lunes, 31 de octubre de 2016

La isla y el proyector

(sobre la Digitalización de la Sala del Cineclub Municipal. Publicado en "Dime que me amas Cineclub, Noviembre 2016)
Mucho antes de que el Cineclub Municipal fuera lo que es, de hecho, mucho antes que este tiempo de memorias y terabytes se impusiera, las personas tomaban café y fumaban pensando en películas. Córdoba era una ciudad cinéfila y esa aseveración se podía corroborar en un cuadrante delimitado por el cine Gran Rex en un extremo, y Cinerama en el otro. Ese territorio de vaqueros, romances, bailes de Betty Boop y escenas felinianas incluía la casa de revistas usadas de Colón al doscientos, el café Baranoa, algunos besos furtivos en la escalera del Correo Argentino, y un país lejano llamado VideoClub Córdoba -en calle Tucumán (y vaya el homenaje para Adrián Hubmayer). En el centro de ese territorio estaba el Cineclub El Ángel Azul. Ese verdadero riñón de la cinefilia poseía un clima propio caracterizado por ráfagas de acrobacias a cargo de Buster Keaton y tormentas dramáticas existencialistas a cargo de Ingmar Bergman. Ahí nació todo. Por eso, cuando se descubra una nueva isla desierta en el Suquía, por favor Señores Concejales, llámenla “Isla Ángel Azul”. 

Más allá de la geografía, muchos de los intelectuales de la ciudad crecieron pisando los parisiennes con unas topper en la vereda de “El Ángel”, antes o después de ver un cine que les destapaba la cabeza como un abrelatas. Esa sala tenía un efecto tan poderoso que hemos visto a personas caminar a prisa porque Truffaut les seguía hablando, dos pasos más atrás, por la General Paz. Por lo antes dicho, sin dudas, podemos corroborar el aporte fundante de la cinefilia a “lo cordobés”. 

Sin embargo, ese cine tuvo -especialmente en su segunda etapa, la de los años noventa- el karma de la mala proyección. Ni siquiera Krzysztof Kieslowski consiguió que los colores azul, blanco o rojo se vieran como era debido. El proyectorista ponía al máximo toda la potencia de las máquinas, pero no alcanzaba. El cineclubismo estuvo amenazado mucho tiempo. 

Veinte años más tarde, los intelectuales han dejado de fumar, se siguen enviando expediciones inútiles en busca de la Isla del Ángel Azul, y el espíritu salzaniano de ver cine hasta el empacho se ha trasladado a Bv San Juan 49 donde -más o menos los mismos amigos de las imágenes ajenas- seguimos reuniéndonos alrededor del calor de una pantalla con la fortuna de que cada vez se ve mejor. 

Se inaugura sala digital, y es de todos. Sépanlo cordobeses. 

Hay muchas personas que, de una manera u otra colaboraron para llegar a este momento: primero los chicos que están ahora defendiendo al Cineclub -tal vez sin siquiera haber conocido a los viejos-; los que fueron chicos antes; los que estuvieron siempre; los que se opusieron pero querían; los que se murieron resistiendo como Jorge Alexopoulos o Cachoito de Lorenzi; las inmortales como Cristina; los trabajadores de siempre y el nuevo director Juan Cruz Sánchez; o Anita K la imparable. Todos y cada uno de los que se comprometieron, representados por el Intendente Ramón Mestre, que bancó el nuevo proyector con presupuesto, decisión y un crédito del Banco Nación. 

Además, y muy especialmente a Biyi, Guille, Miguel, Nacho, Ramiro, Graziana, Cecilia, Mariela y tantos otros que han sido parte de la camada inicial, ese sustrato necesario para la supervivencia del cineclubismo cordobés.-