domingo, 20 de septiembre de 2015

Dios y el Jardinero

Elegía para Henry Marchiaro. Mi papá

La vida es misteriosa y tiene vueltas raras. Es un carrusel demasiado vertiginoso. La violencia nos sacude y sólo queda resignarse para acomodar el golpe. Todo pareciera reducirse a entender, sin embargo entendiendo no se avanza. Nosotros sabemos todo lo que pasó.
Comprender es verdaderamente difícil. Comprender la lengua de nuestras vidas y sus palabras es bravo. El canto, la música, la lluvia y el viento sólo se pueden comprender. Es amor y poesía. Es profundo y, a veces, vaya si lo sabemos, doloroso. Lleva tiempo. Lleva unión y cercanía. Entiendo pero no comprendo. Es una limitación. La naturaleza eleva sus condolencias sin la más mínima brisa y el pasto se erecta con pequeños sonidos que corean los bichitos cabizbajos.

Siento el calor de sus últimos mates enverdeciendo mi corazón, Constantino se ríe dormido, y debemos ver nuestra película tratando de que las imágenes más luminosas encandilen la oscuridad. Una hoja del ficus que plantamos juntos en el departamento y ahora abreva en mi suelo se derrumba en la oscuridad. A mis pies. Y, aunque verde, decidió rendirse en un verde muy verde. Muy verde. La belleza es así: conmovedora.

Danzamos cada día en un sinfín de autos en movimiento, y delante nuestro pasa una camioneta roja manejada imprudentemente como una brasa. Recuerden mortales: Papá manejaba como los dioses. Como los dioses romanos, rápido y preciso. Bailaba sobre la Rafael Nuñez al compás de las motoguadañas y su coqueteo ondulante, cuando cada gardiner describía ese oleaje, era pasto cortado. Nuestro perfume de fondo. Henry Marchiaro, el piloto más sagaz de la escudería Fiat toma otro rumbo y una nueva forma. Nos exime de añoranzas porque deja un álbum lleno de delirios. No hace mucho estaba convencido de sus poderes sobrenaturales que no le alcanzaron para menguar los caros cafés de Uruguay, pero sí para traer las pequeñas raquetas de tenis de mis hijos. Esas que mañana sacudirán el polvo del club en su nombre. Aquellos que proponen no mirar atrás son unos boludos ¿no ven todo lo que tenemos? Desordenadamente recuerdo ese día del padre antológico en el que cocinamos con Andrés un plan B por falta de mollejas. Plan que nos insumió 21 manhattans de combustible y fue coronado -quien podrá olvidarlo- por la mítica frase de Laura ¿hace falta descorchar otra más Henry? Difícilmente haya un río de burbujas más feliz que el nuestro.

Cada mañana que me retiró de una comisaría por andanzas sin importancias, cada mediodía que le busque en su chata negra con Manolito de copiloto, cada noche que me fue a buscar a una salida clandestina fue un regalo. Un inmenso y descomunal regalo de padre.
También le vi llorar. Cuando dejé de estudiar medicina (era humanista, dijo) y lo comuniqué en la bajada de la casa de Martinolli, y cuando le dije, caminando alrededor del España Córdoba, que iba a ser abuelo. Papá lloraba como los hombres, sépanlo. Despacio, con elegancia y hombría.
Le vi pelear, contra la vida y contra varios conductores imprudentes. Una vez llevaba las de perder, con doce o trece años, por una bombucha demasiado precisa. Papá salió de la casa como un rayo, saltó plantas, perros y la verja como un atleta y sus manos trabajadoras colocaron las ideas en la mejor posición: lejos de los suyos.

A la vida le ganó una noche, yo salía de campamento y como no había dinero en casa le pidió a un vecino, el Cocho Videla. Muchos años fuera del ring, daba las peleas en otros ámbitos y estas últimas décadas le redimieron como militante de la paz y la razonabilidad. Tenía palabras más valiosas que cualquier poeta. Una vez, cumpliendo el rito cabalístico de comprar los autos siempre juntos, me incliné por un antiguo V6. Esa nave de fórmula uno corría como los dioses pero no era para mí. Papá sencillamente dijo ¿no será mucho Pancho? En rigor me decía Panchola. No se porqué pero entendí que no era mi auto.
A Juan Pablo le decía Popolito. Qué hermoso.

Lo llamaba a la mañana, cada día, y le decía “Hola papá!” y automáticamente respondía “hola panchola amor”. A veces decía “panchuka”. Una vez que yo no podía salir así es que huí. Me descubrió en un boliche cercano, Le Freak. Llegué antes a la cama y cuando pasó me dijo que lo sabía. Pero fue entre nosotros. Y Ustedes. Nadie más.
Algunas veces debió buscarme en una comisaría. Una docena, no mucho mucho  más. Se lo tomaba con tranquilidad, como los hombres de verdad: “estás bien” “sí”, “¿qué hora es?”, “Las 3”, “te busco cuando vaya hacia el trabajo”. Y me buscaba. Manejó una R4 mucho tiempo. Bramaba la guacha. A la siesta la robaba bajo el ruido del colectivo. Se despertaba de la siesta mirando perplejo la temperatura y decía “este auto calienta”. Pobre papá, era yo y mis adláteres aprendiendo a hacer coliadas. Icho Cruz, Mar del Plata, Uruguay, Papá había sido salvavidas y nadaba como un salmón. Me hubiera gustado verle salvar una vida, seduciendo a Mamá. Idealmente la suya. Le ví cuidar a Andrés, a paulita y a Florcita como me debe haber cuidado a mi cuando él tenía 24. Me gustaría tener esa foto, en sus brazos de marinero basquetbolista pelilargo, protegido por Mercurio Marchiaro.

Usaba mi auto de vez en cuando, no se notaba, era mi olor, el nuestro, el que quedaba. El torolla está triste porque papá podía dormir en los autos siestas exquisitas. Necesitaba un árbol, una sombra, y media hora. Me gustaba dormir con él porque me abrazaba como ahora lo hacen mis hijos. Levantaba temperatura como si funcionara con gnc y siempre, siempre - siempre, pegaba una patadita o te sacudía el brazo. Útlima dormida conjunta, en Miramar, provincia de Córdoba. Caminamos, manejamos, hicimos un asado, y papá se hizo amigos de los otros pasajeros de las cabañas. Deberíamos haberlo tenido en andas todo el fin de semana.

Algún tiempo de gasoiles baratos papá y mamá compraron un Duna diesel y los otros un Peugeot 504, también diesel. Recuerdo a los motores rugiendo en el semáforo de Colón. Pobres ellos, papá siempre ganaba y la sangre tana puede más que la elegancia francesa. Papá transformaba en postales de retrovisor a cualquiera. Como aquella vez que volvíamos de Villa Trinidad, Santa Fé y patié la palanca de cambios de la break R12. Íbamos a 140 en tiempos de caja de cuarta y la nave azul aspiró nafta y llegó a 10mil vueltas. Nadie jamás repitió esa hazaña conjunta. Fue el mismo día que perdimos una goma y casi nos hacemos bosta. Además de la tía Ethel, en el auto íbamos hijos y sobrinas y una jaula con un pájaro. Debe haber sido el Nicanor, aquel zorzal que tanto quería él y que ilustraba las mañanas de la casa de Maestro Vidal. Papá, el níspero y el zorzal. Tengo fotos a cocochito como pruebas. Ese mismo patio fue testigo de mis besos infantiles con la vecina y de cómo papá idolatraba a mi abuela, su suegra. Siempre. Se querían como madre e hijo. Ambos deben estar comprando ricota y un pollo para el próximo domingo. Eso es bueno, se deben acompañar en la cola de una despensa divina.

Tuvimos tiempos difíciles, a veces la guita no alcanzaba y a veces la comprensión entre padre e hijo tampoco. Una noche me fui de casa, él pidió perdón. Yo no. Tomo nota.
Pude ir con él a su trabajo, algo que debo hacer con mis hijos. Maneja la matrix de EPEC, allá por los 80. Que se caguen los de mac, esas eran computadoras. Y mi papá, señores y señoras asexuados, podía pilotar la energía de esta provincia. Sólo. Podía borrar su nombre de la lista o hacerles pagar sus pecados desde el Centro de cómputos de la EPEC. Para eso se levantaba tempranísimo y se tomaba el 126, trabajaba, volvía, y a la tarde era jardinero. Durmió menos que Bernardo Neustadt y era el mejor puteador del barrio, teléfono en mano, a la siesta. La parte mala de megatel. Mis amigos tenían la perversidad de llamar en una siesta breve y recibirían una cagada a pedos larga. Pobre papá, no se merecía ni el 10% de mis cagadas.

Mi hermano Andrés era la luz de sus ojos, su plan más perfecto, su orgullo. Y el mío. Le hizo hacer muchas siestas, así como le hizo hacer la bandeja en el aro de básquet cada tarde. Andrés es un ganador. Él era muy bueno tirando simples, y podía sacudirte un muy buen pelotazo si vos no lo eras. Eran tiempos en los que la vida se dirimía en una cancha de mosaicos blangino del club Banco de Córdoba, con olor a calles de tierra y un papá en los entrenamientos capaz de indicarle al entrenador como era ese juego. Sólo a  los efectos de demostrar su naturaleza divina podía exhibirte sus antebrazos, que eran como los de tres marineros juntos. Nunca le gané a nada, tal vez al ajedrez, pero pulseadas, piques, veintiunos, nunca. Jamás. Papá se murió invencible.
Papá era muy lindo, demasiado para el siglo XXI. Mis amigas querían que le presente a mi hermano mayor, ese de la campera de jean. Es que era la hombría misma, deberían haberlo visto en acción. Jeans, zapatillas y la sonrisa laser de arguello.

Me compró: una bicicleta ginsea roja y plegable, una bici cross que me permitió quebrarme la mandídula, un discman cuando nadie había visto uno, una Siam di Tella argenta (papá creía en las camionetas), un Ramblert indestructible, y muchas plantas. Papá creía en el poder de las plantas. Las podamos juntos días antes de su viaje, con esa tijera que guardaba en la parte de atrás de la chata. Papá creía en el deporte. Jamás vamos a bajar del cileo el aro de básquet que nos regaló. Es que él fue un gran deportista: básquet, tenis, y me imagino que en las paraderas celestes tomará el fierro del golf. Como ya está escrito era un infierno tirando tiros libres y al 21 no le entrabas ni en la canchita de cemento de casa. Cómo encestaba ese hijo de puta.

Otra de sus proezas era el hacha. Mi papá podía trozar cualquier árbol, era el tipo más fuerte del cono sur. Vi quemar eucaliptus derrumbados, trozados a hachazo limpio.

Si vas al cielo,  apostá por el jardinero que gana seguro. Se fue invicto en materia de pulseadas. Y de rezos. No creía en Dios, pero te rezaba si lo necesitabas. Te abrazaba si necesitabas. Te servía un wisky, te hacía el asado y te dejaba hacer el doble contra otro team padre/hijo. Quería que ganemos pero no miraba su tanteador. Qué injusto!

Otra cosa era despeinarlo, le jodía, pero lo amaba. Cuantas veces renovamos su look, a carcajada suelta, los domingos de asado, él sacaba la lengua más larga. Era el centro, el obelisco de los asados. Y nos dejó todo lo mejor, su fuerza, su humanidad, su solidaridad, su permanencia en el cargo de pater familia, su carácter de flor que se marchita hasta morder el otoño.
Mejor cebador de mates, mejor peleador de las causas justas, mejor padre y padrastro, genio del volante y consejero impoluto, esposo, amante, y papá,  hijo del tarugo que pega y hermano del tío Lucho  que lleva camiones en su espalda, base con carácter en  básquet, observador de sus hijos y nietos en el club, Henry Marchiaro se dedica de ahora en adelante a temas supraterrenales.


Papá era fuego, nieve y semillas. Papá es democracia, Alfonsín y memoria; y  militancia, es amor y unidad. Papá es una invitación a estar, mi familia ampliada,  mis amigos, mis compañeros, juntos. Papá es unión, la vida es celebración, y el jardinero es un campión.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Elian Chali y la Para-política cultural

Hace pocos días, y con motivo de su apretada agenda tomamos un té con Elián Chalí -a mi modesto juicio personal un artista brillante y referente de su generación- y lo gravamos para sumarlo a un seminario de política cultural. Elián debería referirse al arte urbano como un espacio paracultural que genera una trama semiótica paralela a la política cultural que impulsan estados o instituciones y que también se diferencia de lo que se conoce como contracultura. 
Algunas ideas que funcionaron como disparadores fueron: (*) La Ciudad como lienzo; (*) del hallazgo a la ida (*) Humor, pop y reflexión en diálogo con piezas más poéticas y abstractas, (*) y artista urbano y estigma.
Con ideas que merodeaban aspectos y matices como el profundo valor democrático de este tipo de experiencias, lo circular como circuito,

Elián lanzó las siguientes municiones (y las cuento para que todo el mundo se tómela molestia de asistir a su charla que tendrá lugar junto a la propuesta de conceptualización de la idea de Política Cultural -a cargo de Franco Rizzi-; Política Cultural para las artes visuales -Sol Mosquera- y Política cultural para la música -Nacho García.
  • -          El arte urbano es una muleta en tanto paracultura
  • -          Estas acciones suceden porque no podemos vaciar la ciudad
  • -          La calle es una, es “la” plataforma para la cultura
  • -          Vaciar un museo y rallar la ciudad son gritos igual de desesperados
  • -          La calle es el soporte de las manifestaciones populares. Es donde nacen las revoluciones
  • -          El silencio, el vacío y la síntesis son formas de hacer política
  • -          La ciudad, a veces es para algunas personas, un puente entre la casa y el trabajo
  • -          La convergencia de intelectualidad y un lugar popular es un lenguaje viable
  • -          Hay diferentes layers de contemplación
  • -          En un comienzo lo pop y la ironía ayudaron a digerir más fácilmente el mensaje del arte urbano
  • -          La primera regla es no tener reglas
  • -          Me cerramos muchas puertas. Entonces me hice mi propia puerta
  • -          Si no crees no funciona 
Detalles del seminario acá:  
https://www.facebook.com/events/396111233927187/