domingo, 11 de diciembre de 2016

Sobre mi nonna







Hace una semana Scarpelli publica un homenaje a Jack London. Tremendo autor. Dice allí que, de los tres deseos que concede el genio de la lámpara, seguramente uno debería estar destinado a un último café (sin azúcar en este caso) con un ser querido que ya partió. Creo que necesitaría varios, pero seguro que uno sería con la Nona cuya cafetera Volturno aun me acompaña, al igual que las tacitas. Estoy listo, sólo falta ella.

Y es que hoy, mi abuela, "la Nona" hubiera cumplido 100 años. Las abuelas (y probablemente los abuelos -aunque no conozco porque no tuve-) son, irremediablemente, uno de esos seres especiales que están ahí, siempre, bancándote. Como los padres deben educar, los abuelos pueden concentrarse en algo mucho más exquisito y complejo: hacerte sentir integrante de una familia, y dentro de ese clan, transformarte en un ser especial y único. Las abuelas otorgan la magia de la pertenencia y en el mismo acto la unicidad.
Más allá de las generalidades, con mi abuela Laura compartíamos el zodíaco chino -ambos dragones de fuego- aunque nunca le calentó en lo más mínimo. Todo lo místico, para Laurita Dianda, venía envasado en un crucifico. 
Compartimos, eso sí, una complicidad profundísima. Ella me bancó históricamente cada rabieta, cada vez que me fui de casa, cada mala nota, cada materia a marzo, cada novia que me pateó, cada mango que faltó. 
Podía ser condenado a muerte, pero esa misma noche veríamos tele y me rascaría los brazos más o menos dos terceras partes de la película. Más o menos hasta que el somnífero hiciera tu tarea con cierta brusquedad. Especialmente los domingos -como este- vencíamos la tristeza juntos, en silencio, al calor de una peli. 
La verdad es que, cuando vino la sombra de la edad y la lucidez se transformó en un asunto más subjetivo que objetivo, recibí innumerable cantidad de veces la misma clase de inglés. Era muy buena. No se trataba de tolerancia sino de admiración y amor en su estado más puro y etéreo a ambos lados de la mesa. Al menos eso deduzco ahora que reconozco mi discapacidad congénita de tolerancia.
Sin lugar a dudas también fue una de mis primeras modelos cuando empecé a estudiar fotografía, aunque si me confieso y dejo que el nudo de la garganta deje pasar algunas gotitas más de sentimentalismo hecho neurotransmisores, creo que empecé a estudiar fotografía para inmortalizar su magia y serenidad.
Hoy tengo algunas fotos suyas en el estudio porque necesito que vigile a mis hijos. Estoy seguro que los hubiera encandilado hablándoles en italiano, contándoles del pasado remoto en el que vivió y dándoles, todas las veces que haga falta, la clase de inglés más importante de la vida: Esa clase en la que te enseñan a ser un hombre.-