de la correcta escritura porque la Real Academia Española (R.A.E.) se ocupa desde entonces y puntillosamente de la planificación lingüística. Muchos dicen que no es ni más, ni menos que un calco de la academia Francesa. Original o imitada, nuestra Academia es una institución centenaria que aboca sus esfuerzos al sostenimiento y conservación del patrimonio idiomático así como la incorporación formal de los cambios que experimenta el español a lo largo del lo tiempo. Su principal recurso es la edición de nuevos diccionarios. Actualmente circula la edición número 22 de una serie que comenzó en 1780. Aunque inició su andadura buscando “elegancia y pureza” con el tiempo su rol fue más activo y realista, prueba de ello es la incorporación, más o menos reciente, de términos como escáner (antes conocido en inglés como scanner), pimpón (ex ping-pong), pádel (adaptación de paddle) estrés por stress o carné por carnet, además de aquellos que pasan directamente como leitmotiv o kitch, cuya castellanización no ha modificado la palabra original.

Después de su fundación, y en paralelo a las independencias los países hispanohablantes, la RAE promovió la existencia de 21 delegaciones autónomas con el objeto de recoger los aportes de cada región al enorme universo panhispánico demostrando su vocación regidora así como un progresismo en la incorporación de nuevos términos. Sus miembros son reconocidos como “académicos”, o inmortales -en clara referencia a la academia francesa- y ostentan de forma vitalicia un sillón designado con una letra mayúscula o minúscula. El reciente Nobel Mario Vargas Llosa se sienta, por ejemplo, en la Letra “L” desde 1996; Ana María Matute, premio Cervantes 2010 se sienta en el sillón –supongamos oficialista- “K”; Arturo Pérez Reverte, que debería vivir en Barrio Jardín, en el “T”; y desde 2008 Javier Marías en el “R” de Reflexión. Aparentemente, y con la prioridad de género tan presente en España, la primera mujer en ingresar a esta academia y, probablemente, la primera académica del mundo entero, fue la Dra. María Isidra de Guzmán y de la Cerda que ingresó en 1784, dio su discurso de incorporación, y nunca jamás regreso. Después nunca hubo una voz femenina en la academia hasta que se sumó, en 1978, Carmen Conde. El Zorro, por ejemplo, tiene su sillón vacante desde 2009 cuando muriera Francisco Ayala que, a los 103 años, dejó libre la “Z”. La “C”, de contradicciones debería haber sido de Juan Ramón Jiménez, el único Nobel de escritura en español que se quedó sin sillón.-


Webs de interés:
Real Academia Española www.rae.es

Reserva de palabras (para apadrinar palabras en extinción) www.reservadepalabras.org

lunes, 21 de febrero de 2011

La evolución de las palabras

(Publicado por La Voz del Interior, en su suplemento dominical "Temas" del 20/02/2011)

Charles Darwin, el autor de la teoría de la evolución y la selección natural, estaría orgulloso del avance de su hipótesis hacia otros campos del conocimiento. Sí, las palabras y las especies vivas tienen la misma característica: ambas evolucionan, mutan, se modifican adaptándose a su entorno. Pero es un proceso truculento que incluye la aniquilación de los débiles en manos de los más desarrollados, de aquellos que mejor se han adaptado al entorno que habitan.

Es increíble que cosas tan distintas como un ser vivo, por ejemplo una paloma, atraviese el mismo proceso que una palabra cuya misión, lejos de tener vida o tan siquiera corporalidad, consiste en ser el código misterioso para que unos y otros entendamos lo mismo. Es un eslabón en la cadena de comunicación entre las personas, es una metáfora de la verdad. Por consiguiente una mentira. Una paloma y la palabra paloma sólo tienen relación en un contexto acotado: el idioma español, la Plaza San Martín, el año 2011. Pero inclusive un sustantivo tan cotidiano y mundano significará otra cosa diferente a colúmbido si nos referimos a una señora llamada Paloma (como “la” Paloma San Basilio o Paloma Picasso), y más de lo mismos sucederá si queremos comprar un perfume con ese nombre en Fioranni Free Shop. Inclusive algunos amigos regresan por estos días de La Paloma, en Uruguay. Y todo esto, casualmente, con una palabra común, y bastante unívoca como paloma que no tiene nada que ver al lado de cabo, cura o capital que son bastante polisémicas. Pensemos en el cabo Martínez, ayudante del sargento López que viaja, al fin y al cabo, a Cabo Polonio. O el caso del cura que no tiene cura con sus ideas reaccionarias. O las enormes diferencias entre el capital de Marx y la capital de Cuba, La Habana.

Pero paloma es un ejemplo minúsculo, una pequeña piedra que se erosiona en el océano del lenguaje español. Cada ciudadano, cada hispano-parlante es una insistente ola que hace arena esas piedras llamadas palabras en un trabajo perenne, lanzando sus letras como la espuma del mar, hacia el oscuro olvido que reina en las partes muertas de la lengua. También hay que ser optimista recordando que esa misma cadencia marítima generará nuevos términos y recibirá en su playa lo que llega desde otras costas y emerge en nuestra comunicación cotidiana. De hecho, la tecnología impone ese entorno apto para la vida de algunas familias de términos pero también establece un clima fatal para vocablos que están en peligro de extinción. Recordemos bochinche o damajuana que ya nadie pronuncia y que jamás aparecerán en un sms. Hay personas tan preocupadas por estas desapariciones anunciadas que se ha generado una red de padrinos de palabras en vías de extinción.

Para retomar el optimismo, veamos los neologismos, esos inventos que un autor lanza en una botella al agua, y muchas veces son recibidos por miles y miles de personas quienes inmediatamente los propagan. Pero también son esos lectores, escritores, hablantes, quienes se apropiaran de términos prestados o robados a otras lenguas, demostrando empíricamente que el cruce de las especies –en este caso de culturas- es la base de la supervivencia.

Graciosamente la neología (ciencia que estudia los neologismos) está aceptada recientemente en los diccionarios. Es que, si lo pensamos bien, recibir un Spam, chatear y logearse para una teleconferencia con conceptos entendibles desde hace muy pocos años. Segundos, en términos de la historia de la lengua. Y, para redondear se puede recurrir a Borges quien afirmó “todas las palabras fueron alguna vez un neologismo”. Inclusive, habrá que detenerse en la palabra español, un término relativamente actual (data del SXII) que proviene del provenzal y designaba a los hispanos godos que huyeron del los árabes. Pero pensemos que aparcar el auto, apretar el embrague y, una vez detenido el vehículo, telefonear a alguien son acciones viejas pero también relativamente recientes. La tecnología hace circular una fuente inagotable de multitargets, laptops, e hipertextos, pero no es la única vertiente si analizamos sueter (sweater) y pulóver (pullover) que son pruebas del poder de la moda. O, el jet lag del turismo, el alzheimer de la medicina, y cualquiera otra ciencia podría dar su propia cosecha poética. De hecho, hablando de cosecha, ambientalista o tsunami están estrenando su lugar en el diccionario oficial, que también va sumando conceptos más –supuestamente- cultos, como buñueliano, en alusión la estética del director de cine español Luis Buñuel.

Sin embargo, las promiscuas castellanizaciones no son lo único que le pasa al idioma: la supervivencia de las especies mas aptas está presente en aquellas palabras que subsisten más allá del paso del tiempo, a veces agazapadas en la maraña de oraciones, a veces peleando por su supervivencia en cada nueva edición de un manual ortográfico. Otras tienen más suerte y su trayectoria crece y se diversifica, o recobran vigencia como Discriminar, que es un buen ejemplo (con su descendencia de la palabra crimen), de las posibilidades para ganar protagonismo en las últimas décadas, variando su sentido, casi al inverso. Antes, alguien que no discriminaba era un incompetente que no discernía, mientras que desde hace un tiempo, el uso mayoritario nos dice que el discriminador es un tipo despreciable. Avatar es una palabra que cumple con esa condición de resurgimiento, por haberse convertido en un término cuyos significados son muy variados: es un concepto hindú que señala la corporización de un dios, es un alter ego, a su vez señala una vicisitud –cuando se trata de los avatares de la vida-, y desde hace un tiempo la representación gráfica de una persona en un programa, por ejemplo un juego de rol, e inclusive Facebook. Todo sin hablar de la película Avatar (2009) cuyo título retoma este sentido.

Para estos temas, 2010 fue un año movido ya que la i griega corrió riesgo de morir reemplazada por la ye, y vimos como –sobre todo en España- surgían castellanizaciones que invadían la televisión y desde allí se derramaban a todo el planeta castellano. Heredada del inglés, por ejemplo, friki (descendiente de freaky) es la que despierta más simpatía, al contrario que güiski –adefesio español para designar la bebida sagrada que llamamos wisky-, o pirsin para la práctica adolescente de hacerse un piercing.