domingo, 27 de marzo de 2011

Luces y opacidad de la memoria

(Publicado originalmente por La Voz del Interior, el domingo 27 de Marzo de 2011, en el "Temas")

Toda nuestra personalidad, la materia prima de nuestra identidad, no es mucho más que unos borrosos fotogramas de nuestra propia película, algunas canciones, y el olor a azares de nuestra primer casa. Nos componemos de recuerdos y, con un poco de suerte, terminaremos esparcidos, no como cenizas, sino como un puñado -justamente- de recuerdos que habitan en la conciencia de otras personas. Nadie llega más lejos, y es lo que le toca a cada uno, sin diferencias. Nos reproducimos en añoranzas, evocaciones y no hay más vueltas que el destino sin presente ni futuro en ese calmo cauce donde sólo brotan los afluentes del pasado.

Convergencia global del retorno a la infancia

Los primeros recuerdos son tan contundentes que su luminiscencia es común a todos. Una maestra municipal o un agente de la bolsa en París coincidirán en recordar a su abuela acariciándoles el pelo recién lavado, envueltos en un espiral de colonia, cuando las cosas se compliquen. De la misma manera, un hacendado en su tractor tendrá sus mejores sueños de la siesta, cuando active la maquina rebobinadora de su cabeza hasta su primer perro, el mismo que recordará un chino mientras pedalea enérgicamente hacia el taller textil donde es explotado inhumanamente. Un camionero atravesará Misiones recordando como su mamá le cantaba "luna, lunera, cascabelera..." mientras un piloto de Iberia le sobrevuela al volante de un boeing, y completa "pedile a mi chiquito, por Dios, que me quiera". Sin dudas, lo primero que puede decirse de la

memoria es que se escribe con una lapicera que tiene más tinta al principio de la vida, que al final. Y es, para todos, más o menos lo mismo. En los primeros años de nuestra existencia dibujaremos los planos de esa morada donde habitaremos siempre, por eso nadie olvida sus paseos en bicicleta, los villanos de la primaria, y el primer magnífico y enloquecedor beso que todos guardamos aun, dentro de aquel abrazo, mientras los cachetes de la besada se enrojecían como un pelón. Pero después la cosa se desvanece y todo lo que está más cerca en el tiempo, dentro de nuestra cabeza queda muy lejos.

Balbuceamos los nombres de nuestros hijos en una simbiosis que incluye tíos; nunca encontramos esas llaves cuya pérdida casi origina un divorcio, y jamás recordamos la clave frente a la perplejidad del cajero Bancor. Poca tinta en la adultez para la birome de la memoria.

Infancia indeleble

Dice el poeta checo Rainer Maria von Rilke, autor de la famosa frase “convierte tu muro en un peldaño” algo medular para entender el criterio el registro de nuestro itinerario vital: “La verdadera patria del hombre es la infancia”. Y es memorablemente cierto que vivimos en aquel país fundado por nosotros niños, poblado por abuelas, maestras, capítulos del correcaminos y fantasmas que oscilan entre nuestros miedos y nuestros logros. Recuerda Juan Cruz en El País que “la infancia es la caja negra de la memoria”, como se puede corroborar en la multipremiada película El discurso del rey, protagonizada por un tartamudo incendiado en un infierno cuyas llamas se arden desde su niñez. Es que "La memoria es la identidad. En la infancia se determina nuestro ADN” dice Julio Llamazares, quien desenrolla esta gran verdad sentado en el living de nuestra remembranza. En ese living también podríamos ubicar a Paul Auster, autor de esta definición resplandeciente “memoria: espacio en el que una cosa ocurre por segunda vez”. Otro autor que podría en el debate es Orham Pamuk. El nobel turco se ha detenido a remontar, como un barrilete, las razones y virtudes del coleccionismo escribiendo “los objetos que nos quedan de momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha, el placer de su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales.”

De la memoria de la infancia a las memorias de 500 gigas

Las capacidades para identificar y recordar han sufrido varias transformaciones a lo largo de la historia de la humanidad. Andreu Jaume proponía, en una nota reciente, que los hombres dejaron de recordar individualmente de la mano de antiguos juglares y sus poéticas orales cuando se inventó el alfabeto. Con la escritura y la imprenta se sistematizó el recuerdo y democratizó el recuerdo y democratizó el conocimiento universal. Más leía la humanidad, menos recordábamos como evocación.

Con el tiempo, los discursos comenzaron a confluir en unos relatos hegemónicos simultáneamente a la multiplicación de los libros. Pero no pasó mucho tiempo, en la métrica histórica, hasta que surgió Internet que hoy cobija las nuevas casas de los recuerdos: Google y Wikipedia. Allí vive nuestro pasado cultural y sus referencias, todas las películas que vimos en nuestras vidas, y cada una de las citas que poco a poco hemos ido olvidando. En todo caso, cada vez nos queda un universo más restringido, personal y familiar, que por cierto deberemos ocuparnos muy bien de seguir construyendo con pequeñas cotidianeidades y grandes excentricidades.

La tecnología se mete dentro nuestro y tiene una fascinación voyeurista por nuestra capacidad para evocar. Prueba de ello es que ahora toda conversación se interrumpe constantemente para corroborar un dato con el BlackBerry, mientras otro interlocutor escribe con su aparato el presente en código pasado a través de las redes sociales. Complejo ¿no?

Como corolario, el miedo mayor de todo adulto, la luz al final del túnel, la linterna del acomodador que nos ubicará en la sala de cine donde proyectan nuestras vidas. Un encandilamiento llamado Azheimer antes de partir a mejor vida, antes de reunirnos con todos nuestros muertos.

Paul Auster considera que la memoria es “un sitio al que se puede ir” sin que sea necesariamente doloroso encontrarse con algunos muertos. Buen dato, pues a veces es demasiado doloroso y completamente insano para una familia contemplar como zarpa la conciencia de nuestros viejos hacia un mar de confusión. Aunque los afectados en edad presenil (antes de los 65) es reducida, se estima que cerca del 20% de la población mayor a 70 años sufre esta enfermedad, con el agravante que en algunos estudios de Estados Unidos se ha demostrado que los latinos tienen mayor disposición a la enfermedad, aunque no se sabe si por causas congénitas o contextuales.

A veces, como sociedad también sufrimos Azheimer porque ignoramos muchas cosas de nuestra identidad, nos quedamos con aquel remoto retoño casi irreal de nuestra infancia nacional. Somos, también, unas familias sin memoria histórica porque no siempre tratamos a nuestros mayores como a la Nona, sino que muchas veces lo hacemos como la mona, olvidando toda la historia de nuestro grupo, sus luchas, tensiones y alegrías para hacer equilibrio, exclusivamente en el día de hoy. Nos cuesta recordar con otros, como propone Tamara Liponetzky , y nos cuesta atender y entender a los nuestros, como propone Janus Kremer.

Nada se borra de nuestra infancia cuyos recuerdos nos sorprenden cada día más nítidos. Pero como sociedad nos enfrentamos al olvido de piezas claves de nuestra historia reciente, bien cercana en el tiempo, como nuestro albañil Julio López cuyo afán constructor ahora continua en la memoria social. ¿Tanto nos cuesta enfrentar nuestro pasado común, el de la nación, y de las familias, con madurez? Por otra parte, aquella lapicera con la que escribimos el diario de toda nuestra vida, esa que le robamos hace décadas a un compañero de clases, se va quedando sin tinta ante el inexorable resplandor de una hoja en blanco.-

domingo, 6 de marzo de 2011

Fantasmas y revoluciones en carnaval

(Publicado originalmente por el Suplemento Temas de La Voz del Inteior en su edición del 06/03/2011). La obra es de Antonio Berni. Colección MALBA.

Para el pueblo lo que es del pueblo

En septiembre del año pasado, Cristina Fernández de Kirchner presentó un proyecto de denominado Ley de ordenamiento de los feriados nacionales que contemplaba el carácter no laborable del lunes y martes de carnaval. Tal como se hace desde 2004 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a partir de este año, en estos días anteriores al “miércoles de ceniza” de la fe católica, no se trabaja sino que se festeja la carne.

Lógicamente primaron las razones turísticas al justificar esta decisión, aunque desde el ejecutivo nacional también se reivindicó el patrimonio intangible que suponen estas fechas. Conviene recordar que varios siglos atestiguan como se celebraban los carnavales argnetinos desde la época colonial. Allá, en un tiempo el pasado que nos parece retratado por Billiken, los esclavos candomberos y la tradición hispánica se daban la mano para danzar en la calle unos bailes de estética demoníaca. Está debidamente registrado que desde 1771 estas fiestas paganas hacían vibrar las ciudades con un carácter irrespetuoso que Rosas, quien aparentemente no sabía bailar, suspendió. Afortunadamente, a mediados del XIX recuperan la legalidad y con ella aparece la primera comparsa. En 1869 hay documentación que destaca la existencia de un primer corso cuyo fetichismo crecería hasta la primera década del SXX, cuando se incorpora definitivamente al ser nacional. En 1976 el gobierno militar dispondría nuevamente el ayuno de alegría. El carnaval, o las carnes tolendas, siguieron a pesar de prohibiciones o apoyos estatales con fuerza en Entre Ríos, Corrientes, la región andina (Salta y Jujuy) y las bocacalles porteñas.


Para el pueblo lo que es del mundo
España tiene una fuerte tradición carnavalera en ciudades como Cádiz, Andalucía, la Rinconada sevillana, Huesca, Asturias o Tenerife. Pero lo mismo sucede en Bolivia con las fiestas de Oruro o Tarija. También está Brasil y sus megaespectaculares desfiles en Río o Salvador de Bahía. Y como olvidarnos de México, Uruguay, Perú y, por supuesto, los italianos en Venecia. El carnaval veneciano se caracteriza por cierto clasicismo oscurantista heredado de la nobleza de los siglos XVII y XVII (quienes también sufrieron la persecución durante doscientos años debido a un malhumorado decreto de Napoleón) que contrasta con la extrovertida actitud brasilera donde la música y los bailes de las escuelas de samba y los blocos se adueñan de las calles en una demencial tormenta de lolas, adrenalina, y toda una sexualidad urbana que extenúa a las ciudades y ciudadanos hasta la más carnal embriaguez.

El Carnaval como purgatorio social
El advenimiento del carnaval como celebración nacional, como un eclipse en el calendario laboral, tiene la lógica turística cuyo fragor acaba de ser enumerado y puede corroborarse anualmente en muchos países. La multiculturalidad de la fecha, que va desde el catolicismo puro hasta el sincretismo andino -pasando por la alegre voluptuosidad de Gualeguaychú- indica que la Argentina capitalizará el feriado en el sentido más -casualmente- capitalista de la palabra. Habrá flujos de turistas y cifras macroeconómicas en el pizarrón que luce el Ministro de Turismo de la Nación entre sus cejas. Pero el carnaval es un incendio de almas en un purgatorio estival. Es un delirio colectivo que se alimenta de ahorros y falsas morales, con larga data en el hemisferio occidental del globo, y de nuestra ciudad.

San Vicente supercanraval
Córdoba no se queda atrás en su anecdotario carnavalesco, como recuerdan los archivos. En 1932, un militar llamado Ricardo Belisie entonces jefe del municipio, decidió prohibir la realización del corso de San Vicente con la intención de beneficiar otros sectores de la ciudad. Los rebeldes sanvicentinos hicieron oídos sordos al decreto y el domingo por la noche se reunieron a festejar la vida, a pesar de la falta de luz dispuesta por el ejecutivo comunal. Como consecuencia, el desatinado intendente envió a las fuerza del orden provistas de un ancestro del camión neptuno para manguerear los vecinos. Los carniceros del barrio, con sus cuchillos y chairas, se ocuparon de las mangueras en una escalada desafiante que culminó cuando la policía, con armas desenfundadas, detuvo a un ciudadano que se avecinaba a la fiesta con su familia. El héroe se llamaba Ángel García.

La revuelta comenzó a adquirir proporciones épicas cuando la turba se enteró y marchó a la comisaría exigiendo la libertad de los detenidos y la independencia barrial del nefasto poder central de entonces. “¡Viva la República de San Vicente!” fue el grito mítico que quebró las desafortunadas decisiones del alcalde y dio origen a una de las leyendas más verídicas de la ciudad. El que no lo crea, que apriete el pomo.


Expedición al corazón cordobés
En 1982, cincuenta años más tarde, esa fiesta conservaba el aura de ritual pagano, espuma loca, y vino en damajuana que marcaban su descendencia de las fiestas romanas en honor al díos Baco. Los carnavales siempre se caracterizaron por los excesos, desde que la palabra se pronunciara en latín carne levare dando cuenta del ocaso carnívoro que se proyectaba desde la prolongación de la sombra vegetariana de la cuaresma romana, hasta aquella noche del Siglo XX en Córdoba. En la antigüedad, los pecadores de todos los días, usted lector, o yo, vivíamos una “carnevale” a la italiana, o sea unas fiestas plagada carne (en todos sus sentidos) semejante a una película de Federico Fellini.

Pero volviendo a Córdoba, lea esto con atención porque es pura vida real. Un chico que vivía con sus papás en Maestro Vidal 29 (no estaba en el corazón, pero seguro que habitaba alguna tripa importante de Alto Alberdi) tenía un par de eventos importantes al año: el comienzo de clases en la escuela pública; la navidad regalona; la visita de su tía de Italia; y el carnaval. Este último era el único suceso no reglado por la familia y, por el contrario, era Mary (vaya apodo para “la María”) quien oficiaba de maestro de ceremonias en esas ocasiones. María, que limpiaba la casa en todos los hogares del mundo, también cuidaba del niño hasta hacerlo sentir un dios. Sólo ella podía liderar una expedición secundada por su novio, en esas ocasiones especiales. Sobre este sujeto, supuestamente secundario, se debe decir que gozaba de la más alta estima entre los chicos de la cuadra porque manejaba el colectivo que paraba en la esquina (lo que explica como sedujo a María: a fuerza de viajes gratis y una enorme capacidad ventrílocua en esos escasos segundos que transcurrían entre el ascenso de la pasajera y la emisión del boleto con bordes dentados). Ese chofer, cuyo nombre debería ser José, era el arquetipo de poder y masculinidad más encumbrado de la zona. Para un niño que se tomaba el colectivo a diario, no hay -o al menos no había- una figura mas deslumbrante que el portador de una impoluta camisa celeste adornada con una corbata azul marino. Que conste en actas que sólo él tenía el inigualable don de viajar gratuitamente en toda la red de transporte para pasajeros con “nuestra María”, de la mano. Además, no se conocía otro ídolo cuyos antebrazos fueran capaces de dirigir un Mercedes 1114 con el alma de sus ocupantes y todo, a la velocidad de su propio corazón.

Un atardecer en particular, luego de varios transbordos, y cuando se esparcía la sensación de estar en Sydney, o haber abandonado el mes de Febrero, hubo un desembarco en un lugar habitado por la locura y el desenfreno. Era la República de San Vicente en ebullición. Para una mente infantil (algunas no maduramos mucho más) se trataba de un planeta remoto. Allí, una vez aprovisionados de lo necesario gracias a un fajito de guita que el chofer tenía en el bolsillo frontal izquierdo de la camisa (agraciado con el logo de Coniferal) había que lanzarse a las calles tomadas por indios reales, y de los otros, así como familias beodas de alegría.

Es un hecho histórico que esas noches la música no llegaba a los oídos de la gente sino que el sonido salía de sus orejas para que cada uno de los presentes colaborara con la construcción de unas torres sonoras e infinitas, una ciudad entera de felicidad y celebración. Esa noche, cada indio, cada vecino, cada borracho, ingresó a un aquelarre, un bajomundo infernal, onírico, y promiscuo para salir a la madrugada subsiguiente hacia el paraíso. Bendito seas, carnaval.-